

A /
La Luna
Esa misma noche, en el balcón, el marinero permanecía callado, pues esperaba que la Luna brillara para hablar. Pero el cielo estaba cubierto de nubes.
Mientras tanto, como Ramón estaba ocupado y no seguía su historia, los parroquianos llamaron a los norteños y empezaron a bailar. El júbilo de las parejas fue creciendo y Marta, la vieja, gran bailadora, fue por el marinero y lo metió en la bola.
Cuando el marinero estrechó la cintura de la mujer, las nubes se apartaron y brilló la Luna en un cielo sin tacha.
Esa noche, sin embargo, el marinero no abrió la boca, porque no siempre —dijo alguien que había dicho— es tiempo de hablar.

B/
La boda del músico comerciante
Apenas todo el mundo estuvo servido, Ramón el Cojo volvió con los turistas y reanudó su historia.
“Un año después de que el joven trombonista le devolvió a su padre el don precioso de la vista, el viejo lo llamó a su lado y le dijo:
“—Mira, m’hijo: no quiero morir sin nietos. Deberías casarte con Elizabeth Antúnez.
“El joven, que era feliz con su banda y ensayaba todas las tardes en el malecón, miró a su padre con horror. Elizabeth, la mujer más bella de la isla, se había casado tres veces, y las tres veces, antes de que pudieran tocarla, sus maridos habían muerto.
“—No tengas miedo, m’hijo. No es culpa de ella. Es un demonio que la desea. Como la muchacha es virtuosa y el diablo no puede acercársele, le mata a los maridos. Pero tú tienes el hígado del pescado: sahúma la casa.
“Todo San Miguel de Afuera llegó a la boda vestido de luto. Al regresar de la iglesia, el muchacho puso el hígado en un brasero, ahumó la casa, ahumó a la muchacha y sólo después se atrevió a acariciarla.
“A la mañana siguiente, los vecinos no podían creerlo: la pareja los recibió alegre y satisfecha. Esa tarde, en el malecón, el joven ensayó su música como siempre y poco antes de un año su mujer parió una niña, que fue Elizabeth Segunda, la madre de Elizabeth Tercera, todas ellas Antúnez, en memoria de la primera. Todas ellas de ojos negros, como los corales que se sacan frente a Las Gatas.»
Todos aplaudieron a Ramón; menos Elizabeth Antúnez Tercera, que prefirió retirarse.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

