

Contemplar es el lujo de nuestros días
Cristo Contel*
En el Museo Morelense de Arte Contemporáneo (MMAC) estamos apostando por una curaduría que no tema al espacio abierto, al vacío, a la pausa. En tiempos donde todo parece saturado —las calles, las redes, los restaurantes, los cuerpos—, el silencio visual puede resultar incómodo, incluso perturbador. Pero quizás, en ese silencio, en esa aparente carencia, se abren otras formas de percepción y sentido.
Curar una exposición no es llenar muros. Al contrario: es afinar la mirada para mostrar con precisión. Es seleccionar con cuidado dentro de una gran producción, entendiendo que no toda obra, por buena que sea, se sostiene dentro de un espacio amplio. Hay un temor frecuente entre curadores y artistas: que la obra se “pierda” en la escala del museo. Pero lo contrario puede ser más valioso: que la obra dialogue con el vacío, con la arquitectura, con el cuerpo del espectador. Habitar un espacio grande no es producir poco, sino elegir mejor.
Nuestros públicos —acostumbrados al estímulo constante, a los muros llenos de imágenes y sonidos— entran a veces a una sala despejada con una sensación de extrañeza. Pero esa extrañeza es una puerta. Una sala abierta puede ser una invitación a detenerse, a mirar con calma, a sentir el espacio. A escuchar lo que el arte tiene que decir cuando no compite con nada más. Contemplar es el lujo de nuestros días, y también uno de nuestros aprendizajes más urgentes.
Hoy todo está diseñado para interrumpirnos. Las plataformas, los algoritmos, los dispositivos, incluso nuestros hábitos, nos empujan a una atención dispersa, superficial. Vivimos desplazándonos de una imagen a otra, de una tarea a otra, sin detenernos realmente en nada. Por eso contemplar, mirar con detenimiento, estar presente, es casi un acto de resistencia. Porque ir lento en un mundo acelerado, quedarse en silencio cuando todo grita, requiere de una decisión consciente.

Curar una exposición, en ese sentido, es también una metáfora de vida. Vivimos rodeados de objetos, tareas, compromisos y pantallas. ¿Y si hiciéramos una curaduría de nuestras propias vidas? ¿Si seleccionáramos menos cosas pero de mayor calidad? ¿Si optáramos por aquello que resiste al tiempo y no por lo que brilla un momento y luego se esfuma?
En este tiempo donde muchas ciudades se parecen entre sí, donde las modas globales borran las identidades locales, necesitamos volver la mirada a lo que nos sostiene. En Morelos tenemos una riqueza cultural inmensa: artistas, artesanos, saberes que han sobrevivido no por seguir las tendencias, sino por permanecer fieles a una manera propia de estar en el mundo. La identidad no se construye con la novedad constante, sino con una selección profunda y continua de aquello que nos representa.
Filósofos como Epicuro o Thoreau han reflexionado sobre esto: cómo vivir con menos, cómo crear espacios de contemplación en medio del ruido, cómo devolver al arte su dimensión ética. Esa es también la apuesta curatorial del MMAC: llevar el arte a la vida no como decoración, sino como una forma de pensamiento y resistencia.
Curar el museo es una forma de pensar el presente. Curar nuestra vida, quizás, también lo sea.
* Director del MMAC y artista.

