

Cifras más, cifras menos
Fer Colín*
Eran alrededor de las 12 del día cuando recibí la llamada: “Levantaron a tu hermano saliendo de la Universidad”, fue lo poco que le entendí. Salí de la fila del Banco y conduje a casa; lo único que pensaba en el camino era en el noticiero de la mañana que hablaba sobre los llamados campos de exterminio encontradas en Teuchitlán, Jalisco, y los sistemas de reclusión a jóvenes para obligarlos a trabajar dentro del narcotráfico. En ese momento pensé que mi hermano pasaría a ser una cifra más de los desaparecidos del país, y con suerte, lo podríamos encontrar en alguna fosa común clandestina, muchos años después. Por la mañana mi papá recibió un mensaje del celular de mi hermano menor: “Papá, dos camionetas me cerraron el paso y me levantaron, por favor ayúdame”, luego, entre insultos, amenazas de muerte e intimidaciones, mi papá negociaba la vida de mi hermano en una larga llamada telefónica. Mi mamá estaba en una crisis nerviosa por la situación, y yo, hacía todo lo posible por conseguir efectivo: nos habían solicitado 300 mil pesos. En medio del caos recordé que V., el mejor amigo de mi hermano, tenía la ubicación de su celular, lo llamé y lo puse al tanto de la situación; con una valentía y solidaridad asombrosa, tomó camino para la ubicación que le marcaba. Mientras tanto, después de unas cuatro horas de llamada, papá partió al punto de encuentro. A mitad de una segunda negociación, V. nos avisó que había recuperado a mi hermano y estaban camino a casa. Antes de llegar al punto, Papá tiró el celular por la ventana y condujo de regreso, encontrándose con ellos en el camino. Seis horas después de comenzar nuestro sufrimiento, mi hermano estaba en casa. Sin ningún rasguño. Él estuvo todo el tiempo resguardado en una plaza pública, seguramente con halcones a lo lejos que reportaban sus movimientos, con el teléfono interceptado y monitoreado, recibiendo llamadas y videollamadas intimidantes, con personas encapuchadas, presentando las siglas de CJNG. Ahora lo comprendemos a lo lejos: una llamada triangulada entre papá, hijo y secuestradores espectrales, los cuales nunca se hicieron físicamente presentes. Los oficiales que esperaban en casa, al escuchar la vivencia en voz de mi hermano, lo nombraron rápido como secuestro virtual, los cuales son muy comunes en Morelos, solo que nunca se denuncian por falta de pruebas y miedo a las consecuencias. Los menores están siendo intimidados gracias a la tecnología: interceptan teléfonos, identifican números de familiares para iniciar con su operativo de extorsión; las familias, con el pánico infundado, caen en sus redes. Con ladas telefónicas de Guadalajara y siglas de CJNG, hay un método de extorsión a la comunidad morelense que el Gobierno debería, si quiera, registrar.
*Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Fotografía cortesía de la autora.

