COMPRA



Existen coleccionistas dedicados a recopilar objetos de arte, coches, joyas y otros artículos de lujo, hasta los elementos más inusuales imaginables, categoría en la cual encajaría la siguiente lista non exhaustiva de: mensajes de las galletas de la fortuna, monedas antiguas, cajetillas de cigarro, lápices, patitos de plástico, carteles de hotel: “no molestar”, rascadores de espalda y tickets de compras. Sí, ese papel desangelado que compila lo adquirido en un lugar a una hora apuntada con minutos y segundos, identidad del cajero, así como datos diversos tales como sede de la empresa, cobros extravagantes por motivo de vista espectacular, impuesto derivado de cierta situación fiscal relacionada con el país visitado u otra sorpresa experimentada al momento de pagar la cuenta.

Alina y su grupo de amigas pensaron en algún momento llevar a cabo un comparativo literario entre la poesía de las listas de compra y los elementos de dramaturgia presentes en el documento probatorio del acto de compra resultante, no necesariamente de un objeto. La idea de partida, siendo que este mundo real definido como demasiado caótico e incomprensible, puede ser contado desde formas más entretenidas. Las chicas acordaron juntar durante un mes los valiosos tickets procedentes de los establecimientos frecuentados, no nada más por ellas sino por sus amigos virtuales a nivel mundial. Lanzaron una convocatoria en sus redes sociales, solicitando fotos de los mencionados tickets y el propósito de su iniciativa. A medida que los recibía, Alina inventaba historias policiacas, de ciencia ficción, románticas o tragedias, nada más estudiando las palabras contenidas en todo el espacio gráfico rectangular convertido en un increíble territorio narrativo virgen. Inventaba a continuación la lista previa de compras, imaginando los objetos o consumos que habían quedado fuera al momento de pasar a la caja, así como las razones que habían motivado su descarte. De la confrontación entre ambos papeles reales, nacían historias, mundos tentadores para contarlas, más no para vivirlas, hasta el día en que recibió un paquete anónimo en casa. El muchacho que se lo entregó tenía prisa debido a la lluvia extrema que atormentaba la ciudad por varios días. Hay que resaltar que no contaba ni impermeable ni paraguas. Intrigada, Alina abrió la caja de cartón ablandada por el agua. Adentro, encontró una colección de tickets arrugados, entradas al cine, teatro, museo, boletos de avión a Turquía, Islandia y Singapur, etiquetas de frascos de mermelada de mora azul y otras de mostaza. Del fondo de la caja de pandora, Alina fue extrayendo llaveros de fútbol, libretas no estrenadas, unas agujetas de tenis, un pisa papel de Orlando con delfines azules incrustados. Colocó uno por uno los objetos en la mesa, intentando darles congruencia en su acomodo mientras su mente hurgaba en el pasado para darle nombre al remitente de la caja, puesto que la etiqueta exterior era ilegible. Alina tuvo la tentación de llamar a la compañía de mensajería con el fin de obtener la información faltante pero su memoria fue suficiente. No era necesario descifrar siquiera el lugar de procedencia. Alfredo fue el nombre que escapó de los labios de Alina y con él recuerdos al por mayor. Alfredo y su manía de no tirar ningún comprobante de los lugares que habían visitado. ¿Por qué mandarle ahora la caja? Alina encontró la respuesta en un sobre blanco que contenía la invitación a la boda de Alfredo en Caracas el mes entrante.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX