

La otra Ciudad de México, sus pueblos y el inicio de la siembra de cempasúchil
Fernanda Isabel Lara Manríquez
El 24 de junio se honra la fe hacia San Juan Bautista en varios pueblos de México y de su ciudad capital, entre ellos, San Juanico Nextipac, en Iztapalapa. A este pueblo le queda sólo en la memoria sus tierras de siembra, las cuales evoca cada año en su fiesta patronal. Los últimos espacios de cultivo de esta alcaldía eran visibles aún a mediados de la década de los setenta del siglo pasado, los cuales fueron desapareciendo paulatinamente conforme el capital se fue expandiendo aún más espacialmente, mediante el proceso de urbanización.
Y aunque aún hay lugares fértiles en dicha alcaldía, tales como el Cerro de Iztapalapa, dónde aún se siembra cempasúchil; entre otras flores y hortalizas, también hay otros pequeños oasis en la Ciudad de México que aún conservan diversas prácticas asociadas al campo. De tal manera, los fuegos artificiales que varias y varios de quienes habitamos cerca de los pueblos de esta urbe cuyo santo patrón es San Juan Bautista, son latentes recordatorios de ese glorioso pasado campesino de la Ciudad de México, cuyos resabios se hacen presentes en diversas fiestas patronales.

Simón Paz. San Andrés Totoltepec, Tlalpan, Ciudad de México. Fotografía tomada por la autora.
En aquellos días en los que no existía WhatsApp, el teléfono o cualquier otro medio de comunicación inmediato, los fuegos artificiales eran la única vía por la cual se anunciaba los inicios de la fiesta patronal, y entre más estruendoso fuera el bullicio, más grande sería la fiesta, era la manera bajo la cual invitaban a los pueblos aledaños a su fiesta, al tiempo que los apantallaban con su magnitud.

El 24 de junio no sólo es el santo de Juan Bautista, sino también el inicio de la siembra, y para el caso de Simón Paz, un recordatorio para preparar el almacigo para la siembra de cempasúchil. El señor Simón es uno de los últimos campesinos de San Andrés Totoltepec que continúa sembrando esta flor cada año en la alcaldía de Tlalpan, Ciudad de México. Y es que quienes aún trabajan la tierra en dicha urbe saben que una familia ya no puede sostenerse económicamente a partir de esta actividad productiva, hace tiempo ya que ser campesino dejó de ser redituable a los ojos del Gran Capital.
Recuerda Don Simón que en algún momento él podía sostener a toda su familia a partir de su trabajo en el campo, pero menciona que “ahora ya nada más nos entretenemos con esto, para no estar en la casa, pero la realidad es que ya no es negocio. A veces sembramos maíz, pero hago mi cuenta y el tractor es caro, cobra dos mil pesos por las dos veces que viene, y cercano al inicio de la siembra yo empiezo a buscar al yuntero, además de quién me ayude a sembrar”. Un peón, por ejemplo, cobra alrededor de 400 pesos el día en tanto el manojo de cempasúchil se vende aproximadamente en 30 pesos.

Terreno de siembra de la familia Paz. San Andrés Totoltepec, Tlalpan, Ciudad de México. Fotografía tomada por la autora.
“Yo creo que el campo se va a perder”, expresa con nostalgia Don Simón. En su caso, a pesar de que varios de sus hermanos tienen estudios a nivel profesional, nunca quiso estudiar, pues siempre tuvo una fascinación hacia el trabajo con la tierra. Su hija, Rocío Paz, narra con entusiasmo y cierta normalidad las constantes horas que su padre de más de ochenta años pasa en el campo bajo el sol, solamente disfrutando de su ser y del contacto con la naturaleza, esos últimos gritos de esa otra Ciudad de México que no sólo habita en la memoria de sus pueblos, sino también en el presente, en algunas de sus manos y de su contacto con la tierra.
La urbanización, y ahora, la gentrificación con la asociada tendencia al desplazamiento forzado de sus poblaciones originarias, nos han despojado, no sólo de esos espacios de siembra, sino incluso, hasta de la posibilidad de contemplar, así como lo hace Don Simón todas las tardes desde San Andrés Totoltepec.
A propósito, el no tan radical filósofo coreano Byung-Chul Han, en su más reciente publicación Vida Contemplativa concluye diciendo, al soñar con la génesis de una mejor sociedad, que: “La sociedad venidera […] se basa en un ethos de la amabilidad que disipa el aislamiento, las divisiones y distanciamientos. Es una época de reconciliación y de paz […] En el reino de paz por venir se reconciliarán el ser humano y la naturaleza. El ser humano ya no será más que un conciudadano de una república de seres vivos a la cual también pertenecerán las plantas, los animales, las piedras, las nubes y las estrellas”. Y digo “no tan radical” puesto que no podemos culparnos de nuestra propia negación a la contemplación, es simplemente el modo de vida del ser urbano, habitante de la explotación urbana y mejor cliente de la utopía que glorifica, la del desarrollo. Un ser que ha perdido el derecho a contemplar frente a las agotadoras jornadas laborales que rebasan las 40 horas semanales de trabajo establecidas en este país.
¿Qué pasará entonces si no logramos reconciliarnos con la naturaleza? ¿Seremos aún capaces los seres urbanos de vincularnos con algo más profundo que con nuestros dispositivos electrónicos? ¿Tendremos la posibilidad de soñar con algo más que la compra de un departamento y un coche? Sueño con que nos quede el sueño de construir espacios saludables donde seamos capaces de asociarnos más allá de un modo de vida moderno y suntuario, donde hablar de política no sea un problema sino una necesidad reconocida por todas y todos. Antes no fue tan utópico, los pueblos originarios de la Ciudad de México eran parte de esa sociedad soñada por Buyng-Chul Han, sociedades reconciliadas con la naturaleza.

