


José Manuel Meneses Ramírez*
En el contexto internacional vemos, como nunca, que prima la voracidad de los intereses unilaterales, que promueven los odios profundos en nombre del nacionalismo y el conjunto de los rasgos más descarnados de lo humano. Desde nuestra perspectiva, es decir, de una humanidad que palidece frente a los terrores de la guerra, quiero referirme a la mordacidad y la genialidad anticipadora de un film como Le Cochon Danseur (1907). Este filme, como vehículo de crítica, plantea una situación en la que los hombres, pero, sobre todo, nuestros gobernantes se conducen con la voracidad que caracteriza a los cerdos. El cerdo danzante es parte del contexto que Oswald Spengler describe en su Der Untergang des Abendlandes. Umrisse einer Morphologie der Weltgeschichte.
Más allá del lujo y la pompa que vemos en ropas y habitaciones, los grotescos movimientos del puerco danzante son una crítica para una humanidad que ha llegado degradada al siglo XX, así, efectivamente, comportándose como los animales. Los cuatro minutos de este filme nos muestran a un digno anti-representante de las fábulas de Esopo, Jean de La Fontaine o Ambrose Bierce. Durante todo el corto no sabemos si el protagonista es un hombre que, degradado por sus instintos más bajos, ha adquirido las formas de un porcino o, en su defecto, un puerco que ha superado el umbral de lo animal, comportándose como humano. Cualquiera sea el caso, el espectador percibe un cierto tipo de violencia profunda en cada uno de los movimientos de este personaje, sin saber si se trata de un animal que pretende ir más allá de su naturaleza y superar el límite (Die Grenze) o, por el contrario, de un hombre que ha ido más allá de ese límite y ahora, degradado, adquiere la forma de los cerdos. Esta ambigüedad nos ubica en el quid de lo monstruoso y nos da una prueba de la potencia crítica del cine mudo, un soporte que plantea a la monstruosidad como el punto de convergencia de estas opciones de carácter ontológico.
Visto de esta manera, contrario a lo que la crítica afirma, el puerco danzante no es la cinta más rara e inexplicable de la historia del cine, por el contrario, es la declaración de principios de una humanidad que, en la cima de su extravío, se sabe a sí misma decadente, se percibe como tal y lo declara en sus manifestaciones artísticas. Podemos verlo de este modo, sobre todo, si consideramos que la cinta nos ubica frente a un problema de metamorfosis que quisiera asumirse como «normal». Desde luego, es normal que los hombres sean unos cerdos en medio de las dos guerras y de los interminables conflictos entre potencias mundiales. De esta forma, la compañía cinematográfica Pathé creó un ícono que permite comprender la ridiculez del hombre moderno en la cima de su degradación y, eventualmente, la historia nos mostró que la advertencia era clara: el puerco se desnudará y veremos su monstruosa naturaleza. Recordemos que, dentro de la cultura occidental, el cerdo es un animal destinado a la muerte más atroz, domesticado, objeto del consumo y símbolo de los sufrimientos más bajos, en fin, de todo aquello que preferimos callar para disfrutarlo en nuestras mesas. Así, el atrevimiento de este puerco humanizado, al invadir un espacio que no le corresponde, al vestir un frac e intentar seducir a una bella dama, bien valen la incomodidad y el desconcierto que el filme provoca hasta nuestros días. La escena final es alucinante, como un monte desde el cual el cine alumbra el valle en el que se desarrolla nuestro tiempo, anticipando una problemática profunda, como si los acontecimientos que marcan la historia pusieran en entredicho la endeble humanidad que somos y el artificio que soporta a nuestros rasgos.
El puerco que baila es un terrible recordatorio de un horizonte de terror que se abre cuando las naciones, y sus partidarios, se enfrentan respaldados por el maniqueísmo más ridículo, olvidando que existen personas que sufren en ambos lados de la fronteras, más allá de la necedad de los líderes en turno, pero, también, de la opinión pública que se decanta por unos u otros, como si al hablar de naciones se hablara de ejércitos alineados en el frente de batalla, incluyendo bajo su ojo inquisidor a niños, niñas bajo las espantosas denominaciones de Israel, Palestina, Irán o Estados Unidos. No deja de parecerme una bestialidad hablar en esos términos, el puerco que nos presentó la compañía Pathé aprendió a hablar y salpica por todas partes sus necedades: ¿Cuándo hablas de Estados Unidos te refieres al dirigente, al estado, al país, a la nación o a la gente?, el cerdo balbucea una respuesta ¿Cuándo defiendes a Palestina defiendes a sus dirigentes, al estado, a la nación, a su historia o a su gente?, ¿Dentro de una nación y en su historia los hombres se acomodan entre buenos y malos? El cerdo ha creado un mapa y en él derrama sus prejuicios, confundiendo a los dirigentes, al país, al estado, a la nación y a la voluntad de los seres humanos que, accidentalmente, nacieron bajo estas ridículas demarcaciones. Le Cochon Danseur es una crítica que actualiza el efecto Circe, es decir, la capacidad de transformar a los hombres en puercos.
* Nahuatlato, profesor de tiempo completo en el Colegio de Morelos.

Imagen propuesta:


Detalle de la película Le Cochon Danseur./ Cortesía del autor

