

Lo infausto del destino manifiesto
Cuántas veces no hemos leído o escuchado la frase “pobre México, tan lejos de Dios, y tan cerca de los Estados Unidos”. Este decir se le atribuye generalmente al expresidente dictador Porfirio Díaz Mori (1830-1915), aunque otros señalan que su autor fue el escritor y periodista mexicano Nemesio García Naranjo (1883-1962). Pareciera que somos víctimas de una especie de maldición nacional contra la que no se tiene ritual de purificación. En efecto, la historia y la geografía han colocado a los dos países, un junto al otro, y todo indica que no hay manera que eso se modifique. Son diversas las razones que explicarían las diferencias existentes entre estas dos naciones independientes, pero quizá la más importante tendría que ver con sus respectivos orígenes.
Los Estados unidos surgieron de inmigraciones provenientes de Inglaterra, las cuales conformaron las trece colonias atlánticas de América del Norte, cuya independencia de la metrópoli dio pie a la creación del nuevo país. Su poblamiento se hizo con mentalidad cristiana/protestante, con la intención no negada de someter y desaparecer a los habitantes originales de estas tierras, y, por tanto, sin la idea de mezclarse con ellos. Hubo también migraciones francesas, holandesas, suecas, irlandesas e italianas, pero no fundaron el país como tal. Por su parte, el México actual fue el resultado de la independencia como colonia del Reino de España, con un claro perfil poblacional criollo y mestizo, e inspirado con mentalidad cristiana/católica.
La independencia de los Estados Unidos de América se realizó en 1776, mientras que la de los Estados Unidos Mexicanos se consumó 45 años después, en 1821. La relación entre estos dos países independientes ha estado marcada, no sólo por sus distintos orígenes, sino también por sus distintas formas de concebir su existencia.
Baste señalar que, a lo largo de los años de esta tensa vecindad, los Estados Unidos han invadido militarmente tres veces el territorio mexicano, una de ellas teniendo como resultado la expropiación impune de prácticamente la mitad de ese territorio. En efecto, la primera fue la denominada Guerra México-Estados Unidos (1846-1848), la cual empezó con la anexión de Texas, y posteriormente con la apropiación de Alta California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah y partes de Colorado y Wyoming; la segunda invasión en 1848 para asegurar el cumplimiento del Tratado de Guadalupe Hidalgo; y finalmente, la ocupación del puerto de Veracruz, en 1914, por parte de la armada estadounidense, según esto, para prevenir el ingreso de armas de Alemania, en el marco de la primera guerra mundial.
La justificación histórica de estas invasiones militares estadounidenses, y de muchas otras a diversos países del continente americano y del Caribe, se explican con el pseudoargumento de lo que se conoce como el “Destino Manifiesto”. Esta doctrina, o creencia popular se publicó por primera vez en la revista Democratic Review de Nueva York, en el número de julio-agosto de 1845. En él se afirmaba que “el cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.

Con ello justificaban su derecho a apropiarse de todo el territorio de Norteamérica de este a oeste, a través de la guerra y la adquisición de tierras. Esta ideología se inspiró en el concepto de la predestinación calvinista, expresado en la frase “Por la Autoridad Divina o de Dios”, y sustentó no sólo las invasiones a México, sino también la guerra contra España (1898), para apoderarse de la Florida, Puerto Rico, Cuba y Filipinas.
El “Destino Manifiesto” se expresó también con el lema de “América para los americanos” de la llamada Doctrina Monroe formulada por el presidente estadounidense James Monroe (1758–1831) como parte de su política exterior, alertando que todo intento de intervencionismo europeo en el hemisferio occidental se consideraría un acto hostil contra los Estados Unidos.
Frente a este “Coloso del Norte”, convertido en el siglo XX en poder hegemónico, no sólo del continente americano, sino también de todo el mundo occidental, es natural que entre México y Estados Unidos existan muchos puntos de desencuentro, no sólo en razón a su origen, como ya lo hemos dicho, sino también como resultado de su forzada condición de vecinos.
La relación entre estas dos naciones es paradójica, ya que por un lado son muy claras las diferencias actuales que provocan una mala convivencia, y por otra, existen condiciones que las hacen interdependientes, por lo que habría razones de sobra para tener relaciones respetuosas y colaborativas, situación que por desgracia no es así.
En adición a esto, nos encontramos frente a una condición de pérdida gradual del poder hegemónico que en el último siglo han tenido los Estados Unidos, lo cual nos crea más problemas, pero también abre la posibilidad de que el papel que históricamente hemos tenido de dependencia y sometimiento frente a esa nación pueda modificarse, y con ello dar cabida a una relación más horizontal y de auténtica cooperación. En la próxima entrega hablaremos sobre ello.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía

Imagen cortesía del autor

