

El tablero es suyo: selección sexual en clave femenina
Cuando pensamos en el sexo y la reproducción animal, solemos creer que la historia termina cuando el macho logra aparearse. Pero la realidad es que ese momento, lejos de ser el final, es apenas el inicio de un fascinante capítulo oculto. Un capítulo de competencia invisible, donde las hembras continúan eligiendo qué genes pasarán a la siguiente generación.
Lo que la ciencia está revelando (y que nos hace replantear lo que creíamos saber) es que en muchísimas especies, la selección de pareja sigue después del coito, en lo que se conoce como selección espermática. Varios estudios recientes, ofrecen una revisión detallada sobre este fenómeno, mostrando cómo esta forma de selección transforma radicalmente nuestra comprensión de la reproducción.
Siempre se ha dicho que, en el cuerpo de la hembra, los espermatozoides solo nadan hacia el óvulo como si fuera una simple carrera, llega el más fuerte. Mmmm… No. Las hembras, con sus complejas anatomías y procesos bioquímicos, básicamente deciden qué esperma tiene más posibilidades de “ganar”. En aves, insectos y reptiles, esto puede incluir desde almacenar esperma en compartimentos secretos hasta elegir activamente cuál espermatozoide liberar para la fecundación. Es una competencia silenciosa, pero despiadada y controlada por las hembras.
Y no acaba ahí. Porque en términos evolutivos, los machos también desarrollan ciertas estrategias. A medida que desarrollan esperma más rápido, más resistente o con sustancias químicas que buscan manipular el cuerpo de la hembra a su favor, las hembras responden con órganos reproductivos más intrincados, secreciones que contrarrestan estas sustancias o mecanismos para expulsar el esperma no deseado. Así, se da un pulso evolutivo que no es otra cosa que coevolución sexual. Ante la insistencia de un sexo, viene como respuesta la resistencia del otro. Porque muy frecuentemente para las hembras, representa un gasto energético y de recursos mucho mayor el tener crías.
Lo maravilloso es cómo este conflicto evolutivo es, en realidad, un motor de biodiversidad. Las asombrosas formas de los genitales, los rituales de cortejo, las estrategias de almacenamiento de esperma… todo eso es producto de millones de años de este tira y afloja biológico. Un ejemplo extremo es el de algunas hembras de insectos —como ciertas chinches— que cuentan con una estructura interna con forma de pala. Que les sirve para remover el esperma de encuentros anteriores. Así, pueden «limpiar la casa» y decidir qué esperma quedará con posibilidades reales de fecundar sus óvulos. Imagina ese nivel de control. Cada innovación en un sexo impulsa una respuesta en el otro, como una partida de ajedrez que nunca termina.

Durante mucho tiempo, la ciencia contó esta historia desde el lado masculino: los machos como héroes conquistadores, esos que se pelean a muerte por las hembras. Pero hoy sabemos que sin el papel activo de las hembras en esta selección post-cópula, la evolución sexual simplemente no sería como la conocemos. Las hembras no solo participan; dirigen, moldean y eligen.
¡Ah! Y hay algo más que incomoda (y por eso hay que decirlo). Esta historia parte del supuesto de que el sexo es binario. Pero la naturaleza nos grita DIVERSIDAD en todas sus formas, y aún tenemos mucho que desaprender y volver a narrar. Sobre todo, porque si algo nos enseña este ajedrez evolutivo, es que el consentimiento —aunque no exista en el lenguaje animal como en el humano— sí tiene una expresión biológica: la posibilidad de decidir, de tener mecanismos para decir “sí” o “no”, incluso después del apareamiento. Y eso, es poder.
*Comunicadora independiente de ciencia. Instagram: @karimediaz_

Imagen cortesía de la autora

