

¡Ay Cuauhtémoc, qué estado nos has dejado!
La xenofobia no está en los genes de los morelenses.
Tratándose de un estado de reciente creación y con por lo menos dos explosiones demográficas en las últimas cuatro décadas que ampliaron su densidad poblacional a una de las mayores del país gracias a la migración desde Guerrero y la Ciudad de México, y con una más o menos formada tradición turística, pelearse con los “fuereños”, como ocurre en otras entidades no es parte de la personalidad de quienes nacieron o se avecindaron hace mucho en la tierra de Zapata, la caña y el arroz.
A lo mejor en eso radica la generosidad que los lugareños han tenido con su clase gobernante a la que le han permitido venir de cualquier parte del país a decir cómo creen que se hacen las cosas. Graco Ramírez era de Tabasco, Cuauhtémoc Blanco de la Ciudad de México; pero otros altos mandos de las administraciones gubernamentales han venido de otras entidades, Veracruz, Oaxaca, Guerrero, Puebla.
El gobierno de Graco Ramírez fue terrible en materia de corrupción, generó los principios del encono que aún vive la clase política morelense, fue notoriamente autoritario y soberbio, y se alejó de la ciudadanía al grado de que el exgobernador y su partido (el PRD) sufrieron el peor castigo en las urnas de que se tenga memoria apenas seis años después. Fue un gobierno pésimo, pero no de lo peor, ese vendría justo después.
Cuando uno invita a alguien a su casa, como hicieron los morelenses con Cuauhtémoc Blanco, quien tres años antes de ser gobernador a lo mejor conocía Morelos por paseos en antros locales, el anfitrión espera que el invitado por lo menos deje todo como estaba, o sea, que levante su tiradero antes de irse. Es una muestra de elemental decencia. El exfutbolista que vino a gobernar el estado con el hartazgo ciudadano como cómplice inicial, hizo un verdadero desmadre en la entidad: trajo a sus cuates, se alió con lo peor del vecindaje local, destruyó sistemas que funcionaban, contaminó la vida pública, maquiló el peor de los gobiernos de la historia reciente en Morelos (y dónde que ha habido malos y malísimos), arruinó la esperanza de cambio y, por si todo eso fuera poco, ni siquiera barrió o acomodó las cosas en su lugar antes de irse.

Solo por eso Blanco Bravo tendría que ubicarse como el peor de los invitados que la entidad haya tenido en su historia, no hizo turismo político, como muchos funcionarios públicos que han cobrado en la nómina local practicaron, algunos dejando buenas cosas al estado; Blanco Bravo vino a producir el más vicioso episodio de destrucción que haya padecido Morelos probablemente desde la Revolución Mexicana y, lo peor, no hizo siquiera el esfuerzo para reconocerlo.
El mayor problema del desastre del gobierno de Blanco Bravo es que ha resultado memorable, no porque uno desee no olvidar el episodio de saqueo de la moral pública de Morelos más grande del que se tenga registro, sino porque los indicadores que se siguen reportando muestran la debacle de lo que empezó siendo un juego de revanchismo ciudadano contra la desacreditada clase política de entonces, y acabó siendo una tragedia en materia de seguridad pública, desarrollo económico, bienestar social, y casi todo el resto de categorías de indicadores. Los datos del IMCO en su Índice Estatal de Competitividad para el 2025 son de tristeza, pero hay que reconocerlo, eso no es lo peor que dejó la administración de Cuauhtémoc Blanco a Morelos.
Quizá lo más grave que pudo hacer el ahora diputado federal con la vida pública del estado fue la normalización del cinismo. La desvergüenza con que se pasean personajes señalados por incapaces, corruptos y hasta medio mafiosos en el estado no podría entenderse sin analizar la figura y el discurso del gobierno de Blanco y lo que hizo en el estado que se ha tenido que acostumbrar a ver pasar impunes a corruptos, agresores de mujeres, insolentes, incapaces, y hasta presuntos delincuentes con una patente de impunidad mayúscula. Son tantos que quien tuviera la valentía de perseguirlos probablemente se lleve toda la vida en ello.
El gran pendiente de la nueva clase política local (y aquí se incluye a la gobernadora, Margarita González Saravia, por supuesto, pero también a su gabinete y a los poderes Legislativo y Judicial), está en conseguir el castigo a las malas prácticas, la censura al cinismo, el combate a la corrupción. No se trata de un asunto fácil, mucho más cuando en el Congreso de Morelos, en el Tribunal Superior de Justicia y el resto del Poder Judicial, y hasta en algunos despachos del Ejecutivo, todo el catálogo de fregaderas que se normalizaron entre los políticos con la era Blanco, se siguen practicando con una frecuencia de espanto.
La gobernadora es una mujer honesta, profesional y decente (en la acepción que Tom Wolfe le daba al adjetivo, practica lo que nos enseñaron los abuelos); pero su ejemplo no es necesariamente seguido por el resto del funcionariado para quienes eso del combate a la corrupción y lo de la decencia gubernamental no es sino parte de un discurso para no perder la chamba.
El problema no es ideológico, según ha demostrado la gobernadora que suele relacionarse lo mismo con personajes de la izquierda más recalcitrante que de la derecha en extremo conservadora; se trata de un asunto de decencia, una palabra que deben aprender y practicar todos en la vida pública. Solo entonces superaremos la peor de las herencias que nos dejó Cuauhtémoc Blanco en su chiquero. En todo lo demás es evidente que se está trabajando con resultados hasta ahora variopintos, pero por lo menos existentes.
@martinellito / martinellito@otulook.com

