

No volví a ver a mi amiga. Hoy sé por qué
El verano que me rompí la pierna tenía casi once años y el talento nato de hacerme la víctima por cualquier cosa. Me caí en la última semana de clases, persiguiendo a un niño que le había robado el sándwich a mi prima. Bajando las escaleras, uno de sus amigos me empujó y terminé rodando escalera abajo, desparramada como churro mal hecho en feria de pueblo. Acabé enyesada hasta la ingle, con el ego y la pierna hecho polvo.
Ese verano, mientras mis amigos chapoteaban en las piscinas, los ríos y vivían su mejor vida en los parques acuáticos, yo estaba encerrada en la sala de la casa de mi abuela. Ella me cuidaba porque mis papás trabajaban todo el día.
Y cuando digo “me cuidaba”, quiero decir que después del desayuno nos sentábamos a jugar póker apostando con frijoles como si fueran fichas del casino de Las Vegas; que después de la comida leíamos novelas de Corín Tellado mientras ella se echaba unos mezcales “porque le picaba la garganta”; y que por la tarde veíamos telenovelas mientras ella se agarraba a gritos a la protagonista como si la tuviera sentada ahí mismo, en la sala de la casa.
La rutina más sana que teníamos era ir al mercado, especialmente los martes.
Ese día siempre aparecía una señora que venía del estado de Guerrero, vestida con trajes bordados llenos de color, que hablaba un español entrecortado y vendía un pan de arroz con el que todavía sueño en los días fríos.
Y con ella, una niña más o menos de mi edad. Yo, que estaba más aburrida que una ostra sola en casa —porque en esos tiempos no había internet, ni celulares, ni Netflix, ni TikTok—, la vi y se me iluminó el alma. Todos mis amigos estaban en la calle, disfrutando el verano.
Y ahí, entre puestos de cilantro y chiles secos, apareció ella. La vi como a una aparición mariana: una niña, como yo, de carne, hueso y ganas de hablar. Una persona que, por fin, no era mi abuela.

Ese día, mientras mi abuela subía las escaleras rumbo a comprar algo que se le había olvidado, me quedé sentada en las escaleras junto a la niña y su madre.
Yo, sin pensarlo, le pregunté qué estaba haciendo con los hilos que tenía en la mano.
—Pulseras —me dijo.
Y entonces me enseñó a tejerlas.
Nunca había hecho una. Las únicas que usaba eran esas pulseras de plástico de colores chillantes que en esos años se usaban.
Y sin saberlo, yo con mi yeso y mis muletas, y ella con sus hilos, nos hicimos amigas de los martes.
Cada vez que iba al mercado me sentaba con ella. No hablábamos de cosas profundas, solo éramos dos niñas pasando el rato.
La seguí viendo varias veces más ese año, hasta que terminé primaria.
Y después, dejó de aparecer.
Un día le pregunté a su mamá por qué ya no venía con ella.
—Es que ahora tiene que atender a su… —empezó a decir, pero la frase quedó colgada en el aire porque mi abuela la interrumpió, apretándome la mano con fuerza.
—Ya no acompaña a su mamá porque ahora tiene que atender otras labores.
—¿Qué labores? —pregunté, confundida.
—No seas impertinente —me soltó mi abuela con rabia en los ojos—. Ya no va a venir, y punto.
No volví a pensar en ella. Hasta hace unas semanas, cuando vi una entrevista con Eufrosina Cruz, una activista zapoteca que se rebeló a los doce años contra el statu quo de su comunidad y de su propia familia. Hoy trabaja con niñas en zonas indígenas, abriendo caminos que antes eran impensables.
Eufrosina hablaba de cómo, en muchas partes de México, todavía se permite el matrimonio infantil bajo el amparo de los llamados “usos y costumbres”. Niñas de diez, once, doce años, entregadas a cambio de unos cuantos miles de pesos.
En estados como Guerrero, Chiapas y Oaxaca, y también en rincones olvidados de Morelos, hay hombres adultos que pueden “conseguir esposa” entre niñas que, en otras palabras, están destinadas a servir sexual y domésticamente.
Y aunque el matrimonio infantil está prohibido por ley, en más de 300 comunidades mexicanas —según la Comisión Nacional de los Derechos Humanos— estas prácticas siguen vivas.
Porque en México, la justicia —como el agua potable— no siempre llega a todos lados.
Entonces lo entendí, mientras sentía como si alguien me hubiera pateado el estómago.
Luz, la niña con la que yo hacía pulseras mientras comía pan de arroz sentadas en unas escaleras, tenía once años cuando dejó de venir.
Once.
Igual que yo, cuando lloraba porque el yeso me picaba. Cuando miraba las estrellas desde la ventana de mi cuarto, convencida de que mi vida era la peor del mundo.
Porque a los once años, todo se siente enorme: el dolor, la espera, la injusticia de que los adultos decidan por ti. Pero, aun así, una parte de ti sueña con el después, con crecer, con ir a la universidad, con ser mayor y, por fin, poder elegir.
Y por eso, ahora pensar en “mi amiga de los martes” me revienta por dentro. Porque no tengo pruebas, pero mi corazón me grita que a Luz la casaron, la entregaron, le cortaron las alas y le arrancaron la posibilidad de elegir.
Con once años, yo tuve una fractura de rodilla. Pero Luz, una fractura estructural.
De las que joden la infancia. Y que siguen sangrando toda la vida.
Porque en México —y en el mundo— todavía hay miles de niñas que no juegan, que no estudian, que no sueñan, que no eligen.
Y ahora lo entiendo, que lo único que necesitan esas niñas es que los adultos que sí tuvimos infancia dejemos de mirar hacia otro lado.

Foto: Fernando Santos Moyao

