1 de junio: el voto del silencio

 

La votación del 1 de junio fue sin duda una jornada “histórica”. Se realizó el primer ejercicio electoral para integrar el Poder Judicial. Con muchos tropiezos y desaseos de origen, se hizo un experimento de elección por voto directo de los integrantes del Poder judicial. Sin embargo, los resultados no avalan la legitimidad de este proceso

La participación ciudadana fue de 12.86% del padrón electoral, (poco más de 13 millones de personas). El proceso fue tan confuso, complejo y desaseado que días antes de la elección se repartieron de manera masiva acordeones con indicaciones de por quién votar.

Esta jornada la ganó el voto del silencio que evidenció una protesta generalizada. De los aproximadamente 94 millones de boletas depositadas (cada votante recibió de 6 a 13 papeletas), más de 21 millones no fueron válidas, patentizando una elocuente protesta silenciosa.

Si consideramos el universo total del padrón electoral, los votos válidos representan solo el 10.16% de la población votante. Es decir, menos del 11% del electorado eligió a representantes del poder judicial.

Estos datos obligan a una reflexión profunda. La elevada cantidad de votos nulos o anulados no se pueden interpretar de manera ingenua y simplista como desinformación, evidencian descontento, indiferencia, inconformidad y rechazo.

Este desordenado, y manoseado ejercicio terminó desnudando una crisis de confianza en las instituciones y en los partidos, al tiempo que evidenció la desconfianza en el sufragio como mecanismo efectivo para garantizar justicia.

Miles de ciudadanos fueron a votar solo para expresar un rechazo activo, pues en lugar de quedarse en casa, acudieron a las urnas solo para invalidar su boleta, enviando así un mensaje silencioso de desaprobación. 87 millones optaron por el rechazo pasivo, no acudiendo a las urnas.

Pretender celebrar los resultados del 1 de junio como un triunfo de la democracia participativa no es solo “tener otros datos” sino que muestra una actitud patética, en mi rancho dicen es “querer tapar el sol con un dedo”. Los resultados dan un diagnóstico crudo de la inconformidad y de malestar ciudadano. “Quien tenga oídos que escuche”. El mensaje está claro.

Estos resultados obligan a repensar no solo el proceso de elección, sino también el origen mismo de la enmienda constitucional ¿realmente fue el pueblo quien mandató la reforma? ¿Se puede elegir a jueces sin información, sin confianza y sin garantías de independencia?

Esta elección marca el inicio de un debate necesario sobre cómo construir justicia desde la legitimidad ciudadana y no únicamente desde el mandato electoral. La democracia no se agota en las urnas.

Legalmente, el proceso fue válido, pero la baja participación y el alto número de votos inválidos reflejan desconfianza, desinformación y rechazo ciudadano. No basta con garantizar la legalidad; se requiere también de legitimidad para que las instituciones gocen de respaldo social.

El voto del silencio clama por la legitimidad del proceso y de su origen. La legitimidad se construye con una representación efectiva, un voto informado y credibilidad, elementos que estuvieron ausentes en esta jornada.

Elegir jueces sin un verdadero consenso social debilita la credibilidad y la democracia. Una democracia necesita procedimientos legales, sí, pero también legítimos, factor que estuvo ausente en la votación del 1 de junio. ¿Usted qué piensa?

José Antonio Gómez Espinoza