

Vientos huracanados
Las primeras lluvias de la temporada llegaron con una fuerza inusitada, marcando un inicio abrupto del temporal que normalmente debería traer alivio, pero que esta vez trajo consigo caos, incertidumbre y daños. Lejos de ser un fenómeno pasajero, estas precipitaciones revelaron el trasfondo de una realidad climática cambiante y una infraestructura urbana insuficiente.
En la CDMX, y aquí en Morelos, Cuernavaca, Jiutepec y otros municipios de la zona metropolitana, los chubascos se acompañaron de vientos intensos que derribaron árboles, cables y causaron cortes de energía. En cuestión de minutos, las calles se convirtieron en ríos, y los vehículos, en pequeñas embarcaciones a la deriva. Las lluvias no fueron largas, pero sí intensas. Tan solo una hora bastó para colapsar alcantarillados, inundar viviendas y generar deslaves en caminos rurales y zonas de ladera.
La intensidad de estos eventos no es completamente inesperada: el aumento de episodios de lluvias torrenciales acompañadas de viento forma parte del patrón de variabilidad climática que ya se hace sentir en todo el país. El fenómeno de El Niño, que recientemente comenzó a debilitarse, dejó tras de sí un periodo inusualmente cálido, que ahora cede paso a una atmósfera inestable, propensa a tormentas abruptas. Además, la urbanización desordenada, la reducción de áreas verdes y la falta de mantenimiento preventivo de los drenajes agravan los efectos locales. El agua no tiene por dónde escurrir; se topa con cemento, basura e incapacidad institucional.
Si bien las autoridades estatales y municipales han emitido alertas preventivas y activado brigadas de emergencia, lo cierto es que la respuesta sigue siendo reactiva. Se limpian coladeras tras las inundaciones, se talan árboles solo después de que caen, y se revisan planes de emergencia cuando ya hay daños que lamentar. Esta lógica de administración por contingencia, en lugar de planeación por anticipación, expone a miles de familias al riesgo cada año.
La perspectiva a futuro no es alentadora si no se toman decisiones firmes hoy. Las lluvias atípicas ya no son la excepción, sino parte del nuevo clima del siglo XXI. Por eso, Morelos necesita invertir con visión estratégica en infraestructura hidráulica resiliente, ampliar su sistema de monitoreo meteorológico y fomentar una verdadera cultura de prevención entre sus habitantes. La ciudadanía, por su parte, debe asumir también su responsabilidad: no tirar basura en las calles, organizarse en comités vecinales y exigir transparencia sobre los recursos destinados a mitigación de riesgos.

Estas primeras lluvias son un aviso claro. No se trata solo de agua, sino de la urgencia de adaptarnos a un entorno cambiante. El agua que no se canaliza, se desborda. La prevención que no se ejerce, se convierte en tragedia. Y la oportunidad que no se aprovecha, se transforma en repetición de errores.
Para hacer frente a este nuevo régimen de lluvias intensas y vientos atípicos, es urgente que las políticas públicas en Morelos se orienten hacia la prevención, resiliencia y adaptación. Esto implica actualizar los planes municipales de protección civil con base en escenarios climáticos actuales, invertir en infraestructura verde y sistemas de drenaje pluvial adecuados, y fortalecer los sistemas de alerta temprana y monitoreo hidrometeorológico. También es fundamental establecer mecanismos de coordinación efectiva entre los tres niveles de gobierno y fomentar la participación ciudadana en tareas de limpieza y vigilancia del entorno urbano. Solo con un enfoque integral que combine ciencia, planeación territorial y gobernanza participativa, podremos reducir la vulnerabilidad de nuestras ciudades y proteger la vida y el patrimonio de la población morelense ante las lluvias que ya no son como antes.
*Profesor, consultor y gerente general de AQUATOR

