
A/ La primera enseñanza
Supe del marinero por una serie de notas que Joaquín Armenta, entonces mi amigo, publicó en un diario de la costa. En ese tiempo, sin embargo, apareció el primer muerto en Las Rayas: el escándalo capturó pronto la atención de Joaquín, quien no volvió a mencionar al marinero sino en un par de cartas que llegaron a mis manos años después.
Otras noticias las recogí en la isla, cuando la visité en un vano intento de auxiliar a ese ser ávido en que se convirtió Joaquín. De allí provienen estos fragmentos —no tenemos otra cosa de la vida— sobre el marinero ilustrado. Algunos pueden parecer oscuros y contradictorios, pero sobre mi conciencia, por razones que no voy a explicar ahora, pesa la urgencia de darlos a conocer.
B/ 1. La primera enseñanza
—Lo primero es la confianza y, allende la confianza, la paciencia —dijo el marinero el primer día, cuando regresó a la isla, después de tanto tiempo; pero no todos se detuvieron a escucharlo.

—Lo segundo —dijo el segundo día, pero no todos le creyeron— es no detenerse en las ofensas; dejarlas pasar.
El tercer día, el marinero ilustrado pidió un vaso de ron antes de hablar en el balcón, frente al semáforo único de la isla. Entonces algunos lo reconocieron, porque lo escucharon decir:
—Pero el mar irisaba. Sus verdes cambiantes, sus azules lucientes, su resonante gloria clamaban erguidamente hasta los puros cielos, emergiendo entre espumas su vasta voz amante —en seguida, el marinero explicó que las sensaciones nos abruman; todos lo vieron aspirar la brisa y llenarse los ojos de mar mientras murmuraba que la quietud se gana aquietando los sentidos. Y ya había quien conspiraba en su contra, pero él se puso de pie y salió del lugar sin haber probado el ron.
El cuarto día, el marinero dijo que cada quien debe tomar sólo lo que merece, y que nadie merece más que nadie. Pidió que se sirviera ron a todos, bebió sin prisa y ganó muchos adeptos.
El domingo, que era el quinto día, la gente no cupo en la cantina e invadió la calle. Desde el balcón, a gritos, el marinero habló de la pureza. Dijo que cada quien debe limpiar cuerpo y corazón. Ese día no invitó a nadie y perdió algunos seguidores.
El lunes, el marinero bebió más de la cuenta y habló con la lengua torpe.
—Todo sucede —dijo— por alguna razón, y cada quien debe hallarla. Cada quien debe ampliar su conciencia para buscar el conocimiento… que guarda… —doblado sobre la mesa comenzó a roncar.
El séptimo día, el marinero dijo que la verdad no puede alcanzarse con las palabras y que no hay otro medio para buscarla. Que la verdad tiene cuatrocientos rostros y que, si alguien mira intensamente uno de ellos, llega a percibirla.
Hacía calor, relampagueaba, había demasiada gente y algunos parroquianos que no lo oían bien empezaron a insultarlo.
—No importa qué suceda —dijo el marinero a uno que lo amenazaba—, no te dejes arrebatar por la ira —y sin perder la compostura lo tendió de un puñetazo.
Con eso, el marinero terminó su primera enseñanza y algunos comenzaron a llamarlo maestro.
C/ 2. Para salvar el abismo
Dicen que una vez el marinero se encaramó al pretil del balcón, para que pudieran oírlo desde la calle. Estaba tan absorto en sus palabras que dio un paso al frente. Las palmas que bordeaban la avenida se inclinaron para servirle de puente.
Dicen, los que creen que esto sucedió, pero no todos lo creen, que la gente quedó tan maravillada que nadie recuerda lo que dijo. Así, el marinero se fue haciendo conocido y la Delegación de Turismo lo incluyó en las guías, como una de las atracciones de la isla.

