
Lo que se ve, sí se juzga
Elsa Azucena Alfaro González*
Todos los días abro los ojos organizando mentalmente las actividades a realizar ese día, los pendientes que culminar, las responsabilidades laborales y familiares; me repongo de la cama intentando mantener pensamientos positivos recuperando fuerzas para disminuir el cansancio pero debo admitir que existe un paso matutino que me aterroriza todos los días: mirarme al espejo y descubrir una apariencia que jamás cumple con unos requisitos internos que la sociedad ha definido como “estereotipos de belleza”. La realidad es que muy pocas veces me comparo con alguna otra mujer, rara vez viene a mi mente las imágenes en redes sociales de famosas que han hecho miles de intervenciones para sentirse a gusto con su imagen, aunque al parecer existe algo en lo que coincidimos, todas intentamos sentirnos bellas frente al reflejo de lo que creemos imperfecto.
El paso de los años lo empeora todo, los cambios en la complexión, el color y textura de la piel, las arrugas que brotan como signo de sabiduría -una explicación poética que a ninguna mujer ha dado calma- el color y largo del cabello, las expresiones de cansancio y una serie infinita de rasgos que son juzgados de manera muy cruel; por un momento el recuento de la vida diaria y las obligaciones dejan de ser importantes en mi pensamiento, me comienzo a sentir pequeña en medio de mis propias críticas, siento miedo de seguir mirando y entonces me apresuro a buscar la ropa adecuada que lejos de hacerme sentir cómoda, me permita ocultar aquello que previamente he juzgado.
Por unos minutos lo más importante en mi mente es usar aquellos productos que me han prometido reducir lo que me incomoda, busco la manera de pararme frente al espejo nuevamente para comenzar a sentir un poco de paz frente a lo que veo, hago miles de correcciones, cambios y mejoras ante un proceso cotidiano que muchas veces cansa y genera una sensación de tristeza difícil de relatar para una sociedad que intenta obligarte a amar tu cuerpo pero que se contradice con sus propias críticas. Cuando dejas de exigirte eres vista como una mujer desinteresada de sí misma porque ante sus ojos no te amas en respuesta ante un descuido aparente, pero si intentas cientos de procesos que ofrecen obtener los estándares de belleza de moda, tampoco serás reconocida por tu esfuerzo pues a estas exigencias también regresan al discurso de no aceptación de tu cuerpo, no existe entonces ante la crítica social un punto medio aprobado.
Es inevitable no sentirse juzgada día a día, en cada paso, en todo lugar, la crítica de otras mujeres y algunos hombres son interpretados bajo la idea de no sentirse bella, cada gesto, mirada y comentario se plantan en tu cabeza y crecen como hierba maligna tejiendo una serie de inseguridades que a muchas nos orillan a cambios en los que muchas veces no aniquilan aquella sensación; a pesar de esto, cada día intento buscar la manera de sentirme bella y cómoda conmigo misma, intento no darle importancia a mis propios pensamientos y busco la manera de recordar mis habilidades individualidades, razones para sentirme completa pero parece que hemos nacido con una voz interna que te arrastra a la sensación de incomodidad, esa voz que algunas de nosotras intenta callar mediante terapia, pláticas de desahogo o cualquier otro medio posible para guardarla en el rincón más interno de nuestro pensamiento donde guardamos todo lo que queremos olvidar y callar, sin saber que todos esos recuerdos poco agradables que han sucedido a lo largo de nuestra vida son los mismos que sustentan la idea temible de jamás sen suficientemente bella, lista y feliz.

Lo bueno y lo malo que pasa en nuestra historia de vida son la composta ideal para sembrar inseguridades, algunas anécdotas traumantes se guardan en lo más interior del inconsciente, en una caja sellada para evitar que salgan, callamos mucho dolor olvidando que todas esas imágenes, voces y miradas brotan como humo en nuestro pensamiento y se apoderan de nuestro consiente como un fantasma que termina gritándonos frente al espejo: “nunca serás hermosa”.
Y a pesar de todo, a los ojos de la ciencia, son los estereotipos implantados socialmente el problema, porque ante nosotros tenemos una serie de imágenes de mujeres con apariencia de éxito, sin ningún signo en la piel que las avergüence posando frente a cámaras que detallan su idea de perfección. Creen que todas las mujeres nos sentamos a mirar estas fotos e intentamos imitar ¿De verdad han disminuido nuestra complejidad ante esta simple explicación? Muchos especialistas creen firmemente -apoyándose de estudios con respuestas obvias- que las mujeres intentamos imitar lo confusamente inalcanzable para muchas; claro que quiero verme como aquella mujer reconocida como bella ante los ojos internacionales, por supuesto que quiero sentirte igualmente exitosa y también quiero pensar que ella es más feliz que yo, pero la realidad es que dentro de mi sé perfectamente que incluso ese estereotipo de mujer perfecta sufre la misma batalla cada mañana frente a su espejo porque el creer que una imagen define mi comportamiento es igual de superficial a pensar que dentro de cada una de nosotras no existen recuerdos ni historias de vida. Las mujeres no intentamos imitarnos unas a otras, no es tan simple como buscar un disfraz de perfección, es algo más complejo que amerita escarbar en lo más profundo de los pensamiento y memorias individuales, no se trata de aceptar lo que se ve (la forma del cuerpo, la raza y las características individuales), es necesario profundizar en nuestros discursos, un desafío no logrado por muchas de las mentes más brillantes en la ciencia del comportamiento que finalizan con una sola conclusión: ¿Qué quieren las mujeres”.

*Psico nutrióloga

