
Desechables
Roberto Monroy Álvarez*
Vamos en un taxi, y en el radio hay una discusión acalorada. El gobernador tiene cierta disyuntiva: alimentar a los presos o dar de comer a los niños pobres. Sin conocer el contexto, me pregunto si es una situación real. Un radioescucha llama, dice que la respuesta es sencilla: a los desechables se les debe dejar sin comida, a su suerte. Desechable, término peculiar. No se refiere a la basura, o no solo a ella. En Colombia el sustantivo es común para designar a personas que viven en situación de calle o que recogen basura, que consumen droga desmesuradamente o que tienen prácticas sexuales perversas. Estos, en concreto, son niños abandonados, locos, pobres, vagabundos, migrantes miserables. Estamos en Cartagena de Indias y, aunque no he escuchado el sustantivo a ras de piso, su enunciación no me sorprende. La ciudad, una de las más viejas del continente, fue un puerto clave para el colonialismo ibérico, especialmente para el comercio de esclavos. Hoy, entre un calor asombroso, resuma una sensación a desigualdad, donde la identidad estratégica de la negritud se posiciona como una contra/narrativa, pero donde el turismo capitalista hace estragos entre cocaína, prostitución y lujos descomunales. Cierta situación lo confirma. Una noche, al regresar del congreso sobre violencia que nos convocó, nos detenemos a contemplar el puerto nocturno. De pronto, unos gritos extraños rompen la paz del Caribe. Dos policías en motocicletas increpan a un hombre delgado y sucio que pasea en una bicicleta, una que obviamente le sirve de casa. Se nota que no tiene un hogar fijo. Sobresale una bandera chilena en la parte trasera, lo que explica su peculiar acento. Es sin duda un turista pobre, como él mismo se identifica, pero un turista, a fin de cuentas, y sobre ello reafirma su derecho a transitar por allí. Los policías le gritan que debe abandonar el barrio, que él no es un turista, que él les vendía drogas a unos niños unas calles de atrás. El turista (por qué no llamarlo así) se defiende y los acusa de corruptos, lo que enfurece a los hombres de la ley. Nos acercamos para que la violencia tenga público y eso obligue a la autoridad a ser mesurada. L lleva su cámara profesional, lo que probablemente hace que los oficiales nos presten atención como si fuéramos un tipo de turistas diferentes, cuya opinión cuenta. El acosado aprovecha y emprende la marcha, no sin antes subir a la canastilla a dos pequeños perros que lo acompañaron durante ese momento de tensión. Al doblar la esquina, nosotros le perdemos el rastro, pero no así los policías, que lo persiguen en sus motos. Desechables de la tierra, les llamaba mi maestro Mier, aquellos confundidos con el desecho sólido y que la ley siempre trata de limpiar de la tierra.
*Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Fotografía cortesía del autor.

