

Don Ángel Rojas, rebelde desde siempre, fue amigo de Rubén Jaramillo
En ocasión del aniversario núm. 63 de la desaparición de Rubén Jaramillo Méndez: militar, político, revolucionario, considerado el último guerrillero zapatista masacrado con toda su familia en 1962 luego del indulto que recibió por parte de don Adolfo López Mateos, recuerdo a uno de sus amigos, don Ángel Rojas (1922-2017) a quien entrevisté hace poco más de dos décadas, cuando don Ángel, en ese entonces, estaba próximo a cumplir 80 de edad. Murió de casi 95 años.
El día de la cita, nos acomodamos en el fresco corredor de su casa coronado con vigas, piso de ladrillo, muros de adobe, recuerdos y fotos por doquier, allá por Tlayacapan. Y don Ángel, considerado por muchos el impulsor del Carnaval en su pueblo cuyas costumbres y tradiciones presumen orgullosos que las heredan de la cultura Olmeca que se establecieron y dominaron esta localidad en la época prehispánica, aunque también de los Xochicalcas.
Sentado sobre una cómoda silla de madera, forrada con un cojín, don Ángel, luego de una breve plática, dio entrada a esta plática. Inicio con la primera pregunta: – ¿Por qué le decían “¿el Diablo”, don Ángel? – “Pues seguramente porque siempre fui rebeldón”, -respondió con una sonrisa- “primero anduve con mi amigo Rubén (Jaramillo), allá por El Higuerón y fui amigo también de Matías Polanco, lugarteniente del general Emiliano Zapata.
“Pero mire Ud. le aclaro que yo no destaqué por mis famosos amigos, no es por nada pero desde joven lo hice en mi tierra y es que me gustaba tanto pelear por la justicia, que, figúrese, hasta me quería ir de voluntario como soldado a la II Guerra Mundial. ¿Sueños?”, se pregunta y él mismo se responde: “Tal vez sí, pero mire, los años no pasan en balde y ya voy a cumplir 80, soy de 1922”.
Cerca de él, sobre una repisa, luce espléndido uno de sus sombreros de Chinelo que él mismo fabricó, de eso vive, pero sobre su cabeza, su infaltable sombrero de palma que se lo quita tan pronto comenzamos a platicar. “Mire Ud. Aunque todavía las fuerzas no me abandonan, ya comienzo a sentirme viejo, pero, aun así, hace 15 años con 200 ejidatarios fuimos a romper la toma del agua que nos quitó la autoridad y pues como el agua es de todos, la recuperamos, como que no. Y no nos la han vuelto a retirar.

“Pero verá Ud. desde chamaco mi orgullo ha sido tener mucha imaginación y siempre brindar apoyo a quien me lo pidiera. Primero, anduve con Jaramillo donde se necesitará sobre todo en la zona del Higuerón”, al mencionarlo se asoma a su mirada un dejo de tristeza, se emociona. Le digo, ya ni le pregunto por la muerte de su amigo don Ángel. “Gracias”, responde.
“Fue tan duro sobre todo cómo lo mataron que todavía a pesar del tiempo transcurrido, no me gusta hablar de eso. Ya p´a qué”. Se repone y sigue: “Y con Matías Polanco como la verdad yo no había nacido cuando la Revolución, tuve más en cambio al crecer, el privilegio de contar con su amistad así me contaba todas sus aventuras de cuando andaba con las huestes de Zapata, mis amigos, esos si, famosos de verdad.
“Figúrese, Rubén, era grande. Él solo encabezó y dirigió las principales movilizaciones campesinas del siglo pasado ya muerto Zapata, siempre a las vivas viendo que les entregaran sus tierras, siempre pues en defensa de los ejidatarios y pequeños productores, le preocupaba a mi amigo Rubén que tuvieran fuentes de empleo para seguir ganándose la vida, pero sin ser esclavos de nadie. Y esa misión la heredó de Zapata”.
Don Ángel es reconocido por los preciosos sombreros de Chinelo que elabora y es reconocido en todo el pueblo por el arte que les imprime. Y respecto a la polémica que existe entre Tepoztlán y Tlayacapan, ambas se erigen en pioneras del brinco del chinelo, don Ángel menciona: “No, no, que no inventen. El brinco nació aquí en mi tierra y las raíces del vestuario las heredamos de la Comparsa Azteca. Y narra cómo es que en un principio el traje era blanco y las franjas verdes “y mi esposa, fue la primera que cambió el color verde por el azul. Y así se quedó”, puntualiza.
– ¿Por qué impulsó el Carnaval don Ángel? – “Mire Ud. viendo que mi pueblo necesitaba alegría, júbilo de verdad, logramos revivirlo, ni se imagina con qué gusto todo el pueblo lo esperaba porque son celebraciones llenas de contento con música, colores, comida típica y pues eso ayuda también a destacar las bellas tradiciones de la región. Y como mucho de la magia que hay en mi pueblo nos viene de su pasado, pos como quiera que sea, nos da harto orgullo decir que venimos de tiempos antiguos, ¿no cree?”, al decirlo, me despido, cierro mi grabadora y entre sonrisas me dice: “A ver cuándo regresa”. Y hasta el próximo miércoles.

“Figúrese, al traje de Chinelo de Tlayacapan que originalmente lucía rayas verdes, mi esposa se las cambió a azules y así se quedaron hasta el día de hoy”, refiere don Ángel Rojas. Imagen bajada por la autora para esta publicación, de la obra digital: libropueblosmágicos.mx.

