Entre ser, tener y hacer: el desafío de una educación con sentido



Nuestro mundo mide a las personas por lo que tienen y por lo que hacen. El éxito se expresa en posesiones, logros, productividad, rendimiento. Desde niños, se nos educó para “ser alguien en la vida”, lo que significa obtener títulos, cumplir metas, generar resultados, acumular bienes.

Esta lógica dominante ha dejado fuera una dimensión fundamental: el ser en sí mismo, como experiencia interior, relacional y trascendente. Erich Fromm decía, hemos aprendido a tener, a hacer, pero no a ser.

Martin Heidegger, al reflexionar sobre el sentido del ser distingue entre el “ser auténtico” que se apropia de su propia existencia, vive de manera consciente su temporalidad y finitud, actuando desde su libertad interior, en lugar de vivir de manera automática o para satisfacer a los demás; a diferencia del “ser inauténtico” o “enajenado” que vive atrapado en las estructuras del hacer y el tener.

La cultura oriental enfatiza la importancia del ser como presencia, como conciencia plena del aquí y el ahora. El Zen, por ejemplo, enseña que no somos nuestras acciones ni nuestros pensamientos, sino la conciencia que los observa. El ser no se agota en lo que hacemos ni en lo que poseemos, porque hay una dimensión ontológica, espiritual y silenciosa que trasciende toda función.

En la educación moderna se ha privilegiado el utilitarismo. Se enseña para el empleo, para la competencia, para la productividad. No se educa para la sabiduría, la paz interior, el sentido de la existencia, la relación con el otro y el entorno.

Educar para el ser significa preguntar: ¿quién soy?, ¿cómo me relaciono con el mundo?, ¿qué sentido tiene mi vida? Incluir estas preguntas en el currículo escolar implica cambiar el paradigma de formar técnicos a formar humanos integrales. Como decía Edgar Morin, se trata de reaprender a vivir.

Por otro lado, en los actuales tiempos de crisis climática, social, emocional y cultural, necesitamos ciudadanos conscientes, empáticos y creativos, no solo eficientes. Y eso solo se logra si reconocemos que el valor de una persona no se mide por su productividad, sino por su humanidad.

Desde la psicología humanista, Abraham Maslow señala que, tras las necesidades básicas, emergen otras más profundas: la necesidad del amor, la autoestima, la autorrealización. Una vida plena no se construye únicamente sobre el tener (recursos) ni sobre el hacer (actividades), sino sobre la experiencia de ser, es decir, sentirse valioso, libre, conectado.

La psicología positiva sostiene que el bienestar duradero no proviene de logros externos, sino de estados internos como la gratitud, la compasión, el sentido, la serenidad, la paz interior. Recuperar el valor del ser es una medida urgente de salud mental colectiva.

En la cotidianidad, nos identificamos por lo que hacemos: «soy médico», «soy madre», «soy maestro» o por lo que tenemos, «tengo un auto», «tengo una casa». Pero si nuestra identidad está basada exclusivamente en el hacer y el tener, nos sentiremos vacíos, desorientados y frágiles.

En lo cotidiano, el ser se cultiva a través de pequeños actos: una conversación amena y sincera, un paseo sin prisa, una comida compartida sin pantallas, una siembra en la tierra. En lo aparentemente insignificante, el ser florece.

Frente a un mundo que nos empuja a hacer cada vez más y a tener cada vez más, urge recordar que no somos solo función ni propiedad, sino presencia, conciencia y vínculo. El ser humano no se agota en lo que hace ni en lo que tiene. Hay una dimensión interior, profunda y silenciosa que es la fuente misma de nuestra humanidad.

Educar para el ser, cuidar el ser, habitar el ser, es quizás uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo pero también, una de nuestras mayores esperanzas. Es necesario e impostergable cambiar el actual paradigma del Tener por el del Ser ¿Usted qué piensa?

José Antonio Gómez Espinoza