Dos poetas conversan. El primero, un hombre de archipiélago que ha pensando en los poemas como razón de estar insularmente en el mundo; el segundo, un disidente dispuesto a llamar Stalin “montañés del Kremlin”, ambos: Jorge Rodríguez Padrón y Ósip Mandelshtam coinciden en que el discurso poético viene de la memoria, del balbuceo que se ofrece a la madre cuando estamos aprendiendo a hablar. Julia Kristeva opinó lo mismo, escribió largo, pensó con calma, sobre esa lengua poética preliminar a todo verso que el poeta acomete con conciencia de outsider como todo buen bardo en sus cinco sentidos.

Como todo buen vate que comprende el sabor de la nostalgia en su significado verdadero, el etimológico: nostos quiere decir en griego regreso. Algia viene de dolor. Es verdad, existen recuerdos como heridas. En el libro La memoria del roce, de uno de los más experimentados y cumplidos poetas de Canarias, Antonio Arroyo Silva, ese dolor es asediado, como la misma belleza, por palpitaciones o relámpagos transformados en versos cuya factura imaginativa revela la experiencia del oficio de la palabra.

Lo anterior no es solo un discurso porque el ritmo de cada uno de los cuarenta y cinco textos que conforman el poemario está cuajado de escenas familiares u objetos cargados de la magia infantil, las más poderosa: “Y es que las reliquias sagradas no/ son las que te han dicho”, asume un yo poético que siempre prefirió la niebla, colocarse más allá del verano, sin abordar el otoño. Un yo al margen de la vida común y corriente, pero que agradeciéndola encuentra en ella los milagros que define, que canta celebrando el amor por la madre. Se trata de una persona que está dentro de uno, “no importa que sea hombre o mujer”, le dice el autor a quien esto escribe y descubre que él no sospecha que ha creado el heterónimo del hijo, una identidad que nos corresponde a todos, todas, todes, sin sacralizar, negándole matices, el papel de madre en nuestra cultura, el maternar como un acto político.

No, la mujer que acude al llanto por no tener comida en la despensa y logra hacerla aparecer gracias a suertes o dones que se ignoran, no es perfecta en esta obra. Lo sabemos gracias a que el autor eliminó el tono sentimentaloide para quedarse sólo con el trigo de la poesía y expresar, por ejemplo:

Puede llenar el corazón con toda

la pena de no sé cuántas galaxias

o puede, simplemente, derramarlo

en la orilla de un sueño.

Esa orilla desde el roce de la madre canta y encanta, “entona la voz junto a la cuna en una proximidad ante todo corporal, contacto de la piel con sus caricias”, como explica Padrón, y funda un reino poético gracias a la cual el poeta confiesa que no sabe en qué orilla de qué isla se encuentra. Desde esa inestabilidad, desde esa niebla concitada, Arroyo Silva piensa metapoéticamente al afirmar que “un acto en soledad de la imaginación produce la energía necesaria para mover un grano de infinito”; y canta silbando para el recuerdo:

Madre, la poesía vino a mí con tu memoria,

la tenía en la punta de la lengua:

tú de mi boca un iceberg alzaste.

He ahí la expatriación del silencio, un acto que también implica desterrar la realidad porque el poeta sueña para ver lo que otros niegan. Un poeta hijo en este caso, ya que asume que de ciertas infancias nunca nos marchamos. Esa es una de las aportaciones más logradas en este libro en cuanto a los mensajes que contiene. La forma es otro asunto que trepa por lo que se dice con gran habilidad para construir imágenes donde la eternidad puede ser un juego de espejos, las lágrimas blancas estrellas en la noche. Entre el creacionismo con dejos modernistas (aunque suene completamente paradójico), lo que ve el autor es gracias a una luz que se examina para conseguir el siguiente hallazgo:

Solo veo unos ojos apagados

allí donde brillaba fuego ardiente.

Solo vive lo que tiene luz

y lo que no la tiene a veces camina

como un fantasma. Y muerde.

Esa mordida oscura también es feral en La memoria del roce, pues la violencia hacia las mujeres si bien no es una victoria, es un dolor del cual se extrae la gema de la catarsis, la denuncia inteligente, pulcramente afinada, que Arroyo Silva sabe equilibrar:

La madre, los hermanos, los objetos,

que no tuvimos nunca, aquellos pocos

que atesorábamos con celo. Tú

saciado con un grano de silencio,

ella con su mirada de paz

sobre los moretones.

Para lograr estas líneas hicieron falta cincuenta años. Medio siglo tardó en llegar el hijo con esa voz rotunda adentro del poeta que no es el poeta, pero lo habita, un heterónimo que se entiende como identidad literaria ficticia porque la poesía también inventa desde el confín de la memoria operando como filtro, arrancándole la verdad a la verdad para que lo cierto relumbre en la imaginación del que recuerda escenas o poemas, del que se supo hijo reinventado por el tiempo, por la negación de todos los caminos que permite comenzar otra vez desde la matria verdadera, ese roce pendiente con los solitarios rescatando la luz de su familia desde un pasado que era tan solo un futuro incomprensible. Esa traducción del tiempo, esa recuperación de un vínculo con la madre, esa unión con la cual resulta imposible no identificarse, logra Antonio Arroyo Silva navegando sobre la nave del amor filial cuyos mares encrespados son otras lenguas, otros silencios.

*Escritora

 

 

Alma Karla Sandoval