

El Premio XXX de Derechos Humanos Don Sergio Méndez Arceo, fue otorgado en categoría individual a Verónica Rosas Valenzuela, y el grupal al Colectivo Búsqueda de Familiares Regresando a Casa Morelos.
En el atrio de Catedral se llevó a cabo la premiación, con la presencia, entre otros, del obispo emérito Raúl Vera, Gabriela Videla, el padre Ángel Sánchez. Mereció reconocimiento el obispo Alfonso Leija por su labor incansable en pro de derechos humanos.
Verónica Rosas a raíz del secuestro de su hijo Diego Maximiliano en el Estado de México, fundó el Colectivo Unión de Esperanzas. Quebrada y fuerte, compartió su dolor y lucha.
“El 4 de septiembre de 2015 mi hijo Diego fue secuestrado, desde entonces no sé cómo hablar de mis emociones, cómo traducir mi dolor en palabras. Es muy doloroso que mi hijo esté secuestrado, desaparecido. Me convertí en buscadora en este México herido, que resiste por la incansable lucha de encontrar a nuestros hijos. Mi hijo es muy hermoso, estudiante de preparatoria, hermano, deportista, alegre y vanidoso. Desde el primer momento en que lo vi con sus ojos tiernos, sus pestañas grandes, me trasformó la vida con el regalo de ser madre, con la ilusión de verlo crecer. Me han quitado parte de mí, no estaré tranquila hasta que vuelva a mis brazos. Me he convertido en defensora de los derechos humanos, acompañando a otras personas en busca de justicia.
“Recibo este premio Don Sergio Méndez Arceo que hizo de la iglesia un refugio de esperanza, en este país lleno de violencia. No elegí está lucha, la asumí, no podía hacer otra cosa que buscarlo. Hoy mi hijo está bordado en mi cubrebocas, en mantas y camisetas. El premio me emociona también es doloroso. Ninguna madre quisiera estar aquí. Mi anhelo es verlo crecer, realizar sus sueños. Su ausencia me quema. En el Estado de México tenemos 1900 desaparecidos, fosas clandestinas ignoradas por el gobierno. Una persona ausente suspende la vida. Tenemos crisis forense, 72 mil cadáveres no identificados. Es una emergencia humanitaria, silenciada. Buscamos en fosas, barrancos, aguas negras. Faltan recursos y voluntad política. Nos revictimizan, no identificarlos es una falta ética, no entienden el valor de la vida. Agradezco a compañeras buscadoras de hijo, hija, hermano, tío, sobrino. Agradezco al Centro Pro que sin protagonismos nos acompaña. También abogados y periodistas honestos. Estoy en el lugar más oscuro. Mi familia me ha ayudado a no caer en depresión. Se cruzan con nosotros, en este país atravesado por la impunidad y el miedo, feminicidios, migrantes desaparecidos en tránsito por el territorio, criminalizados por buscar, escarbar la tierra. Hago un llamado a la sociedad mexicana, no se esperen a que les falte alguien. No normalicen esta situación, no nos dejen solos. Cada persona que calla es una herida. Nosotros buscamos espacios de consuelo y denuncia. Mientras más madres buscadoras haya, este país no estará perdido, queremos otro México con justicia, con verdad. Las madres no se rinden, llegarán a la verdad”.
Si multiplicamos el horror, el duelo inconcluso, la incertidumbre por 128 331 desaparecidos, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas, al día de hoy, no localizadas, es grave.

México herido exige se detengan secuestros, desapariciones forzadas, feminicidios, que el Estado de la cara, como lo ha solicitado la ONU, de acuerdo artículo 34 de la Convención Internacional sobre Desaparecidos contra México.
El 10 de mayo, las madres gritaron ¡Nada que celebrar! En Plaza de Armas de Cuernavaca, el Colectivo Regresando a Casa Morelos, después de marchar acompañados por Wuamazo M8 con potentes tambores de alerta, lucha, alegre y fuerte llegaron al Memorial, varios colectivos de buscadoras extendieron sus mantas con escapularios de hijos. Caras, rostros jóvenes. ¿Cuántos están vivos? ¿En qué condiciones? Los hallazgos en Teuchitlán, son un infierno.
En plazas y zócalos del territorio el 10 de mayo se escuchó la demanda: ¿Dónde están, nuestros hijos?, ¿dónde están? Con dolor y desesperación las buscadoras se han topado con fiscalías, ministerios, derechos humanos, puertas del Palacio cerradas.
La mayoría mujeres, han dejado vidas de amas de casa, trabajos, se han convertido en símbolo, su presencia señala al mal gobierno que las ignora, borra, como lo hicieron de inmediato, lavando las pardes de la ciudad donde las madres, el 10 de mayo, pegaron escapularios con el rostro de sus desaparecidos. No podían permitir visibilizar el horror sistemático de lo que ocurre con fosas, centros de exterminio y entrenamiento, cifras alarmantes del desastre humanitario que vivimos. En cambio, se iluminó el zócalo para celebrar a las madres con Lupita D´alessio. Pan y circo.
Las madres en una de muchas movilizaciones exigieron cesen a María del Rosario Ibarra Piedra en Derechos Humanos por estar coludida con militares que no toca ni con el pétalo de una rosa. Al horror se suman madres asesinadas por denunciar Teuchitlán o buscar familiares. A pesar de asesinatos y amenazas, la lucha no para, es irremediable buscar al ser que se ama. No hay vuelta atrás.
Cínicamente la SEDENA decide rendir homenaje al corrupto, asesino y criminal general Hermenegildo Cuenca Díaz, quien autorizaba los vuelos de muerte durante la llamada Guerra Sucia. Son sus héroes. Glorifican a quien puede secuestrar, desaparecer, torturar, matar, valores de la Cuarta T, inclinada al Ejército, la Marina, carteles, paramilitares, sicarios, crimen organizado. A su criminalidad y contubernio contra pueblos defensores de autonomía y territorialidad, se suma el desprecio a las buscadoras que nada esperan del gobierno, ellas con picos, palas y manos realizan, a la intemperie, la labor que corresponde al Estado, mantener la paz en el país, y no está guerra.
¡Justicia para Mafer!
¡Alto al genocidio en Gaza!

