

Contra la censura
Honi soit qui mal y pense. Que la vergüenza caiga sobre aquel que piense mal. La frase de Pablo de Tarso puede leerse como advertencia o como espejo. Porque en la censura lo que aparece no es la obscenidad del otro, sino el miedo de uno mismo, de lo que uno imagina. El censor, distinto a lo que se piensa, no juzga al otro, sino que revela algo de sí mismo, algo que le aterra.
Hay quien cree que la censura protege. Que impide la degradación de la moral, de la infancia, de la patria, del buen gusto. Pero ese argumento parte de una suposición falsa: que el espectador no sabe mirar, que no sabe pensar por sí mismo. Que el público es una criatura frágil a la que hay que mantener en la penumbra, lejos de ciertas palabras, ciertas imágenes, ciertas ideas.
Lo sabía Hitchcock, que en Psycho no mostró sangre en exceso ni desnudez evidente. Mostró lo justo para que la mente hiciera el resto. Y eso fue más subversivo que cualquier escena explícita. Porque el verdadero poder del cine —como el de la poesía— está en la sugerencia. Lo que el censor no soporta no es lo que se ve, sino lo que imagina al verlo.
En la película Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012), hay una escena reveladora sobre esto: el director propone repetir una escena “inaceptable” bajo la supervisión directa del jefe del departamento de censura. Éste ha prohibido que se filmen dos escenas. La primera, la icónica escena del asesinato en la bañera y la otra, una escena de cama. Hitchcock para salvar la primera le dice al censor que puede filmar la escena de cama como él quiera. Quid pro quo. El burócrata, sorprendido, no aparece nunca. ¿Por qué? Porque el problema no era la escena. Era lo que él había visto en su cabeza.
Luis García Berlanga tuvo una experiencia similar. Envió un guion a la oficina encargada de revisar y aprobar el material cinematográfico. La censura lo devolvió sin leer. Solo tacharon la primera línea: “Plano general de la Gran Vía”. ¿La razón? “Conociéndole a usted, seguro que pone aquí a un obispo entrando en Pasapoga”, que es un puticlub célebre. Berlanga no lo había escrito, pero desde ese momento lamentó no haberlo hecho. Los censores leían más allá de la página, más allá del gesto. Veían lo que temían. O lo que deseaban.

En Howl (Jeffrey Friedman, Rob Epstein, 2010), durante el juicio contra el poema de Ginsberg, el abogado defensor pregunta: “¿Qué es ‘lascivo’? ¿Y para quién?”. No hay respuesta clara. Solo una certeza: la persona que aplica la censura rara vez se siente amenazada. El peligro está en un lector hipotético, vulnerable, que no existe salvo como excusa. La censura no protege. Administra el miedo.
Ray Bradbury lo expresó con claridad brutal: “Siempre habrá una minoría que tenga miedo de algo, y una mayoría que tiene miedo del futuro, del presente, de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos”. Actualmente el censor también funciona desde el señalamiento de virtud. Virtue signalling —alardeo moral, en español— es el acto de expresar opiniones que coinciden con los valores morales populares, a menudo en redes sociales, con la intención de demostrar el buen carácter propio. El término se usa con frecuencia para señalar que, más que una postura ética genuina, lo que se busca es aparentar una virtud. David Foster Wallace lo advirtió en su ensayo “Tense Present» (2001), donde señala que el lenguaje políticamente correcto funciona sobre todo para “señalar y felicitar ciertas virtudes en el hablante”. No se trata tanto de cambiar el mundo como de lucirse ante él, de intentar mostrar sus propias virtudes ilusorias al señalar y censurar al otro.
El alardeo moral puede incorporar elementos de corrección política, sentenciosidad y superioridad. Y, como la censura, rara vez transforma: solo informa, de forma pública y de mínima repercusión, sobre la alineación personal socialmente aceptable. Pero el pensamiento y el arte, como el lenguaje, necesitan ser incómodos, sólo desde ahí se producen reflexiones valiosas y críticas. La censura es el arte de imaginar lo peor en los otros. Es un mecanismo de defensa ante la ilusión de descontrol y sobre todo, un señalamiento de virtud que enmascara el miedo a uno mismo. Pero también es una forma de arrogancia: creer que se puede decidir por todos lo que se debe o no mirar, decir y pensar.

Imagen: Hulton Archive/Getty Images

