

Escuchar con el corazón: niños y niñas toman la palabra en La Vecindad
Paola Méndez*
En un mundo atravesado por la violencia, el consumo desmedido y el estruendo de la mercadotecnia, aún existen espacios que resisten. Proyectos que nos invitan a soñar, a jugar, a ser, a estar y, quizá lo más importante, a escuchar. En la actualidad, es preciso potenciar la capacidad de agencia de las niñas, niños y adolescentes desde una mirada honesta y horizontal.
Uno de esos espacios resilientes es el Centro Cultural Infantil La Vecindad de la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos. Y no hablo de él como un espacio físico, ni como un recinto (aunque es uno de los pocos que existen en Morelos dedicados a la formación artística para infancias y juventudes); más que eso, es un entramado humano de promotores dedicados a trabajar con y para ellas. Los promotores y promotoras de cultura infantil que hacen La Vecindad se dedican a instrumentar procesos para que niños y niñas compartan y habiten un espacio seguro, donde sus voces tienen eco, donde su mirada construye y donde sus juegos, ideas y pensamientos importan.
En tiempos de incertidumbre, de tecnología que nos conecta tanto como nos aísla, y de una violencia que a veces se ha vuelto un paisaje cotidiano, es necesario que existan puntos de encuentro. Lugares o entramados de personas, como los promotores y promotoras de cultura infantil, que crean atmósferas en las que el juego es sagrado y el arte, herramienta de vida; donde la cultura de paz se siembra y se cosecha.
La infancia no es una etapa que se tolera: es una etapa que se potencia, que se acompaña, que se protege y que se comparte.
Desde el adultocentrismo, aún nos queda un gran camino que recorrer. Como sociedad, no podemos seguir viendo a niños y niñas como seres incapaces, inferiores a nosotros o que debemos moldear como piezas de ornamento. La participación infantil y su reconocimiento deben ser herramientas que, en la actualidad, resultan primordiales para el desarrollo de una sociedad. Propiciar su participación en la familia, en la escuela (vaya, en la sociedad misma) y hacerla efectiva es urgente si queremos construir un mundo más libre, crítico y consciente.

Los promotores que forman este proyecto viajan lejos, a comunidades remotas, llevando consigo metodologías respetuosas y una convicción clara: los bebés, niñas, niños y adolescentes son sujetos de derechos, capaces de decidir, crear y transformar. Con ellas y para ellas, construyen experiencias significativas, porque jugar también es resistir, y crear también es sanar.
Hoy vivimos tan apresurados por tener o por figurar a través de una pantalla o de las redes sociales, que olvidamos lo esencial: el tiempo de la escucha y de lo simple, como leer un libro en compañía antes de dormir, o la historia contada desde lo cercano, desde la tradición oral, desde la anécdota de la abuela, del abuelo, del cuidador.
En La Vecindad nacen los primeros pasos de proyectos que, como semillas al viento, viajan lejos para germinar en comunidad: hospitales, albergues, espacios en situación de movilidad; todas esas trincheras son también hogar. En cada rincón, los saberes se comparten, la cultura se intercambia y la vida se celebra. Cada comunidad aporta algo único, y en ese intercambio horizontal, sensible y genuino con las niñas y los niños, se teje la esperanza y los sueños.
Porque, al final del día, eso es lo que realmente necesitamos: un momento de encuentro, un espacio donde volver a creer en los sueños, en la palabra, en la risa, en el otro, y en la posibilidad de construir en comunidad.
*Directora General de Formación de las Artes y la Cultura de La Secretaría de Cultura del Estado de Morelos

