

Sobreviví a un choque de tren
Elsa Sanlara
Han pasado muchos años desde aquel accidente, pero aún puedo oír el crujido del tren al impactar contra el autobús, y el grito de mi abuela como si fuera ayer.
Crecí en una casa donde mamá y papá trabajaban tiempo completo. Como en tantas familias mexicanas, nosotros tuvimos la suerte de que nuestra abuela paterna vivía cerca. Y digo suerte porque, aunque su chancla voladora era precisa como el cuchillo de un ninja, también sabían curarte el “susto” con migajón de bolillo y amaba con ese amor de la vieja escuela, que no necesita abrazarte para que sepas que no estás sola.
Cada verano, mi hermano y yo pasábamos unas semanas en la casa de su hermana, en un pueblito remoto de la sierra de Guerrero. Para llegar hasta allá, había que tomar un tren lento, caluroso, con vendedores ambulantes gritando entre ventanas sin vidrio. Y fue justo al volver, a pocos kilómetros de casa, cuando ocurrió el accidente.
Un autobús de pasajeros intentó ganarle el paso al tren. El tren chilló como un animal herido, frenó con todo lo que tenía, pero era tarde. La colisión sucedió, y dentro del vagón todo se volvió confuso. Se escucharon los metales del autobús crujir debajo de nosotros, como si el tren estuviera masticando lámina viva. Hubo gritos. Alguien alcanzó a decir “chocamos con un autobús”, y mi abuela se llevó la mano a la cara para persignarse, y con la otra me sujetó tan fuerte que pensé que me iba a romper los huesos.

Yo tenía unos diez años, y mientras el tren seguía temblando por la inercia, pensé en la gente del autobús. En los niños. En las señoras dormidas. En el chofer que seguramente había intentado frenar con todas sus fuerzas. Y apenas todo se detuvo y el silencio se instaló como si el vagón entero estuviera de luto, me puse de pie para asomarme por la ventana del otro lado. Siempre he sido visual, necesito ver para entender. Mi abuela decía que lo mío era puro chisme. Tal vez. Pero en ese momento, era más necesidad que curiosidad. Necesitaba imágenes que le dieran forma al miedo.
Pero mi abuela me agarró del hombro y me dijo: “Siéntate. No hay nada que ver.” Y yo, que pocas veces le hacía caso, obedecí. Me quedé ahí, clavada en el asiento, con los ojos muy abiertos y la imaginación desatada. Porque, aunque no vi nada, mi cabeza empezó a llenar los huecos con imágenes propias, en ellas había piernas colgando del techo del autobús, cabezas rodando como balones, gritos de madres buscando a sus hijos, helicópteros sobrevolando y reporteros con micrófono. Todo proyectado en alta definición, Dolby Digital, sin censura. Solo en mi cabeza.
La realidad fue mucho más simple. El tren solo se había llevado la trompa del autobús, ni el chofer se lastimó. No hubo muertos. Ni un rasguño, todo se quedó en un susto.
Y, sin embargo, sigo soñando con ese choque. En mis sueños, a veces el autobús lleva desconocidos, a veces lleva a mi familia. A veces son niños, a veces son ancianos. Pero siempre, siempre, el tren se los lleva por delante. Me despierto con el corazón acelerado y la garganta seca y lo más curioso es que ese accidente, el real, no dejó heridas. Pero el de mi cabeza, ese sí que me despierta de madrugada.
Y no solo me pasa de noche. También me invento tragedias con los ojos abiertos. Porque la mente, cuando no tiene respuestas, se fabrica monstruos para sentirse menos vulnerable. Somos expertos en imaginar catástrofes. Hacemos películas mentales del apocalipsis cuando nuestro hijo, nuestra pareja o nuestro mejor amigo no responde un mensaje. Nos inventamos películas de terror emocional solo porque no tenemos el control. Vemos a nuestra pareja callada y pensamos que nos va a decir “tenemos que hablar”. Escuchamos rumores en el trabajo y ya nos vemos despedidos. Vemos a una azafata con cara seria y ya sentimos que el avión se va a caer.
La verdad es que nuestro cerebro no tolera los huecos. Ante la incertidumbre, prefiere inventar una historia antes que quedarse en blanco. Y como evolucionamos para sobrevivir, no para ser felices, lo que se inventa es lo peor. No para asustarnos, sino para prepararnos. Entonces un mensaje que tarda en llegar no es solo un mensaje, sino la antesala del abandono. Un “tenemos que hablar” no es solo una frase, sino el eco de todos los rechazos pasados.
Vivimos atrapados en ese espacio entre lo que puede pasar y lo que realmente pasa. Y en ese huequito, que parece inofensivo, pero es un abismo, nuestra mente se convierte en guionista de sus propias pesadillas.
Mi abuela tenía razón. No había nada que ver. Porque no todo lo que suena feo es peligroso. No todo lo que vibra es un terremoto. Y no todo lo que imaginamos se convierte en verdad.
Ese día entendí que hay trenes en la vida que hacen ruido, pero no descarrilan. Que hay golpes que suenan fuerte, pero solo dejan abolladuras. Que hay tragedias que solo existen en la mente.
Y que, aunque todo dentro de ti grite “corre, huye, revisa, haz algo”, a veces la única acción verdaderamente valiente es quedarse quieto, respirar hondo… y esperar. Esperar a que pase el susto. Esperar a que la cabeza se calme. Esperar, simplemente, a que lo imaginado no se vuelva cierto.

Foto: The New York Post. Cortesía de la autora

