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Hiquíngari Carranza

Pepe Mujica no gobernó desde la altura del poder, sino desde la humildad de una chacra, donde los perros dormían junto a sus pies y el alma del país encontraba refugio. Fue guerrillero, prisionero, presidente y campesino, pero, sobre todo, fue un hombre libre. Aprendió ajedrez durante 13 años de encierro, en una celda tan estrecha que apenas podía moverse. Ahí, sobre el suelo de cemento, imaginó tableros, jugadas, estrategias. Cada partida mental era un acto de resistencia y cada miga de pan convertida en pieza, una victoria sobre el olvido.

Transformó su sufrimiento en visión. Gobernó con la serenidad de quien sabe esperar quince jugadas adelante, sin perderse en el ruido de las pequeñas conquistas. Hizo política como un ajedrecista sabio: sacrificó el confort para ganar en dignidad, cedió privilegios para proteger a los vulnerables, legalizó lo impensable para mover la historia hacia la justicia.

“No soy pobre”, dijo, “pobres son los que necesitan demasiado para vivir”. Donó el 90% de su sueldo, vivió con lo indispensable, y rechazó los palacios por un viejo Escarabajo y un pedazo de tierra compartido con su compañera de toda la vida. Desde ahí pensaba el mundo, como si fuera una partida que todavía se puede ganar si se mueve con honestidad, estrategia y compasión.

El ajedrez no fue su adorno: fue su escuela. Le enseñó que los peones también pueden coronar, que el centro del tablero se conquista sin atropellar, y que el verdadero jaque mate es derrotar la desigualdad, no al rival. Antes de cada decisión crucial, jugaba en silencio una partida. No para distraerse, sino para pensar mejor.

Hoy que se va, deja un legado que no cabe en discursos ni estatuas. Porque vivió como una jugada luminosa en medio de un tablero oscuro. Y porque su partida final no fue una derrota, sino un movimiento impecable que nos obliga a mirar nuestra propia jugada.

En un mundo gobernado por piezas ansiosas de poder, Mujica fue el único que supo que la clave no está en ganar la partida… sino en hacer que todos podamos seguir jugando.

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Imagen cortesía del autor

La Jornada Morelos