

Los anónimos de la tierra
Servicio a la carta
Un día más en el restaurante, un lugar donde la rutina y el caos se entrelazaban en cada turno. Era tiempo de satisfacer a la gente con uno de los placeres más grandes de la vida, comer sin tener que cocinar ni lavar los platos. El restaurant no era el mejor, contaba con poca iluminación y un piso ya desgastado, pero era conocido por su rico sabor. Desde hace un tiempo, solo K, una compañera, y yo, dábamos la cara por el lugar. Después de que un señor con mal humor me dio un mal golpe, preferimos que el cliente siempre tenga la razón. El pasado martes, una chica llegó a buscar empleo; decía que quería ganarse su dinero, que quería aportar algo a la sociedad. Me emociona tener una compañera nueva. La ayuda nos venía bastante bien. Aunque sacábamos la chamba, el cansancio de jornadas de 12 horas se acumulaba, afectando nuestro rendimiento y la calidad del servicio. Acá entre nos, hubiera preferido que llegara un hombre, me alivianaría con las cosas pesadas que hay que cargar. Desde que entré, he visto como personal va y viene. Es difícil que alguien se quede por más de tres semanas. Al principio me preguntaba si ella aguantaría un poco más con nosotros. Pero no, no fue así. Eso me quedó claro con su partida. Admiro a K por seguir aquí, de aguantar para vivir la semana y para disminuir las siempre malditas deudas. Al siguiente día, Daysi fue retirada de las actividades de mesera, sin ningún motivo aparente, fue aislada a la cocina y condenada a servir los caprichos de dos hermanas, las hijas del patrón, criadas en un ambiente hostil y enfermizo de trabajo duro. Apenas habían pasado tres horas desde que abrimos, tres horas que después de un rato, parecieron trecientas; con gritos que te podían volver loco: ¡Daysi! ¡Daysi!, por toda la cocina, en voz de todos los jefes. Era agotador. Pobre chica, ya no aguantaba, pero estaba todo por empeorar. Al salir de la cocina, de pronto, a ella no le quedó de otra que romper en llanto. Se rumoraba que el patrón tenía ciertas mañas desagradables con sus empleadas. Y esta vez no fue la excepción. Daysi nos contó lo que había pasado: el trató de robarle un beso, y ella se resistió diciéndole que no se prestaba a ese tipo de cosas. Cuando me enteré no supe qué decirle o cómo reaccionar. Aunque nos dolía mucho ver cómo su intención por aprender a ganarse el dinero se convertía en piquetes en las costillas y dolores de cabeza…nadie dijo nada. Todos teníamos miedo de perder el trabajo. Al final, Daysi decidió irse a medio día, sin paga, saboreando lo amargo de nuestra realidad laboral, pero con el furor que te da el decir que no. Ojalá todos fuéramos un poco más como ella.
*Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Fotografía cortesía del autor.


