Farid Barquet Climent

No sé si al escritor mexicano Gonzalo Celorio, galardonado esta semana con la Medalla Vasconcelos que otorga el Seminario de Cultura Mexicana, le gusta o no el futbol. En su obra casi no lo menciona. No alardea de ignorancia balompédica —pose muy extendida entre artistas e intelectuales— ni tampoco de lo contrario. Pero en su libro autobiográfico El metal y la escoria (Tusquets, 2014), si bien no revela si tiene a algún equipo metido en el corazón —que muy probablemente son los Pumas de la UNAM, pues casi medio siglo de docencia en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Máxima Casa de Estudios autorizan a conjeturarlo— al menos sí deja en claro por cuáles clubes no se inclinó. A pesar de sus orígenes asturianos, refiriéndose a los varones de su familia, afirma: “Nunca tuvimos predilección por ningún equipo de futbol que ostentara en su nombre una filiación española”.

Incluso si lo hubiera querido, Celorio no podría haber abrazado los colores del Asturias, el equipo de futbol del Centro Asturiano de México, pues ese equipo, al igual que el Real Club España, dejó de competir profesionalmente casi un decenio antes de que él naciera (ambas escuadras representativas de la inmigración ibérica abandonaron la Liga mexicana como consecuencia de la trifulca que derivó en el incendio de las tribunas de madera del Parque Asturias durante un encuentro entre el conjunto local y el Necaxa el 26 de marzo de 1939). Porque nacido como lo fue Celorio en 1948, el único equipo que podría haber hecho suyo si se hubiera dejado llevar por sus raíces fue uno que existió apenas durante un decenio: el Atlético Español.

Fundado por el empresario Antonio Ordóñez —dueño de la panadería La Espiga— el Atlético Español nació en 1971 con el propósito de reanudar la presencia de la colonia española en el futbol mexicano aproximadamente treinta años después de que el Asturias y el España se alejaron de la escena profesional (el historiador Daniel Efraín Navarro Granados sostiene que el último embajador de la República Española en México, Julio Álvarez del Vayo, fue el que pergeñó la retirada del Asturias y del España porque consideraba que su participación tan sólo atizaba la inquina antiespañola de un sector de la afición). El Atlético Español no tuvo que ganarse su lugar en Primera División por la vía del ascenso. ‘Usurpó’ la franquicia del Necaxa, club al que se le represalió con su desaparición por haber sido el germen del movimiento encabezado por el defensor Carlos Albert para crear un sindicato de futbolistas. Difuminado el equipo de los electricistas, de su sucedáneo surgieron destacados futbolistas mexicanos, entre otros: el finísimo atacante Manuel Manzo; el hoy comentarista Roberto Gómez Junco; el capitán de la única selección mexicana que ha llegado al quinto partido de un mundial, Tomás Boy; el habilidoso Antonio Alonso, hermano del periodista deportivo Anselmo Alonso; el defensor Ricardo Campos, de rendimiento notable durante varias campañas con el Atlético Morelia dirigido por “La Tota” Carbajal; y el que como entrenador llevara a México a ganar su única medalla de oro olímpica en futbol, Luis Fernando Tena. Contrató también a grandes extranjeros para que vistieran su uniforme albinegro: el peruano Juan José “La Cobra” Muñante, el brasileño Carlos Eloir Perucci, el uruguayo Ricardo Brandón, el español Benito Pardo. Mientras que su banquillo se engalanó —dicho en sentido estricto, pues fue el introductor a México de la costumbre, luego universal, de trajearse los días de partidos— en dos lapsos por el “Gigante de Ébano”: el peruano Walter Ormeño, que llegó al futbol mexicano como portero del América en 1959 y tras su retiro entrenó a diez clubes del país, incluidos los más granados y populares, abuelo de Santiago Ormeño, ex de Puebla, León y Chivas y actual delantero del Qingdao Hainiu de la Liga de China.

En la novela-reportaje en la que relata sus andanzas cantineras por el Centro Histórico de la Ciudad de México (Y retiemble en sus centros la tierra, Tusquets, 1993), Celorio recuerda a un barman que para hacer gala de su experiencia en preparar martinis disponía “decididamente dos copas paradigmáticas”. Dos copas paradigmáticas fueron también las que a nivel internacional disputó el Atlético Español en 1975 con José Antonio Roca como entrenador: la de campeones de Concacaf, que ganó, y la Interamericana, en la que cayó en tanda de penaltis ante el Independiente de Avellaneda, que contaba nada menos que con Ricardo Enrique Bochini —el ídolo de Maradona— y con el par de cracks que tres años después saldrían campeones mundiales bajo la dirección de César Luis Menotti: Rubén Galván y Daniel Bertoni.

Copado por las deudas con su arrendatario, el Atlético Español desapareció en 1982, cuando Televisa, propietaria del estadio Azteca, se cobró con la franquicia y la reconvirtió en Necaxa. El toro de lidia, ícono de la españolidad, que el Atlético Español convirtió en su escudo, se volvió a ver en canchas mexicanas gracias a un club que es abierta y declaradamente una reminiscencia suya: los Toros del Atlético Celaya, que para subrayar su españolía incorporaron en 1995 a Emilio Butragueño, quien acompañado, entre otros, por el morelense Juvenal Patiño, los llevó hasta la final de Liga en su primera temporada en el país, en la que cayeron apretadamente ante el Necaxa (del que nació el Atlético Español, pero también por el cual desapareció… cosas del futbol). A Butragueño se le sumó en el conjunto guanajuatense una legión de excompañeros suyos del Real Madrid: Miguel González “Míchel”, Rafael Martín Vázquez y Hugo Sánchez. Fue en el Celaya donde el pentapichichi mexicano puso fin a su carrera de jugador.

Celorio cierra su autobiografía con una proyección de cómo cree que serán sus últimos días, que espero lleguen dentro de mucho pero mucho tiempo. El también recipiendario de los premios Nacional de Novela, Nacional de Ciencias y Artes y Universidad Nacional piensa que llegará el día en que él mismo no sabrá quién es, porque para recordárselo ni siquiera llevará “una placa colgada al cuello como perro, que diga quién eres y dónde vives. Si es que vives, si es que eres”. Algo así como lo que, creo, le pasó al Atlético Español, ese equipo que ya no vive, pero que todavía, al menos en la memoria, es.

La Jornada Morelos