

A/ Vidas paralelas
Como todos los días, Guadalupe le había tomado la delantera. Ahí estaba el hueco en la cama. Becas, ascensos, aumentos, mejores opciones… Así había sido su vida. Lo despertó del ensueño el timbre del teléfono. Escuchó, como cada mañana, la voz apurada:
–Te dejé café. ¿Lo tomaste? ¿Metiste a lavar la ropa? ¿Tienes hoy clases? ¿Sacaste la basura? Llego tarde, ¿te acuerdas? Luego te hablo. Me faltan unos detalles… El power point me saca de onda; nunca sé si va a jalar.
Terminó de vestirse. El café se había enfriado. Escuchó un leve golpe en la puerta. Imaginó la mano fina, el cuerpito justo, los ojos como de agua puerca. Antes de abrir, adivinó la voz vacilante, fingidamente tímida:
–Ya hice los cambios que me sugirió, doctor. ¿Podemos verlos?
B/ Esperanza

La cama era estrecha y alta, con barandales. El hombre estaba boca arriba, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás porque le estorbaban las sondas que le entraban por la nariz.
A su lado, una mujer lo miraba sin que él pudiera verle el rostro, pues ella estaba de pie, con la ventana a las espaldas. De vez en cuando, la mujer le pasaba la mano por la frente o le ponía dos dedos en la muñeca del brazo que no tenía el catéter. Lo hacía sólo porque estaba nerviosa, porque no sabía qué hacer con las manos, pues no tenía ni idea de cómo tomar el pulso. El hombre hizo algún intento de hablar, pero lo dejó en una mirada de angustia, o tal vez sólo interrogante.
–Ahora que salgas –contestó la mujer esquivando su mirada, aunque él no podía verle los ojos– vamos a regresar a Cuyutlán. Vendemos los terrenos de Uquío y nos vamos a la playa.
El hombre cerró los ojos, tranquilo o cansado o adormecido aún por la anestesia; la mujer le tomó una mano y siguió hablando:
–Te voy a tender una hamaca en la terraza para que duermas la siesta. Y en las tardes, cuando baje el sol, nos vamos a pasear a la playa, descalzos…
La respiración del hombre se hizo acompasada.
La mujer le soltó la mano con extrema suavidad y la cubrió con la sábana.
–…hasta que el cielo se llene de estrellas y el mar retumbe sin que podamos verlo.
La mujer se apartó de la cama y se quedó muy quieta hasta que estuvo segura de que el hombre dormía. Entró al baño, cerró sin ruido, encendió la luz, tomó las toallas, encajó en ellas la cara y comenzó a llorar.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

