

El debate nature vs nurture (naturaleza vs crianza) ha sido una de las discusiones más influyentes en la historia de las ciencias humanas. Desde la filosofía griega hasta la biología moderna, se ha planteado la pregunta: ¿La conducta humana está determinada por nuestra biología o por el ambiente en el que crecemos? Ya desde la antigüedad filósofos como Platón y Aristóteles discutían si el comportamiento humano era innato (Platón) o producto de la experiencia (Aristóteles). En el siglo XVII, el filósofo y médico inglés John Locke propuso la idea de “tabula rasa” diciendo que nacemos sin contenido mental y todo lo aprendemos de nuestro entorno mientras crecemos. En el siglo XIX, con el surgimiento de la biología evolutiva y la psicología científica, el debate tomó forma científica. En 1869 Francis Galton, primo de Darwin, acuñó el término nature vs nurture y creía firmemente en la herencia como principal causa de las diferencias humanas. En el contexto de la violencia en México, este debate adquiere una urgencia ética, política y social: ¿La violencia es un rasgo natural del ser humano o es producto de circunstancias sociales y culturales?
Antes de abordar esta pregunta es esencial diferenciar entre agresividad y violencia. Los seres humanos, igual que todos los mamíferos y otros animales, tenemos instintos agresivos que se manifiestan cuando nos sentimos amenazados. Este comportamiento es innato y está “cableado” en estructuras cerebrales como la amígdala. Por otro lado, la violencia es un comportamiento intencional que busca hacer daño emocional, psicológico o físico a otras personas sin ninguna razón aparente y que implica transgresiones morales y sociales.
Algunos estudiosos como Richard E. Tramblay, sostienen que los niños son naturalmente agresivos y que requieren normas, contención y educación emocional para no volverse violentos (“Los niños no aprenden a golpear. Tienen que aprender a no golpear”). Otros como Albert Bandura y John B. Watson argumentan que la violencia se aprende por observación, imitación y carencia de afecto (“Dame una docena de niños sanos y haré de ellos lo que yo quiera… médico, ladrón o asesino”). En realidad, ambas posturas aportan elementos verdaderos. Por un lado, existen estructuras cerebrales como la amígdala que regulan respuestas agresivas, y neurotransmisores como la serotonina y la dopamina que influyen en el autocontrol. Por otro lado, la evidencia muestra que la educación emocional, el apego seguro y los contextos sociales positivos inhiben la violencia incluso en personas con predisposición biológica.
Un ejemplo paradigmático de la interacción entre genética y el medio ambiente es el estudio de Avshalon Caspi y sus colaboradores (publicado en la revista Science en 2002), que analizó la relación entre una variante del gen MAOA (monoamino oxidasa A) y la conducta violenta. Los resultados mostraron que los hombres con la variante de baja actividad de este gen (MAOA-L) solo desarrollaban tendencias violentas si habían sufrido abuso infantil. Si no habían sido maltratados, no presentaban niveles altos de violencia. Esto apoya el hecho de que no hay un «gen de la violencia», sino vulnerabilidades genéticas que se activan o no según el entorno. Es decir, el ambiente puede modificar la expresión de genes sin alterar el ADN, y esas modificaciones epigenéticas pueden ser reversibles si el entorno cambia para bien.
Otros ejemplos bien documentados de como el entorno puede cambiar el comportamiento agresivo son el estudio masivo longitudinal ACE (Adverse Childhood Experience) y el estudio Dunedin, que han mostrado que el abuso infantil efectivamente incrementa el riesgo de desarrollar depresión, adicciones violencia y criminalidad en la adultez, sin embargo, el abuso infantil no es determinante para desarrollar este tipo de comportamientos. Muchos niños que fueron violentados en la infancia no se convirtieron en adultos violentos, especialmente aquellos que contaron con factores protectores como un adulto afectuoso y estable (padre, madre, maestro, mentor), educación emocional, terapia psicológica y redes comunitarias de apoyo. Interesantemente, casi todos los criminales violentos que han sido entrevistados en cárceles fueron víctimas de abuso infantil, pero no contaron con los apoyos emocionales y psicológicos para contener el desarrollo de conductas violentas.
En conclusión, la ciencia contemporánea rechaza puntos de vista deterministas, tanto los basados puramente en factores biológicos como aquellos basados puramente en factores socioambientales. La violencia no es inevitable ni natural en un sentido fatalista. Es una posibilidad humana, como lo son la cooperación, la empatía y la resiliencia. Comprender que la violencia surge de la interacción entre factores biológicos y contextuales nos permite desarrollar mejores políticas públicas, intervenciones preventivas y estrategias educativas. La violencia no es una condena biológica sino una condición socialmente prevenible, o como dice la frase popular: “el trauma es una herida, no una condena”.

*Instituto de Ciencias Físicas, UNAM. Centro de Ciencias de la Complejidad, UNAM.

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