

Sobre los polos tecnológicos
El Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030 fue publicado hace poco más de un mes, en donde la primera mandataria refrendó su compromiso de impulsar la tecnología y la innovación con la creación de un Laboratorio Nacional de Inteligencia Artificial. El centro pretende asegurar que “La ciencia, la tecnología y la educación superior serán palancas para el desarrollo industrial y la reconfiguración de nuestras cadenas productivas”.
Existen una serie de razones por las cuales se recomienda impulsar polos de desarrollo tecnológico, pero en particular, se busca diversificar la economía y no depender necesariamente de los sectores extractivos y las materias primas. Entre otras ventajas se encuentran el encontrar actividades menos vulnerables a la volatilidad económica global y que ayuden a conformar con el tiempo un ecosistema productivo que retenga a los jóvenes emprendedores del país.
Si bien la economía de mercado tiene condicionantes específicas, también es cierto que se pueden favorecer soluciones tecnológicas que resuelvan problemas locales al entender mejor los desafíos del entorno inmediato o regional. Además, estas iniciativas conllevan la creación de empleos más especializados en sectores con un mayor valor agregado que nos permita salir del esquema maquilero para exportación.
Hasta aquí todo parecería indicar que la creación de polos tecnológicos sería una opción natural para el desarrollo económico en Latinoamérica, pero antes habría que revisar los argumentos que Dan Breznitz presenta en su libro Innovación en lugares reales, estrategias para la prosperidad en un mundo implacable, en donde analiza de manera crítica los inconvenientes de crear nodos tecnológicos fuera de los grandes centros de innovación.
Para empezar, existen evidencias de que muchos de esos polos emergentes acaban siendo plataformas de lanzamiento de los grandes centros tecnológicos en Silicon Valley, Boston o Nueva York. Esto es, si los polos se crean como clústeres subordinados para incubar empresas, estas tienen la tendencia a transferirse a los nodos dominantes junto con los empleos, innovaciones y financiamientos. De este modo, los inversionistas alientan a las empresas a trasladarse a otras regiones, para que se integren como eslabones productivos de los centros ya consolidados.

Por otra parte, Breznitz cuestiona la intención generalizada de replicar el modelo de Silicon Valley, dado que, a diferencia del polo original, las copias se convierten en enclaves desconectados social y económicamente del entorno local. Esto podría llegar a ser un problema mayor, toda vez que los nuevos centros tecnológicos no llegan a integrarse a las redes funcionales al tratar siempre de asociarse a clusters globales –pero lejanos– de empresas que ya cuentan con una presencia global.
Esta situación puede derivar en un “tecnofetichismo”, en donde se busca promover empresas incipientes (startups) que no crean empleos sostenibles ni crecimiento regional. Es decir, que la sola creación de incubadoras de empresas sin tener raíces en la cultura local termina por convertirse en un semillero para los polos tecnológicos reconocidos, generando cuadros de especialistas e innovaciones que después emigran a países ya desarrollados en donde tienen mejores perspectivas de crecimiento.
Es por ello por lo que se tiene que es importante identificar una estrategia de desarrollo tecnológico local de escala media que sea capaz de generar ingresos y productos propios con posibilidades de expansión. Para ello resulta fundamental la creación de ecosistemas colaborativos locales en donde se conjunten el talento, las infraestructuras y las redes mediante plataformas de cooperación sectorial que identifiquen las ventajas comparativas de la región y puedan servir como base para la innovación.
En síntesis, más que replicar esquemas importados, la verdadera oportunidad para América Latina radica en construir modelos propios de innovación territorial que respondan a su contexto socioeconómico, cultural y productivo. La economía espacial vinculada a polos tecnológicos debe entenderse como una herramienta para transformar las dinámicas locales desde el interior, creando valor no solo en sentido económico, sino también en su dimensión social y territorial.

Apple Park, Cupertino, CA. Imagen cortesía de Carles Rabada

