

Las otras mamás
Hace unos días conocí a una mujer que cría hijos que no parió. Es madre adoptiva y también madre temporal, de esas que el sistema americano llama foster moms (madres de acogida), pero que yo prefiero llamar valientes. Me contó lo que implica—legal, emocional y físicamente—amar a un niño que ha sido herido por la vida. Me habló del papeleo, de las visitas supervisadas con los padres biológicos, de los juicios de custodia, de los silencios incómodos en reuniones escolares donde nadie sabe muy bien si decirle “mamá” o “tutora”, y mientras la escuchaba, pensé que no somos tan distintas.
Todo el mundo habla del amor de madre como si fuera el único que mereciera monumentos, pero… ¿y el amor de las mujeres que maternan sin haber parido? Ese amor sin placenta, sin oxitocina, sin apellidos compartidos.
Yo nunca he parido, de hecho, nunca quise, el solo pensamiento de ser madre me parecía aterrador. Siempre me resultó grotesco —y uso la palabra con intención— el daño físico que implica un embarazo, la pelvis abriéndose, los dolores, las hemorroides, los vómitos, el insomnio… y ni hablar de la depresión postparto, el vértigo existencial, la pérdida de identidad personal, la carga mental, la ansiedad crónica y el aislamiento emocional.
Llámame egoísta, pero nunca quise eso para mí. Sin embargo, Dios, el universo o el karma tenía otros planes, porque soy madrastra —pero no mala como la de Cenicienta—, soy de ese grupo de personas a las que, sin planearlo, les toca agarrar el toro por los cuernos y hacer de madrastra buena. De ese grupo que llega a una vida ya empezada, a álbumes familiares donde no aparece, a memorias que no vivió, a heridas que no causó… pero que igual le toca acompañar.
Y ojo, no llegamos a reemplazar a nadie. Venimos a estar, a ser puerto seguro. Y eso, créeme, no se hace con vínculos de sangre, se hace con respeto, con tiempo, con limites, con pequeños gestos que no buscan medallas pero que construyen algo más fuerte que la genética.

Porque ser madrastra es amar sin garantías, es entrar a un universo que en algún momento fue destruido —por el divorcio, por la muerte, por el abandono— y saber que tu rol no es ocupar el espacio de nadie, sino construir uno nuevo, un lugar donde no duela tanto crecer. Y, sin embargo, para nosotras no hay aplausos, no hay días especiales ni manuales de crianza, no hay cadenas de WhatsApp que digan “comparte si eres una madrastra chingona”, lo que hay son silencios incómodos cuando dices “soy la madrastra”.
Una vez alguien me dijo: “Es que tú no entiendes, porque en realidad no eres mamá, tú solo ayudas a la crianza”, y aunque en ese momento sonreí con la diplomacia de Alicia Machado cuando Trump la llamó gorda, por dentro me dieron ganas de contestar: “Ayudo, sí… como un salvavidas ayuda en medio del naufragio”.
Las mujeres que criamos sin parir —madrastras, madres adoptivas, madres de acogida, madrinas que se convierten en mamás de emergencia, tías que crían sobrinos, abuelas que vuelven a maternar— no tenemos día oficial, ni etiquetas claras, ni retratos colgados en la sala de partos, pero ahí estamos, aquí estamos, sosteniendo, cocinando, abriendo brazos y fronteras emocionales.
Y no, no hay fotos nuestras en el paritorio, no hay relatos épicos de parto, pero hay cicatrices invisibles que también son válidas, las del ego que aprendió a hacerse pequeño, las del corazón que aprendió a amar sin exigencia, las del miedo constante de no estar haciendo lo suficiente… o de ser demasiado intensa.
Amar a un hijo que no es tuyo biológicamente es como armar un rompecabezas sin saber si todas las piezas encajan, es construir confianza como quien construye una casa sobre escombros, con cuidado, sin prometer, sin moverse demasiado rápido. Hay días en los que ese niño te odia, otros en los que te llama por tu nombre con una frialdad quirúrgica, y unos pocos, muy contados, en los que te abraza sin decir nada… y ahí sabes que todo vale la pena.
Porque la madre que no tuvo ultrasonidos también duerme preocupada, también inventa cuentos, también se aprende de memoria los medicamentos, también lleva un suéter extra en la cajuela “por si acaso”, también se parte el alma cuando escucha un “no eres mi mamá” … y, sin embargo, se queda.
Yo no parí niños, pero estoy constantemente pariendo paciencia, rituales nuevos y sobre todo he aprendido a parir versiones de mí que no conocía. Aprendí a no tener expectativas, a no buscar medallas, a celebrar lo pequeño, una mirada, un mensaje, un “gracias”, un “te quiero” tímido.
Y hoy, después de escuchar a esa madre adoptiva contar su historia con los ojos vidriosos y la voz llena de amor por sus hijos, entendí que estamos todas cortadas por la misma tela, la de las mujeres que aman porque sí, no por obligación biológica, no por deber ancestral, sino porque eligieron quedarse para hacer la vida de un niño un poco mejor.
Muchas veces el amor más puro no grita “mamá” porque, aunque nunca tuvimos una ecografía, también somos parte del milagro.

Imagen: Adoption in Merseyside (AIM) cortesía de la autora

