Tiempo de cambios, de muchos cambios…

 

Como de imaginar cosas los morelenses ya estamos hasta la madre, siempre conviene irse con tiento en las promesas y el trazo imprudente de metas. Para nada significa que la gente tenga que ser menos exigente, al contrario, en gran medida, la posibilidad de la cuestión pública en el estado haya decaído a los sitios que tuvo por lo menos hasta octubre pasado, se debió a la falta de severidad en el ejercicio ciudadano de las demandas, las denuncias, las quejas, y los instrumentos de lucha por causas justas; en todo caso, quienes tienen que ser más prudentes son los funcionarios públicos quienes a lo mejor debieran recordar aquello de que “prometer no empobrece”.

Gran parte de los fracasos gubernamentales de la historia se han generado a partir de la generación altísima de expectativas que partían de diagnósticos equívocos de la realidad. En la muy joven democracia mexicana, el caso más sonado probablemente es el de Vicente Fox quien, llegado al poder con enorme respaldo ciudadano y la convicción, construida desde su campaña de que todo en el país cambiaría, provocó una sonora decepción al cabo de apenas unos años.

En Morelos fracasos así han sido recurrentes, Sergio Estrada Cajigal, Graco Ramírez Garrido, Cuauhtémoc Blanco (se salvó más o menos Marco Adame Castillo porque nadie esperaba grandes cosas de él), pero los últimos 25 años de la vida política de Morelos, por lo menos 18 han sido de desilusiones en tumbos y que tumban; si a esos sumamos los seis que ya bastante poco se esperaba, lo cierto es que los gobernadores del estado han sido, por lo menos, anticlimáticos.

Con poco casi ocho meses en el cargo a Margarita González Saravia no se le puede exigir demasiado. Lo cierto es que lo que ha hecho hasta ahora parece ir considerablemente bien. Hay muchos pendientes, sin duda, pero cualquiera puede asumir que están dentro de la agenda de la gobernadora, centrada por ahora en los problemas que más afectan a Morelos, la inseguridad y el desarrollo económico incluyente.

Y aunque el problema no está en la gobernadora, Margarita corre el riesgo de que tanta tiznadera en el estado alcance a su régimen. Aún cuando los cambios en las fiscalías general y anticorrupción de Morelos generan expectativas positivas, lo cierto es que los pendientes en ambas instituciones son muchísimos y entre ellos van los que, por su alto perfil, pueden traducirse en un daño mayor de ser mal atendidos.

Y desde una visión más ancha del campo político local, lo cierto es que parece muy difícil que cualquier asunto tratado por las fiscalías progrese en tanto dependen, para su conclusión, de un Poder Judicial contaminado por la corrupción y el cinismo. Cualquier caso es susceptible de caer en la impunidad con juzgadores que parecen más partidarios del poder económico o político, o ambos, que de la justicia real.

Por eso es urgente la aprobación de la reforma judicial que permitiría, además de la renovación de la presidencia del Tribunal Superior de Justicia que, probablemente lleve a la revisión de muchos juzgados, mecanismos de vigilancia que parecen más eficientes sobre la labor del Poder Judicial que tanto ha quedado a deber a los morelenses.

En este contexto, extraña que lleve tanto tiempo la aparente revisión que el Ejecutivo hace de la reforma constitucional en materia judicial aprobada por el Congreso y los cabildos. Por supuesto, siempre queda la probabilidad de que se esté esperando a que en el Tribunal se generen las condiciones para que la transición no genere una crisis mayor a la que hoy se vive y que permite toda suerte de tropelías. Y acá es donde los operadores políticos tendrían que estar trabajando horas extras, algo que no parece estar ocurriendo.

El otro frente que empieza a complicarse es el Congreso de Morelos. Algo cierto es que el liderazgo de la presidenta de la Mesa Directiva, Jazmín Solano, pese a sus buenas intenciones, ha servido más como un espacio de impulso de imagen personal que un conciliatorio de los problemas obvios que se presentan entre grupos y fracciones parlamentarias. El desgaste empieza a notarse en el Legislativo con una Mesa Directiva que parece favorecer solo a sus cuates, eso sí, sin diferencias de partido, y no a la buena marcha del Congreso.

La evidente marginación que se ha hecho de algunos legisladores logra los votos suficientes para impedir la ratificación de la presidenta, lo que de sí tendría que ser preocupante. Si a eso sumamos la incapacidad para resolver temas urgentes por mandato judicial, como la despenalización del aborto; y de construir una agenda legislativa ordenada, racional, y que sirva de soporte a las políticas públicas en el estado, la presidencia del Congres se ha convertido en un enorme pasivo.

Lo peor es que, conforme avanza la administración pública las cosas suelen ponerse más difíciles, la ciudadanía mucho más exigente, y la clase política comienza a descomponer sus alianzas iniciales pensando en el futuro electoral. Probablemente convenga pensar en los cambios que resulten necesarios, ya en los tres poderes del estado, para que las cosas funcionen como los morelenses merecen, probablemente por primera vez en 25 años.

@martinellito / martinellito@outlook.com

 

Daniel Martínez Castellanos