

Desescolarizar la sociedad y descolonizar nuestra mente
Iván Illich (1926-2002) fue un destacado humanista del siglo XX. Así como Karl Marx lo fue en el siglo XIX. Esta comparación no es gratuita, pues Iván Illich, al igual que Marx, logró ir hasta las raíces en su crítica al capitalismo moderno. Illich lo hace en la etapa más reciente del modo de producción industrial ecocida, esto es, durante la segunda mitad del siglo XX. De la misma manera que Marx lo hizo cien años antes, en los albores de la industrialización. Pero, mientras que Marx se ocupa de la relación del trabajo con el capital y la incipiente transformación del valor de uso en un valor de cambio, Illich logra demostrar cómo la mercancía se apropia de los ámbitos de comunidad (donde se dan los valores de uso) y cómo engulle el ámbito vernáculo comunitario y lo transforma en trabajo fantasma.
Iván Illich es para nosotros ahora, un polígrafo-políglota, humanista radical de la interculturalidad. Una mente inclasificable por las manías taxonómicas de los especialistas en los claustros académicos. Dado que su reflexión crítica tiene variadas aristas, su pensamiento trasciende las disciplinas y especialidades, dada la intrincada variedad compleja de sus análisis y reflexiones. Técnicamente no es un filósofo o un historiador; ni un sociólogo o antropólogo; ni un urbanista, economista o psicoanalista; ni pedagogo o “profesor de tiempo completo”; ni teólogo de la liberación, ni anarquista pacifista; al menos no solamente. Pero su pensamiento contiene esos puntos de vista especializados y otros no mencionados. Quizá filósofo poeta en la práctica sea una aproximación ligeramente conveniente, en el sentido que le dan George Santayana a sus Tres poetas filósofos y Gabriel Zaid a La poesía en la práctica.
Un equívoco frecuente en nuestros días es considerar a Illich sólo como un educador. O peor aún, como un reformador de la educación. Nada más ajeno a sus intenciones. Tampoco existe nada más frecuente en la interpretación laxa de sus ideas sobre la educación.
La desescolarización de la sociedad fue uno de los libros más populares de Illich en los años 70 del siglo XX. Este título es también el lugar común más mencionado en las confusiones sobre la naturaleza específica de esta obra. Illich en ningún momento de su citado libro invita al abandono de la escuela, tampoco propone su reforma o sustitución. Su crítica en realidad se enfoca en el cuestionamiento de las extendidas creencias que convalidan el tinglado de la producción y el consumo en la modernidad capitalista. Creencias imbuidas eficazmente por la escuela en nuestras mentes. En el mismo sentido, en que la tesis de los planificadores y políticos «progresistas» es que la educación obligatoria representa el mejor remedio para atenuar las desigualdades sociales. Sin embargo, el resultado visible es que logra justamente lo contrario de lo que ofrece. Estas creencias son implantadas tenazmente en nuestro pensar por la maquinaria de la educación escolarizada. Este es precisamente el punto neurálgico de lo que necesitamos sacudirnos, esto significa desescolarizarnos. Se trata, pues, de remover las creencias y certezas implantadas en nuestra mente por la cultura y educación escolar propia de la cultura del progreso capitalista. La desescolarización de la sociedad no necesariamente significa la desaparición de la escuela para trasladarla al «hogar o el trabajo». Lo que sí definitivamente no significa es transformar o reformar a la educación con escuelas, pero manteniendo los mismos valores y creencias impuestas con gran eficacia por la educación dominante. Menos de un año después de la publicación de La sociedad desescolarizada, el propio Iván Illich advertía ya cómo algunas instituciones «piadosas» e intelectuales «progresistas confundidos» se apropiaban de su crítica a la educación y el sistema escolar. Esta apropiación consiste, hasta la fecha, en proponer nuevas formas de educación alternativa, en la casa o el trabajo. Pero eso sí, optimizando la creación de ávidos consumidores trepadores.
En el centenario proceso de la conquista y dominación colonial en América a través de la educación, han ido variando las vanguardias a cargo de tan «noble tarea»: franciscanos, agustinos y dominicos primero; jesuitas, maristas y legionarios después. Hoy la vanguardia son algunos de los piadosos misioneros de la educación alternativa, los encargados de mantener la servidumbre voluntaria en nuestros jóvenes.

De poco sirve la educación alternativa si mantiene en los estudiantes las aspiraciones de todo consumidor «bien educado»: llegar a poseer un título universitario y un automóvil propio, y de preferencia lograr ser empleados de una gran corporación transnacional que paga en dólares. De allí la urgencia de pensar críticamente en alternativas al concepto y prácticas, al decir y el hacer de la educación que venimos impartiendo, en lugar de seguir creyendo en «educaciones alternativas» gatopardescas (que cambian todo, para que todo siga igual). Por el contrario, no se trata, como insistía Gustavo Esteva, de formular nuevas educaciones alternativas, sino de buscar creativamente alternativas a la educación.
*El Colegio de Morelos

