EDITORIAL

Julio en Una o Varias

Memoria, barrio, cuerpas y deseo: territorios que no se venden

En este número de Una o Varias, miramos la desigualdad con lupa violeta y la nombramos sin miedo: la gentrificación que arranca barrios, la violencia que borró a Ana Mendieta pero no su obra, la desigualdad que se camufla de natural y la bisexualidad que resiste invisibilizaciones. Todo esto nos recuerda que nuestras cuerpas, nuestros afectos y nuestros territorios están siempre en disputa.

En este número: cada texto es un recordatorio de que la memoria es un territorio, que las cuerpas son mapas, que los barrios son raíces, que el deseo es nuestro y no se regula. Nada de esto es mercancía.

Aquí estamos para recordar que cuando nos arrebatan el barrio, nos arrebatan la historia. Que cuando callan a una, otras lloran en los museos. Que cuando dicen que la desigualdad es natural, respondemos que la ternura y la comunidad también lo son. Que cuando invisibilizan una bandera, otra se alza más alto.

Una o varias razones para seguir escribiendo, resistiendo y nombrando. Porque la tierra, la memoria y el deseo no se venden: se defienden.

Hablar de Gentrificación con Gafas Violeta

Denisse B. Castañeda

El término gentrificación fue acuñado en 1964 por la socióloga británica Ruth Glass para describir la llegada de la gentry —esa clase media y alta— a barrios populares de Londres. Lo que observó Glass fue mucho más que una remodelación: era el reemplazo silencioso de comunidades obreras por una nueva población con más dinero y menos raíces. Quizá Ruth fue demasiado amable, hoy podríamos llamarlo por su nombre real —expoliación— porque describe mejor lo que implica, que es apropiarse, saquear y destruir elementos con valor cultural de una comunidad, especialmente cuando esa comunidad es subordinada y quien llega impone otra forma de habitar sin respeto ni compensación.

Si todavía quedan dudas, basta mirar lo que ocurrió el 04 de julio, la Ciudad de México vivió su primera protesta pública contra la gentrificación; Oaxaca ya lleva varias, la más reciente en septiembre de 2024, con detenciones y una consigna clara: “El estado no es mercancía”.

Hablemos de gentrificación desde lo íntimo, desde lo que duele perder. Comer unos taquitos en la esquina y descubrir que ninguna salsa pica, porque hay que cuidar al turista. Piensen en los extranjeros, dicen, mientras lo local se vuelve decoración y la tradición se convierte en anécdota gourmet.

Una o varias razones para detenernos en este fenómeno de la gentrificación es, en realidad, una expoliación cultural que arranca la identidad y la memoria de quienes hacen barrio todos los días.

Y mientras unos celebran fachadas pintadas de colores pastel y nuevos cafés con nombres en inglés, muchas mujeres madres solas o autónomas trabajadoras de bajos ingresos, vecinas que sostienen redes invisibles, se ven obligadas a abandonar sus casas. La gentrificación desplaza y rompe la solidaridad del barrio sin la tienda de doña Mari que fiaba el huevo, sin la vecina que cuidaba a las niñas cuando no había guardería, sin el mercado donde el marchante sabía tu nombre, la vida se vuelve más cara y más solitaria.

Esa expulsión silenciosa es violencia inmobiliaria. Una forma de borrar la memoria viva, la que nos da pertenencia. Porque cada renta que sube limita la autonomía de muchas mujeres, agrava la pobreza y corta de raíz la posibilidad de quedarse. Y sin redes de apoyo, la vulnerabilidad se multiplica.

Quizá el mayor legado de Ruth Glass sea recordarnos que nombrar es resistir. Que ponerle nombre a lo que sucede y verlo con gafas violetas nos obliga a entender que la gentrificación no es neutra profundiza desigualdades, devora lo que somos y vende como postal lo que antes era comunidad viva.

Defender el derecho a la ciudad es defender la historia de cada calle, de cada salsa que sí pica, de cada patio y cada banco de parque donde se teje la vida común. Porque cuando nos arrebatan el barrio, nos arrebatan la historia.

Ana Mendieta Vive

Larisa Escobedo

En la madrugada del 8 de septiembre de 1985, desde el piso 34, cayó el cuerpo de una mujer en Manhattan, Nueva York. Era el cuerpo de la artista cubana Ana Mendieta, quien, durante sus últimos años de vida, produjo obras sensibles sobre la relación entre el cuerpo de las mujeres y la tierra, creando siluetas de su propio cuerpo en las que se siente una clara tensión entre el ciclo de la vida y la muerte.

Carl Andre, llamó al 911, cuando la policía arribó, se lavó las manos -literalmente, le pidió permiso al policía para lavarse las manos- y declaró que su esposa se había suicidado. El oficial preguntó los motivos, y él contestó que ambos eran artistas, pero ella no era famosa y siempre envidiaba su carrera. En ese momento, Andre sacó un libro con reproducciones de su propia obra y se la mostró al policía para que se constatará su talento y su fama.

Carl Andre, su esposo, era un hombre blanco, trece años mayor que ella, parte del movimiento artístico llamado Minimalismo. Corpulento y exitoso, murió en 2024 a los ochenta y ocho años. Sus piezas escultóricas son acomodos de materiales de construcción sobre el piso: la obra Lever consiste de 137 ladrillos de cemento acomodados en línea recta sobre el suelo, sin ningún otro elemento.

Ya en la comisaría, Andre cambió la historia. En esa ocasión declaró que su esposa se había suicidado después de una pelea porque él se rehusó a ver una película que pasaban por la televisión. En otro momento declaró que no había habido ninguna pelea y que él simplemente se dio cuenta de su ausencia cuando vio la ventana abierta. Por su parte, los vecinos declararon escuchar gritos y ajetreo, y luego un profundo grito con la palabra NO y un instante después el golpe del cuerpo contra el pavimento.

Cuando el fiscal comenzó a argumentar en contra de Andre, otro artista minimalista Frank Stella, pagó una fianza de 250,000.00 dólares para que el juicio se realizara en libertad para Andre. Finalmente, el juicio duró trece días y se declaró a Andre inocente, sin jurado público, a puerta cerrada, y clasificando la información del juicio como secreto de Estado. Andre salió libre, sin culpa, sin antecedentes penales, a continuar una carrera artística exitosísima con más de cien exposiciones individuales en los museos más importantes del planeta. Murió anciano, tranquilo y acompañado de sus seres queridos.

Ana Mendieta murió a los 36 años y a pesar de su juventud, dejó un legado importantísimo para las artistas mujeres y feministas de Latinoamérica. Su conexión con la tierra, con lo ancestral y con el cuerpo, reverberan en muchísimos trabajos de artistas interesadas en los vínculos entre cultura y natura, y creo un paradigma en el performance y la documentación de la obra en espacios rurales.

Al morir, muchísimas artistas han creado homenajes a la vida de Ana Mendieta y también han creado obras de denuncia ante la impunidad de un asesino por pertenecer a los altos ámbitos de la cultura global.

Una de las piezas que más me conmueven es la obra performática Protesta Llorando del 2015, del colectivo de artistas feministas No Wave Performance Task Force, en donde las artistas del colectivo asistieron a una exposición individual de Carl Andre y al presenciar sus obras, se sentaron al lado de ellas e invocaron la presencia de Mendieta para después llorar silenciosamente, sin ningún permiso del museo. Es una obra casi invisible que no tiene espectadores ni está hecha para el público. Al contrario, se dice que el público regular que visitaba la exposición quedaba un poco desconcertado al encontrar mujeres llorando en diferentes salas de la muestra. Nadie, ni ellas, daban ninguna explicación.

En un escenario tan hostil hacia muchísimas mujeres, en un mundo lleno de feminicidios, recordar los nombres de las mujeres que han resistido es en sí mismo, un nuevo acto de resistencia. Las mujeres artistas hemos sido condenadas a que nuestro arte siempre sea menos importante que el de nuestros pares masculinos. Tanto así, que una mujer artista puede ser asesinada y su asesino puede seguir con su vida de lujos y alta cultura. Pero siempre habrá también un deseo de restaurar la vida y crear con la memoria una genealogía de las artistas que nos han formado y nos seguirán formando como agentes culturales que deseamos la transformación para nosotras como artistas, pero mucho más importante, para nosotras como seres humanas.

DESIGUAL NO ES NATURAL

Frida Gaytán Mertens

Leyendo notas periodísticas o artículos sobre las decisiones de Trump y sus aliados latinoamericanos que han ido destruyendo leyes y políticas públicas que protegen los derechos humanos, colectivos o individuales, me he encontrado con el argumento de que la desigualdad es una condición natural de la humanidad. Esas ideas arcaicas de que la pobreza es natural al débil, la violencia es natural al fuerte, las mujeres son inferiores en todo y la homosexualidad es contra natura, las leo ahora en comentarios de redes con una visceralidad mayor que hace 50 años.

Y en ello, encuentro una confusión muy común: la idea de que las diferencias biológicas, psíquicas y culturales son desigualdad y por lo tanto, se asumen como naturales o intrínsecas, pero desigual y diferente no es lo mismo, es la jerarquización de la diferencia lo que genera la desigualdad. Y eso, eso no es natural, es un invento muy conveniente para justificar la explotación, el abuso y la violencia.

La desigualdad emerge cuando ciertas diferencias —de sexo, edad, raza, pertenencia territorial o clase— se convierten en jerarquías. Esta transformación se produce mediante instituciones, discursos y prácticas que legitiman la superioridad de unos sobre otros. La historia muestra que estas formas de jerarquización se consolidan con la aparición de la propiedad privada y el patriarcado, entre otros dispositivos.

Pensar la desigualdad únicamente en términos económicos invisibiliza otras dimensiones fundamentales. La desigualdad simbólica se expresa en la forma en que ciertos cuerpos, identidades, lenguajes y saberes son desvalorizados o excluidos del campo de lo legítimo. La desigualdad espacial se materializa en la segregación de territorios, en la marginación barrial y mucho, en el control de la movilidad. La desigualdad afectiva se manifiesta en las relaciones íntimas, en la distribución desigual del cuidado, la empatía, la invalidación de emociones, la prohibición de afecto.

Pierre Bourdieu desarrolló el concepto de violencia simbólica para referirse a los mecanismos de dominación que operan sin coacción física, pero que logran imponer significados, clasificaciones y jerarquías de manera “invisible” y aparentemente legítima. Esta forma de violencia actúa a través del lenguaje, la educación, los medios, las costumbres y las instituciones, configurando cuerpos y subjetividades. Lo más perverso de la violencia simbólica es que suele ser aceptada —o no cuestionada— incluso por quienes la padecen, porque se internaliza como natural.

Rita Segato amplía esta noción al enfocarse en cómo el patriarcado y la colonialidad construyen una pedagogía de la crueldad, es decir, una forma de socialización que enseña a ciertos sujetos —sobre todo varones— a ejercer el poder mediante la humillación y el sometimiento del otro, especialmente de las mujeres y cuerpos feminizados. Para Segato, el género no es una simple identidad, sino un vector estructurante de la desigualdad y de la violencia. Las violencias de género no son excepcionales, sino constitutivas del orden simbólico y político.

Segato también señala que las políticas institucionales frente a la violencia de género suelen estar centradas en medidas emergenciales —como refugios, líneas de atención o centros de auxilio— y remediativas, como leyes y protocolos. Aunque son totalmente necesarias, estas intervenciones no son suficientes: no transforman el fondo del problema, que es simbólico y estructural. Como advierte Segato, “las normativas no tocan las conciencias, una legislación que no persuade ni disuade, no tiene existencia material”. El objetivo de fondo debe ser la transformación de la sociedad misma: de sus símbolos, sus jerarquías, sus afectos y sus formas de relación.

Este orden desigual que se manifiesta en los espacios y en los afectos, define quién puede caminar con libertad por la calle, quién se siente segura en casa, quién es escuchada y quién es constantemente interrumpida o invalidada. La desigualdad afectiva se expresa en la distribución desigual del cuidado, de la empatía y del reconocimiento, determina quién tiene derecho al deseo, al conocimiento o a la belleza. Los cuerpos feminizados o racializados son sistemáticamente excluidos de los lugares donde se construye el valor simbólico de la vida. Desigualdad simbólica significa que los cuerpos no son leídos de la misma manera; algunos importan más que otros, y eso se aprende, se reproduce y se impone.

Necesitamos una transformación cultural profunda que cuestione los valores que sostienen la dominación. Y esa transformación no se decreta desde el poder, se construye en la comunidad, en el territorio, en el trabajo cotidiano de la calle. Requiere escucha, vínculo, pedagogía, ternura. La transformación empieza en lo más próximo: en cómo nos relacionamos, cómo criamos, cómo nombramos, cómo miramos.

Desarticular, trastocar, erradicar la desigualdad simbólica y la violencia estructural no es tarea exclusiva del Estado, es una responsabilidad colectiva. Se trata de reconstruir el mundo a partir de otras lógicas, unas que existen en formas ancestrales y que aún no hemos inventado. La transformación no es fácil, no es inmediata, pero hay que empezar en algún lugar y la organización comunitaria es clave, porque es allí donde podemos ensayar otras formas de vida, otras formas de justicia.

Visibilidad Bisexuala

Por Pamela Alvarado, madre y activista feminista.

Nada mejor que el “pride month” para tocar un tema tan importante como la bisexualidad, en particular lo que es ser mujer, madre y abiertmente bisexuala como un acto de resitencia.

En una sociedad en donde los estereotipos y los prejuicios siguen limitando la libertad de las mujeres para explorar y aceptar su identidad sexual, la visibilidad bisexuala emerge como un acto crucial para crear una sociedad más justa, respetuosa e inclusiva. Normalizar y visibilizar la bisexualidad en las mujeres no solo transforma vidas individuales, sino que impulsa un cambio profundo en las estructuras sociales que aún nos oprimen, es una forma de protesta y un acto político que impacta de formas cruciales.

La bisexualidad como una realidad silenciada

A menudo, se sigue viendo a la bisexualidad con escepticismo, como si fuera una fase, una confusión o un simple acto de rebeldía para llamar la atención y además en las mujeres es particularmente señalada con negación. Esta invisibilización muchas veces fomenta la incomprensión y la discriminación, perpetuando la idea errónea de que las mujeres solo podemos ser heterosexualas o ya con mucha “rebeldía” y sí acaso se nos “permite” ser lesbianas, sin embargo, la bisexualidad es una orientación legítima que refleja una experiencia auténtica y válida, y su reconocimiento es fundamental para el respeto a la diversidad sexual.

Cuando era una niña, pensaba que había algo en mi que no estaba bien, que avergonzaba, que no encajaba; conocía mujeres lesbianas, obviamente me relacionaba con muchas heterosexualas, pero la bisexualidad era un mundo muy poco visibilizado en los 90´s, tuve que pasar por muchas dificultades para poder expresar quien era, atravesar juicios y no faltó quienes se alejaran porque creen que al ser bisexuala te gustan todas las personas, sin importancia, todo el tiempo; como joven me cuestioné a cuantas mujeres más podría haberles pasado, muchas veces consideré un privilegio poder “medio encajar” en la heteronorma y hoy como adulta, considero que le debo mucho a esa niña, a las mujeres con las que me vinculé, de las que me acompañé, de las que actualmente me acompaño y a todas las niñas, adolescente y mujeres que necesiten visibilidad de ser nosotras.

Desde una perspectiva feminista, la visibilidad de la bisexualidad además es un acto de resistencia, el feminismo lucha por la igualdad, la autonomía del cuerpo y la libertad de escoger quiénes somos, cómo nos identificamos y de qué formas nos relacionamos. La invisibilización de la bisexualidad refuerza los estereotipos que vinculan la sexualidad de las mujeres con la sumisión o la devoción a un solo género, limitando el reconocimiento de las múltiples expresiones y vínculos que podemos tener.

Lo personal, es político y al visibilizar la bisexualidad, estamos cuestionando dichas construcciones sociales que buscan controlar nuestras identidades y relaciones. Ser abiertamente bisexuala, es también un acto de resistencia contra el patriarcado, que muchas veces procura mantener a las mujeres en un estado de completo control y sumisión.

El impacto de la visibilización y la representación en las niñas y las futuras generaciones.

Como madre, mi mayor deseo es que mi hija e hijo crezcan en un entorno donde puedan aceptarse como son, amarse plenamente, sin miedo ni prejuicios y vivir en libertad. Considero que la visibilidad de la bisexualidad ayuda a sembrar esa semilla en las jóvenes, ofreciéndoles modelos auténticos y diversos de sexualidad. Cuando las niñas ven a mujeres bisexualas que hablan abiertamente sobre sus experiencias, comprenden que su orientación no es un problema, una fase, algo anormal, sino aprenden a verlo y normalizarlo como una parte de quienes pueden ser, son o quienes simplemente también existimos.

Este reconocimiento y visibilidad, también combate las tasas alarmantes de violencia y rechazo hacia las personas LGBTTTQI+ en muchos contextos. La visibilidad empodera, valida y dignifica nuestras vidas, promoviendo una sociedad más incluyente que respeta las múltiples formas de amor y deseo.

Bi-visibilidad

Para que la visibilidad de la bisexualidad en las mujeres tenga un verdadero impacto, es necesario que las instituciones educativas, los medios de comunicación y los espacios comunitarios promuevan información correcta y la representación de mujeres bisexualas. La educación inclusiva y sin prejuicios puede transformar las percepciones y derribar las barreras de ignorancia que, tristemente, prevalecen en nuestro país y nuestro estado.

El reconocimiento de la bisexualidad debe ser válido y respetado independientemente del sexo de la pareja que tengamos, en mi particular caso, actualmente comparto felizmente mi vida con un hombre heterosexual al que amo y ni ello, ni niguna otra relación va a cambiar mi orientación sexual; y dudo profundamente que alguien pueda cambiar su preferencia solo por la estabilidad de un vínculo.

Habitar quienes realmente somos cuando no encajamos con las normas del patriarcado además de un acto político también es un acto de transformación colectiva. Del mismo modo socialmente debemos acompañar y escuchar las voces de las mujeres bisexualas, crear espacios seguros donde podamos compartir historias, sentirnos plenas, vivir nuestra sexualidad libremente y resistir a la aún prevalecinete heteronorma. La visibilidad no es sólo ser en privado y hablar en público, sino también respetar y validar experiencias en el día a día.

La acción de educar, aceptar y visibilizar

Como madre bisexuala feminista, además, afirmo que la visibilidad de la bisexualidad es un acto que apela a la honestidad con nosotras mismas y con las demás; recuerdo el día en el que una compañera de teatro me confesaba estar sumamente triste en su proceso de reconocerse bisexuala, y cómo ello me impulsó a visibilizar mi orientación como una forma de visibilizar y aceptar nuestra existencia. Es hora de desafiar los prejuicios, de celebrar las múltiples identidades que habitamos y de construir un entorno en donde ninguna mujer tenga que esconder quién es por miedo o por vergüenza.

La lucha por la igualdad y la libertad sexual es también una lucha por la dignidad, por el reconocimiento de nuestras vidas, experiencias y derechos. La visibilidad en Morelos, un estado lleno de historia, cultura y potencial, puede ser el motor para una transformación social profunda en la que todas las voces, incluyendo las de las mujeres bisexualas, sean escuchadas, valoradas y respetadas.

Como madre y feminista, creo firmemente que visibilizar la bisexualidad es un acto de amor propio, de resistencia, un posicionamiento político y de construcción social; hoy en la Secretaría de las Mujeres de Morelos, donde actualmente trabajo me acompaña mi bandera bisexuala, porque soy y porque somos muchas las que somos, sé que ahí no está todo el cambio pero reconozco que es una enorme manera de avanzar en el reconocimiento de nuestros derechos. Sí queremos un mundo en el que las niñas crezcan libres, seguras y plenas, debemos empezar por reconocer y valorar la diversidad sexual en todas sus formas; sólo así podremos avanzar hacia un futuro donde la igualdad, el respeto, la inclusión y la aceptación sean la norma, no la excepción.

La Jornada Morelos