Gonzalo Lira Galván

El festival de cine en Sundance, fundado por Robert Redford y bautizado así por su personaje en “Butch Cassidy and the Sundance Kid” siempre se ha caracterizado por ser semillero de talentos independientes. Grandes nombres han surgido de sus filas. Personajes como Quentin Tarantino, Jordan Peele, Robert Rodríguez, Darren Aronofsky, Steven Soderbergh y hasta los hermanos Coen catapultaron sus carreras en dicho festival, gestado en 1978 y celebrado en la ciudad de Park City, en Utah.

Para la edición de 1993 en dicho festival, durante su aniversario 25, un nuevo nombre emergió. El texano Wes Anderson presentó el cortometraje Bottle Rocket, coescrito por su mejor amigo, un entonces desconocido Owen Wilson, quien también protagonizaba el filme. Con Bottle Rocket, la dupla de Anderson y Wilson captó la mirada de Hollywood, particularmente la del director James L. Brooks, ganador del Oscar por la película Terms of Endearment (La Fuerza del Cariño). Fue Brooks quien al ver el cortometraje insistió en que Anderson y su amigo desarrollaran esa misma historia para convertirla en un largometraje que vería la luz cinco años después bajo el mismo título.

Bottle Rocket fue un fracaso en taquilla, orillando a Owen Wilson a considerar el retiro de la actuación. Pero Wes tenía mucho más por ofrecer y, a pesar de la frustración que les dejó su ópera prima, logró convencer a Owen de colaborar en el guion de Rushmore, protagonizada por el novel Jason Schwartzman y el lacónico Bill Murray, quien encarnaba una figura paterna errática y en conflicto con el joven protagonista. La película corrió con mejor suerte y le valió a Murray su segunda nominación al Globo de Oro. Con Rushmore, el cine de Anderson ya mostraba los primeros bosquejos de lo que se convertiría en parte de su identidad autoral: Planos simétricos, colores pastel, personajes infantilizados, padres erráticos y familias sui generis. En el cine de Wes Anderson las figuras paternas tienen un peso especial, nutrido por ideas arcaicas y adoptadas de una masculinidad irónicamente anacrónica que se han repetido en títulos como Los Excéntricos Tenenbaum, La Vida Acuática de Steve Zissou y su más reciente trabajo titulado El Esquema Fenicio.

“La idea de la masculinidad y de cómo proyectamos esa masculinidad es la masculinidad en sí misma. Porque se trata de algo que tú eliges y construyes de forma consciente”, me respondió Wes Anderson desde el Festival de Cannes, minutos antes de presentar su película en la competencia oficial. Su más reciente película nos cuenta la historia de Zsa-zsa Korda, un acaudalado y sinvergüenza hombre de negocios interpretado por Benicio del Toro. “En esta película todo empezó con Benicio. Lo visualicé en el personaje y esa visión antecedió al desarrollo del mismo”, agregó el director.

La relevancia de esa visión no es algo trivial. Benicio del Toro es un actor físicamente imponente y su personaje en El Esquema Fenicio encuentra su centro gravitacional en esa presencia, misma que es contrastada cuando después de sobrevivir a un atentado en su contra, se ve confrontado con la inminencia de su muerte, así como la fragilidad de su legado. Es esta revelación la que Anderson toma como punto de partida para el desarrollo de la historia. “Me inspiré en el padre de mi esposa, a quien le dedico esta película. Él era un personaje interesante, una persona alfa. Era todo un macho, aunque también era reservado. Pero la realidad es que estaba lleno de inseguridades y miedos”, revela con nostalgia el texano.

Y es que, entre confrontaciones con otros personajes masculinos y poderosos, el Zsa-zsa Korda que encarna del Toro decide recurrir a su hija abandonada como heredera, una novicia a punto de tomar los hábitos y así renegar de sus lazos sanguíneos con su padre ausente. Pero son los mismos lazos sanguíneos los que empiezan a atraer la atención de esta novicia a las riquezas de su padre, recordándonos que esas herencias paternales son una constante más en la filmografía de Anderson.

“Cada vez que empiezo a escribir un guion, se siente como si la historia ya existiera y nosotros solamente la estuviéramos desenterrando. Es una gran metáfora porque eso significa que esas historias vienen de un lugar en nuestras mentes que no está en nuestro control. No es algo consciente”, argumenta Anderson al ser cuestionado sobre sus temas recurrentes. En el cine como en la vida hay elementos inescapables que determinan quiénes somos. En el caso de Wes Anderson y sus personajes, las figuras paternas son un recordatorio de que no hay figura exenta de ser vulnerable. Y aunque la fachada importa y el estilo visual de Wes Anderson lo hace evidente, lo que realmente pesa es lo que esa fachada informa acerca de lo que cargamos dentro.

La Jornada Morelos