“El futuro de los museos está dentro de nuestros propios hogares [..] El objetivo de un museo no debe ser representar al Estado, sino recrear el mundo de un solo ser humano.”

Manifiesto de los Museos Modestos (2012)

Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura y fundador del Museo de la Inocencia de Estambul.

Germán R Muñoz G

La historia de los museos es tan antigua como el deseo humano de preservar lo que le es significativo: empezó con objetos y arte, pero desde hace tiempo hay museos de ideas y conceptos. La humanidad se las ha ingeniado para dejar testimonio de su genialidad a las generaciones futuras y éstas también se las han ingeniado para dejar testimonio de su respeto por las generaciones pasadas. En la actualidad los museos son mucho más que archivos de todo lo que vale la pena atesorar como civilización, también son testimonio de sus errores y sumarios de lo que se tiene pendiente, así, a la par de los museos dedicados a las artes -sí, el arte en todas sus manifestaciones es el principal tema a nivel mundial- también hay museos dedicados a los conflictos bélicos, al holocausto, esclavitud y a la tolerancia, al amor (en todos sus tipos), a la maternidad y una multitud dedicados a la niñez.

El primer museo, logro feminista

Quizá alguna tribu humana comenzó a heredarse las reliquias del grupo iniciando la historia de los museos, pero desafortunadamente no hay testimonio de eso. El primer museo documentado en la historia se remonta a la antigua Mesopotamia. Se trata del Museo de Ennigaldi-Nanna, creado hacia el año 530 a.C. en la ciudad de Ur (actual Irak), por la princesa Ennigaldi, quien, como todo mundo sabe, fue hija del rey Nabonido. Este museo contenía artefactos babilónicos, sumerios y acadios, y sorprendentemente, incluía cédulas explicativas en esos tres idiomas, lo que lo convierte en una institución con un propósito pedagógico claro y el primero en una larga estirpe. Así fue: esta dama logró pasar a la posteridad por crear el primer museo por lo menos con parte del estándar que, varios siglos después, establecería el Consejo Internacional de Museos: tener una función social y educativa que conserva el patrimonio de la humanidad.

Con el tiempo, otras civilizaciones —como la griega y la romana— desarrollaron colecciones privadas o templos de conocimiento, aunque sin una función pública como la que tienen hoy los museos. El concepto moderno de museo surge tras el Renacimiento europeo, consolidándose con la Ilustración, cuando el conocimiento y el acceso a la cultura comenzaron a generalizarse. Uno de los hitos más importantes fue la apertura al público del Museo del Louvre en 1793, en plena Revolución Francesa; con esto el Louvre cumplió, también anticipadamente, otros de los requisitos del Consejo de Museos: conservar un catálogo, facilitar el acceso al público en general y buscar la difusión del conocimiento.

Hoy, ese producto de la Revolución Francesa goza de cabal salud y es el museo más grande del mundo -con una superficie de exhibición de más de 72 mil metros cuadrados-, con una colección de unas 480 mil piezas -aunque no todas están en exhibición permanente- y es el museo más visitado del planeta.

Sin embargo, el museo más viejo en operación actualmente es el Capitolino en Roma -y que marcó el inicio de la museología moderna en Europa- que fue fundado en 1471 cuando el papa Sixto IV donó al pueblo romano una colección de estatuas clásicas que quizá le estorbaban en sus pasillos; con su generosidad, Sixto IV sentó un precedente significativo: regresar al público el goce de obras artísticas que en algún momento fueron públicas o, mejor, que siempre formaron parte de colecciones privadas; posteriormente esta ha sido una de las funciones más importantes de los museos: democratizar el arte, tarea de la que hoy gozamos continuamente gracias a las exposiciones de obras que son propiedad de museos que pueden estar al otro lado del mundo pero que por algunos días podemos gozar físicamente cuando salen de gira. Solo imagine que la Mona Lisa -la pintura más visitada del mundo, claro, en el Louvre y del que, por cierto, tiene vetado salir a dar la vuelta- permaneció en cámaras privadas hasta el siglo XIX.

Imagine su museo

La variedad de museos existentes es casi infinita, lo que refleja la amplitud de intereses humanos y el deseo de preservar todo aquello que consideramos digno de memoria. Los hay comerciales que son una especie de anuncio gigante; de artes muy específicas -del tatuaje, del cómic y del manga, por ejemplo-, temáticos -de los zapatos, del juguete, de anteojos, instrumentos médicos y su variante: implementos de tortura- del sexo y del erotismo y, desde luego, algunos un poquito más aburridos como los de ciencias (de todos los tipos), tecnológicos, industriales, del transporte, de la agricultura -en México hay varios museos del Maíz- del diseño (y se diseñan muchas cosas), del libro, del cine, de la televisión y del radio e históricos en los que se incluyen los de sitio -es decir, que muestran lo que pasó en un sitio particular en un evento específico.

Imagine su museo y búsquelo en Google, probablemente lo encuentre incluso con visita a 360 grados y en su propio idioma y, si se cansa del Louvre, podría explorar el Museo del Pelo de Turquía, el de los Errores Médicos de Filadelfia o el del Arte Malo -que incluye cédulas chuscas- de Boston. Lo importante es que los visite y se enganche al lazo humano que nos ofrecen, incluso si se pregunta “¿y a quién se le pudo ocurrir el museo de…”, bueno, a usted, si lo buscó en Internet.

La Jornada Morelos