
Un indicador de bienestar
No es cosa fácil posicionar en las agendas públicas la importancia de garantizar que todas las personas accedan a sus Derechos Culturales. Las desigualdades estructurales que aún enfrentamos obligan a orientar los esfuerzos y recursos institucionales a aminorar las brechas en cuanto al desarrollo social, económico y político; y también a cerrar las que persisten por razón de género, para que hombres y mujeres tengamos el mismo punto de partida.
Ante este panorama, pareciera que elegir la trinchera de la cultura es un acto ocioso, sobre todo cuando la tradición de la política pública ha reducido a las instituciones culturales a agencias de espectáculos que decoran la agenda oficial, o en el otro extremo, a espacios poco democráticos donde unas cuantas personas privilegiadas se autocomplacen. Construir pues, desde la cultura se vuelve, entonces, un reto tan complejo como noble.
Dicen las personas de ciencia que las matemáticas son el lenguaje universal; quienes se dedican a las artes, insisten en que lo es la música. Las brechas lingüísticas son barreras que complican el desarrollo pleno de las sociedades, incluido el acceso al conocimiento. Por ejemplo, yo no sabía que en el Jardín Borda hay un espacio donde se resguardan restos de vasijas y otros utensilios; que el lago artificial se nutría del abundante caudal de esta zona privilegiada; que originalmente se concibió como un sistema hidráulico para abastecer de agua a todo el jardín; o que en las terrazas tipo mirador era tradición sentarse a beber chocolate. Eso, y otras cosas fundamentales para la historia de Cuernavaca, las aprendimos mientras preparábamos junto a Marco, fundador del proyecto Resiliente, un recorrido en Lengua de Señas Mexicana (LSM) para personas sordas y oyentes. ¿Será que la cultura también es un vehículo para acceder al conocimiento?
En el 2016, Daniel Castro Zimbrón llevó a salas de cine su película Las tinieblas, un largometraje de terror que ha sido programado en varios cineclubes del estado. En una ocasión, al cierre de la proyección, conversamos sobre esas historias y personajes fantásticos que dan vida a la cosmovisión de nuestros pueblos y territorios: la Llorona, el Charro Negro, los nahuales y tantos otros que se nutren del imaginario local. Recordamos con nostalgia cómo esos relatos, que se contaban en cada rincón, nos permitían habitar las calles y plazas públicas, delimitando de manera simbólica la identidad de cada espacio. ¿Será que la cultura también es una apuesta para recuperar nuestros territorios?

A Maricela la conocí por trabajo. Yo había escuchado mucho sobre la “Fiesta del Maíz”, pero fue ella quien nos explicó con profundidad los rituales, las formas de organización, la división de tareas y los pactos de complicidad que se tejen durante una jornada que pone en el centro a uno de los elementos básicos de la dieta mexicana. Nos contó que, después del ciclo agrícola, muchas personas del campo se dedican a la música de viento. ¿No es cultura, también, esa capacidad de reconocer lo que nos conecta e identifica?
El otro día pensaba en un niño que es vecino de la Casa de Cultura Lázaro Cárdenas; ¿cómo será su personalidad cuando sea grande?, ¿qué cosas se están moviendo a nivel cognitivo?, ¿qué sentirá al salir de su casa y ver que “su patio” es una casa tan bella como esta, con flores, un huerto, aves, libros y expresiones artísticas? No pude evitar espejear con mi historia de infancia, alejada de recursos que estimularan la sorpresa o la imaginación. ¿No tendría que ser la cultura, simplemente eso? Un pretexto para cultivar nuestra capacidad de apreciar la vida.
Para incorporar esas visiones a las agendas públicas, hay que descubrir, como dice Deleuze, las grietas por donde se cuela lo no predecible en el universo de lo homogéneo: la política pública. Para este equipo, acceder a la cultura no es un lujo, es un derecho; y también, un verdadero indicador de bienestar.
*Secretaria Técnica de la Secretaría de Cultura del Estado de Morelos


