Vicente Quirarte*

El 30 de noviembre pasado, en el Centro Cultural Jardín Borda, se llevó a cabo la conferencia “Cenit y crepúsculo de Morelos”. El siguiente es un resumen de esa charla.

Nombrar a José María Morelos y Pavón es convocar la tempestad y el silencio, la claridad de un relámpago y la sombra de una deuda aún pendiente con la historia. No se trata de una figura de bronce ni de una fecha repetida en el calendario, sino de un hombre que encarnó, con cuerpo y espíritu, la justicia y la firmeza.

Cada septiembre vuelve la pregunta: ¿qué hacemos los mexicanos con nuestros héroes? Los convertimos en estatuas que adornan plazas, los gritamos en ceremonias oficiales y al día siguiente los devolvemos al olvido. La incomodidad que producen sus gestas radica en que nos recuerdan lo que no hemos alcanzado a sostener. Su grandeza desnuda nuestra pequeñez y nos confronta con lo que deberíamos ser.

Morelos fue sacerdote, insurgente, estratega y político en el sentido más noble: alguien que pensó en el bien común. En los Sentimientos de la Nación afirmó que la soberanía residía en el pueblo, que la esclavitud debía abolirse y que la tierra debía repartirse con justicia. En esas páginas late todavía el corazón de un proyecto de país inconcluso, un llamado que no pierde vigencia frente a nuestras desigualdades actuales.

El historiador y filósofo escocés Thomas Carlyle escribió que los héroes surgen “en el momento en que la humanidad los necesita y aun casi los exige”. No aparecen como ornamento, sino como respuesta a una crisis histórica. Eso fue Morelos: un hombre que, en medio del derrumbe de la Nueva España, supo responder con claridad a lo que pedía la sociedad de su tiempo. Fue revolucionario porque destruyó lo falso, lo carcomido, y abrió la posibilidad de un orden nuevo.

Pero no basta con celebrarlo cada septiembre. Como recordaba Enrique Krauze con motivo del bicentenario del natalicio de Juárez en 2006, “se solicitan biógrafos”. La advertencia vale para Morelos y para todos los protagonistas de nuestra independencia. La historia oficial los ha convertido en santos de calendario, pero necesitamos nuevas lecturas que restituyan su humanidad, que los miren en sus contradicciones y también en su grandeza. Biografías capaces de verlos como hombres de carne y hueso, con humor, con dudas, con errores, pero también con la fuerza visionaria que transforma una época.

La cultura ha contribuido a mantener viva su figura. Pellicer lo llamó “espada de Cristo” y Efraín Huerta recogió en verso su exigencia de justicia agraria. Los retratos, desde el anónimo que España devolvió a México en 1910 hasta el de Petronilo Monroy, nos recuerdan que detrás del héroe había un hombre que padecía dolores de cabeza, que se cansaba, que sufría, pero que nunca abandonó el deber. Esa tensión entre fragilidad y firmeza es lo que lo vuelve cercano y al mismo tiempo ejemplar.

Morelos no es un santo intocable. Fue un hombre consciente de la necesidad de transformar la vida de los desposeídos, y ese compromiso lo llevó al límite de su condición humana. Recuperarlo hoy significa asumir que la valentía no consiste en la ausencia de miedo, sino en actuar a pesar de él; que la justicia social sigue siendo una deuda pendiente, y que el país que soñó todavía está por hacerse.

Porque Morelos, más que un monumento, es un espejo. Refleja la fragilidad y la grandeza de una nación que todavía busca justicia, equidad y dignidad. Recordarlo no significa repetir un discurso aprendido, sino aceptar el desafío de mirarlo como parte de nuestra historia viva. Volver a pronunciar su nombre es recordar que México puede y debe aspirar a algo más que a la rutina del bronce y la ceremonia.

*vquirarte19@gmail.com

La Jornada Morelos