Gonzalo Lira Galván

Hay películas que entran a codazos en la conversación: gritan, lloran, explican, subrayan. Y luego está ‘Lo siento, cariño’ de Eva Victor, que hace exactamente lo contrario: llega como quien entra tarde a una clase, pide perdón en voz baja y aun así captura toda la atención.

‘Lo siento, cariño’ es la clase de historia que no recurre al dramatismo inflado, sino a algo más difícil: la honestidad incómoda, esa que no se explica del todo y que te acompaña como un eco varios días después.

Eva Victor escribió esta película en una cabaña en Maine, durante la pandemia, y uno siente esa energía de aislamiento incluso sin saberlo. Hay una intimidad casi cruda en cada escena, como si fueran páginas arrancadas del diario personal de alguien que no estaba seguro si quería que otros lo leyeran. Pero aquí está, ahora en pantalla grande, con el respaldo de Barry Jenkins como productor y la energía torpe, bella y definitiva de una ópera prima en la que una artista dice: “Esto soy yo. Si lo entiendes, bien. Si no, también.”

La protagonista es Agnes -la propia Eva Victor-, quien no está ahí para que la diagnostiquemos ni la salvemos. Es una profesora de literatura que intenta sobrevivir a un evento que decide bautizar como ‘lo malo’. Así es como ella se refiere a un trauma provocado por un incidente que la película nunca muestra y que, por lo mismo, se vuelve más universal e inquietante.

‘Lo siento, cariño’ transcurre en una línea temporal de cinco años -como cinco capas de piel que Agnes va mudando-. Nada es lineal en su narrativa porque nadie recuerda el trauma cronológicamente. La memoria tiene sus propias reglas, casi siempre injustas.

Algo que la directora y actriz entiende —quizá demasiado bien— es que después de un trauma el mundo no se detiene. La vida sigue. Los chistes siguen. Los silencios también. Es por eso que hacerle justicia a ‘Lo siento, cariño’ no es sencillo cuando se trata de explicar su premisa.

Es tal el cuidado de Eva Victor para hacer de ‘lo malo’ algo tácito, que romper el acuerdo con ella se siente como una traición. Pero es justo decir que esta no es una película sobre violencias tanto como es una película sobre consecuencias. ¿Es posible evitar enunciar aquello que produce dolor? Quizás. Pero hasta lo que no se enuncia existe y, por ende, tiene un efecto.

“La decisión de construir un vocabulario visual alrededor del incidente es algo que hice conscientemente”, explica Eva Victor. “Es interesante porque las protagonistas nunca usan una palabra para describir lo sucedido, como una forma de protegerse la una a la otra alrededor de algo tan difícil”, continúa. “De alguna manera, cuidar a mis personajes fue una forma de también cuidar al público”.

Pero eso no exenta a la película de permitirse bromas involuntarias, momentos absurdos, y diálogos irónicos en medio de un colapso emocional. Lo valioso de la escritura de Victor es que lejos de arruinar la seriedad del tema, la ilumina. Porque así es la vida: una mezcla torpe de tragedia y comedia accidental.

Junto a Eva Victor en el papel principal destaca Naomi Ackie como Lydie, la mejor amiga y esa compañera que no la juzga, no la presiona, no le da discursos de autoayuda; simplemente se queda. Se queda cuando no está lista para hablar. Se queda cuando habla demasiado. Se queda cuando nadie más lo haría. Y esa permanencia, tan simple y tan difícil, es el corazón emocional de la película.

Victor filma a Agnes tras puertas, ventanas y marcos, como si estuviéramos observándola desde otra habitación. Pero el vocabulario visual de la directora -con claras influencias de Edward Hopper- no pretende guardar distancia sino respetar la vulnerabilidad del personaje. La cámara nos habla y nos dice: Acércate si quieres, pero con respeto. Esto duele.

“Desde la primera escena es intencional dejar que la cámara espere afuera de la casa de Agnes por un tiempo para establecer que esa casa la representa. Ella, como su casa, están aisladas en una colina en medio de la nada”, cuenta Eva Victor. “Lydie es la única que puede entrar a visitarla y llevar un poco de luz a su oscuridad”.

‘Lo siento, cariño’ no quiere que nos concentremos en el acto traumático, sino en sus ondas expansivas. En las pequeñas desesperaciones. En los intentos torpes por regresar al cuerpo propio. En esas mañanas en que parece que todo está bien… pero algo sigue fuera de sitio. Porque Eva Victor no es sólo una comediante que decidió ponerse seria, sino una autora con algo urgente que decir. Y lo dice con una voz que tiembla, sí, pero que nunca se quiebra.

En una escena clave, en la que cualquier directora con una sensibilidad distinta -y distante- podría sucumbir a poner palabras a lo sucedido, Victor elige el silencio de un abrazo en una tina de baño entre la protagonista y su mejor amiga. Es en ese silencio que la película nos deja claro que la exploración de la directora no busca exponernos ni exponer a sus personajes sino encontrar la empatía en los pequeños momentos íntimos.

‘Lo siento, cariño’ es una obra que habla del trauma sin explotarlo. Se atreve a ser graciosa sin pedir permiso y elige dibujar la amistad como un acto de resistencia. Porque reconoce que sanar no es volver a ser quien eras, sino aprender a avanzar sin certezas.

El debut de Eva Victor no busca conmover al público porque no siente lástima por sus personajes. No victimiza a sus protagonistas. En cambio, lo que logra la directora es sensibilizar sin detenerse a reflexionar conceptos sino a través de acciones concretas. Porque la empatía no cabe en las palabras sino en los actos, en los abrazos y en las miradas.

Imagen: Cortesía

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La Jornada Morelos