La historia de la educación superior en México tiene su raíz en el siglo XVI, con la fundación de la Real y Pontificia Universidad de México, institución que durante más de tres siglos fue el principal espacio de formación intelectual en la Nueva España y que hoy es reconocida como el antecedente histórico directo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pero también de todas las universidades mexicanas.

Creación y contexto histórico

Las primeras gestiones para establecer una universidad en la Nueva España datan de 1536, cuando el arzobispo fray Juan de Zumárraga propuso contar con una institución de estudios superiores. A esta iniciativa se sumó el virrey Antonio de Mendoza, y en 1547 la Corona española dio una respuesta favorable.

Finalmente, el 21 de septiembre de 1551, el emperador Carlos V expidió la cédula real de creación de la Universidad de México, firmada en su nombre por el príncipe Felipe de Asturias, futuro Felipe II, en la ciudad de Toro, España, pero la apertura formal de la institución ocurrió hasta el 25 de enero de 1553, cuando comenzaron los cursos bajo el gobierno virreinal.

Aunque el papado otorgó una bula de autorización, esta nunca llegó a la Nueva España, pues el rey y el Consejo de Indias consideraron que concedía privilegios excesivos. No obstante, a partir del siglo XVIII comenzó a utilizarse la denominación de “pontificia”, entendido, más bien como un título honorífico.

Conformación y organización universitaria

A diferencia del concepto moderno de universidad, en el Antiguo Régimen la Real y Pontificia Universidad de México funcionaba como una corporación colegiada, integrada por estudiantes y doctores con derechos y obligaciones propias. Su estructura y funcionamiento se inspiraron en las universidades europeas de tradición escolástica, particularmente la Universidad de Salamanca, de la cual heredó privilegios como la gobernación interna mediante claustros.

La universidad contaba con cinco facultades: Teología, Derecho Canónico, Derecho Civil, Medicina y Artes (considerada facultad menor)

Las cátedras principales eran las de Prima y Vísperas, y se impartían en latín. También existían cátedras sueltas, como matemáticas, astrología, gramática, retórica y lenguas indígenas.

El gobierno universitario recaía en el rector, elegido anualmente; el maestrescuela, figura vinculada a la Catedral Metropolitana con facultad para otorgar grados mayores; y tres tipos de claustros: de consiliarios, pleno y de diputados. Este modelo colegiado es considerado un antecedente remoto de la autonomía universitaria que se consolidaría siglos después.

Estudiantes, grados y vida académica

La matrícula era reducida y estaba integrada mayoritariamente por criollos y españoles, aunque se admitía a indígenas, quienes fueron minoría. Los estudiantes gozaban de privilegios legales, como exención de impuestos y jurisdicción universitaria.

La universidad otorgaba los grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor, concebidos principalmente como certificaciones para la docencia. El doctorado, en particular, permitía formar parte de la corporación universitaria y acceder a cargos relevantes en las burocracias civil y eclesiástica.

Función social y utilidad de la institución

La Real y Pontificia Universidad de México fue clave para la formación de clérigos, juristas, médicos y funcionarios, indispensables para el funcionamiento del Estado imperial. A partir del siglo XV, la Corona exigía estudios universitarios prolongados -de hasta diez años- para ocupar cargos públicos, lo que convirtió a la universidad en un instrumento central de gobierno y control territorial.

Durante más de tres siglos, la institución contribuyó a la configuración de la élite intelectual de la Nueva España y, posteriormente, del México independiente, además de fungir como depositaria del saber humanista, jurídico y científico de su tiempo.

Crisis, reformas y cierres

Con la Independencia de México, la universidad entró en una profunda crisis política y económica. El título de “Real” fue suprimido y la institución fue rebautizada sucesivamente como Universidad Nacional y Pontificia y luego Universidad de México.

Durante el siglo XIX, fue duramente criticada por sectores liberales, que la consideraban un símbolo del atraso colonial. Fue cerrada en varias ocasiones —1833, 1857, 1861— hasta que en 1865, el emperador Maximiliano de Habsburgo decretó su clausura definitiva, pese a haber considerado previamente su reforma.

Tras su desaparición, subsistieron escuelas especializadas en medicina, ingeniería, jurisprudencia, arquitectura y agricultura, lo que permitió la continuidad fragmentada de la educación superior.

Del legado virreinal a la universidad moderna

En 1867, la creación de la Escuela Nacional Preparatoria, impulsada por Gabino Barreda bajo el positivismo de Augusto Comte, marcó el fin de la educación colonial. Décadas después, Justo Sierra Méndez retomó la idea de una universidad nacional, no como continuidad jurídica de la virreinal, sino como una institución nueva, laica y científica, que integrara las escuelas existentes.

El proyecto cristalizó en 1910 con la fundación de la Universidad Nacional de México, inaugurada el 22 de septiembre de ese año y autonomizada en 1929, dando origen a la actual UNAM.

Herencia y debate histórico

Hoy, tanto la UNAM como la Universidad Pontificia de México se reconocen como herederas institucionales de la Real y Pontificia Universidad de México, aunque existe un debate historiográfico sobre la continuidad entre ambas. Más allá de lo jurídico, su legado es intelectual, simbólico y cultural, al haber sentado las bases de la educación superior en el país.

A 473 años de su fundación, la Real y Pontificia Universidad de México permanece como un referente indispensable para comprender el origen de la universidad mexicana y el largo proceso histórico que condujo a la construcción de la educación pública moderna en México.

Germán Muñoz