
“Mientras sirvan la vista y el oído, yo seguiré”
Estrella Pedroza
Desde las huertas de Yautepec hasta los escenarios más emblemáticos del país, Daniel Lagunas Hernández ha trazado una ruta poco común entre las cuerdas de un violín y las raíces del campo. A sus 36 años, este músico morelense ha aprendido a equilibrar su vida entre la interpretación musical y la producción agrícola, sin dejar de lado los orígenes que lo formaron.
Nació en Cuautla, pero toda su vida ha transcurrido en Yautepec de Zaragoza. Sus padres, Norma Hernández y Daniel Lagunas Fernández, campesinos de oficio, le enseñaron desde pequeño el valor del trabajo y el compromiso. “Mi mamá siempre buscó mantenerme ocupado. Me metía a talleres de pintura, ajedrez, lucha grecorromana… incluso a tejer”, recuerda Daniel.
Desde muy joven, Daniel participó en talleres diversos. Su madre, atenta a sus intereses, lo inscribió en actividades extracurriculares desde los seis u ocho años. Pintura, ajedrez, fútbol, natación, lucha grecorromana y tejido formaron parte de su infancia, muchas veces a través de la Casa de la Cultura de Yautepec. Estas primeras experiencias despertaron en él una sensibilidad particular hacia el arte y la expresión.
“Desde muy niño estuve en muchos talleres; mis padres siempre se preocuparon por mantenerme ocupado en algo”, recuerda.

La música entró a su vida de la mano de un primo guitarrista, quien le enseñó guitarra clásica y notación musical.
“Me enseñó notación musical y eso me abrió mucho el panorama musical”, relata. Aquella experiencia fue decisiva: “Ese fue un parteaguas”.
Este acercamiento marcó un antes y un después. Posteriormente, su interés se extendió a otros instrumentos, como las zampoñas y la quena, aunque fue la guitarra la que consolidó su vínculo con la música.
Durante su adolescencia conoció al maestro Humberto Robles Casolco, director de una pequeña orquesta en Yautepec vinculada con la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Gracias a él, recibió su primer instrumento y comenzó a estudiar música de manera más formal. A los 15 años empezó con el violín, “Fue él quien me impulsó a estudiar una carrera musical”, dice Daniel.
Al poco tiempo, se unió a la orquesta de la UAEM mientras cursaba la preparatoria.
El camino para profesionalizarse
La oportunidad de profesionalizarse llegó con la guía del maestro Marco Rubio, quien lo motivó a ingresar al Conservatorio de Música del Centro Cultural Ollin Yoliztli en la Ciudad de México. Ahí conoció al violinista rumano Cristian Blas, miembro de la Filarmónica de la Ciudad de México, reconocido por su trayectoria pedagógica.
Blas se convirtió en su maestro y mentor, brindándole clases particulares que marcaron un nuevo nivel de exigencia y formación.
“Con su tutela comencé a estudiar seriamente violín. Fue un proceso lleno de disciplina, esfuerzo, sudor y lágrimas. Pero fue ahí donde realmente me adentré al mundo de la música”, refiere el joven violinista.
Lagunas cursó el propedéutico y parte de la licenciatura en ese conservatorio. Sin embargo, las dificultades económicas lo llevaron a buscar alternativas para solventar sus estudios.
“Mi familia me apoyaba, pero los recursos eran muy limitados”, admite.
Durante ese periodo, tocó en el metro, en zonas como Polanco y La Condesa, y en otros espacios públicos donde podía obtener ingresos para cubrir sus gastos.
“Empecé a ‘botear’ en las calles de la Ciudad de México. Tocaba en el metro, en restaurantes de Polanco, en La Condesa… Pedía permiso y tocaba para poder cubrir mis viáticos”.
Ese esfuerzo le permitió mantenerse en el camino musical. A través de la disciplina y el compromiso, Daniel Lagunas forjó una trayectoria en la que el arte, la enseñanza y la perseverancia han sido constantes. Su historia refleja la evolución de un joven inquieto y multifacético que encontró en la música no solo una vocación, sino un proyecto de vida.
Continuidad y adaptación
Tras su formación inicial en el Conservatorio Ollin Yoliztli, Daniel Lagunas Hernández regresó a Cuernavaca. Ahí comenzó una nueva etapa combinando el desarrollo artístico con la búsqueda de ingresos estables. “Tuve la oportunidad de regresar a Cuernavaca, donde empecé a tocar en restaurantes, en la calle Guerrero”, explica. Esa actividad le abrió camino en el circuito local de eventos sociales. “Poco a poco me fui posicionando en el mercado de los eventos sociales, como bodas y otros eventos importantes en Morelos”.
Durante ese periodo, su tiempo se dividía entre la música, los estudios y el trabajo en el campo, al que nunca dejó de vincularse. “Seguía estudiando y también ayudaba a mi familia en el campo. En esos años producíamos paso en rollo y actualmente también producimos higos”. Sobre el primero, aclara: “Es un alimento que hacemos en casa”.
Con respecto al cultivo de higos, Daniel destaca la relevancia de Morelos a nivel nacional: “No sé si sepas, pero Morelos es el principal productor de higo a nivel nacional”. Aunque su familia no exporta directamente, participa en el proceso productivo: “Nosotros le vendemos a una empacadora, y la empacadora es la que exporta”.
Lagunas señala que esta actividad no es exclusiva de su familia: “No soy el único, no somos dos. En realidad, desde Huautla hasta Tepalcingo hay una gran cantidad de huertas”. Esa red agrícola alimenta a diversas empacadoras, dependiendo de la zona y los canales de distribución.
A pesar de su dedicación a la música, nunca dejó de apoyar en las labores del campo: “En mis ratos libres yo apoyaba a mi familia… en los días que no tenía clases o eventos, por ejemplo los domingos”. Desde niño conoció el oficio agrícola: “Desde muy niño aprendí el oficio del campo, porque mi familia se dedica a eso”.
Conciente de los riesgos físicos para un músico de cuerda, era selectivo con las tareas que asumía. “También me cuidaba los dedos. Pero cargar bultos o hacer otras actividades más físicas, sí lo hacía… ya en las labores más delicadas, donde se exponían los dedos —por mi formación musical—, eso lo hacían mi papá o mi hermano”.
Cambio de rumbo
Después de cinco años en el Ollin Yoliztli, tomó una decisión difícil pero necesaria: migrar al Centro Morelense de las Artes (CMA), en Cuernavaca. “Tuve que decir: ‘¿Sabes qué, Olin? Ya no puedo seguir’. Hablé con mi maestro y le dije que no tenía el presupuesto suficiente para continuar en el conservatorio”.
Su maestro le brindó apoyo incluso fuera de la institución. “Afortunadamente, él me siguió dando clases particulares y al mismo tiempo estudiaba en el Centro Morelense de las Artes, donde retomé el conservatorio, pero ya en Cuernavaca”. La motivación no desapareció, pero la situación económica exigió ajustes. “El problema fue económico: no tenía los ingresos para continuar en la Ciudad de México”.
Mientras tanto, continuó tocando en eventos y en espacios públicos: “Seguía tocando en eventos y también en la calle, que es una forma de darte a conocer. No es de migrante, al contrario: la gente te ubica y empieza a seguirte, a consumirte”.
Su transición académica quedó marcada por la necesidad de adaptarse, sin abandonar la formación musical. “Terminé mi formación en Ollin Yoliztli, me pasé al SEMA y seguí con mi vida musical”.
Resiliencia en tiempos de crisis: cuando la música se detuvo
En 2020, la trayectoria musical de Daniel Lagunas Hernández —que combinaba presentaciones en eventos sociales, formación académica y colaboraciones con orquestas— enfrentó un quiebre inesperado. “La pandemia me frenó por completo”, afirma con claridad.
Hasta ese momento, Daniel formaba parte de dos orquestas en Cuernavaca y mantenía una agenda activa tocando en eventos. “Ya tocaba para dos orquestas aquí en Cuernavaca, pero todo se acabó”, recuerda. El cierre de espacios culturales, la cancelación de bodas, reuniones y conciertos, así como la imposibilidad de tocar en la vía pública, modificaron radicalmente su dinámica profesional. “Se suspendieron los eventos sociales, tocar en la calle ya no era posible. Tuve que regresar con mi familia”.
El retorno al entorno familiar no significó un giro brusco, pues el trabajo agrícola siempre fue parte de su cotidianidad. “Afortunadamente, la parte laboral del campo no me incomodó, porque ya lo hacía desde antes. Solo que esta vez me enfoqué más en eso”.
Durante el confinamiento, encontró maneras de mantener viva la música, adaptándose a las nuevas condiciones. “Incluso estuve tocando en las calles de Cuernavaca”, comenta. En medio de la incertidumbre, decidió innovar: se organizó con un equipo de apoyo logístico y ofreció conciertos móviles, puerta por puerta. “Me entrevistaron en TV Azteca porque salía con unas bocinas, iba con un staff, tocábamos de puerta en puerta”.
La respuesta del público fue significativa, a pesar del aislamiento físico: “La gente estaba encerrada y desde lejos dejaban monedas afuera de sus casas. Así hacíamos las cosas en ese momento”.
Con el paso del tiempo, Daniel redirigió su enfoque profesional. La música, si bien no fue abandonada, pasó a ocupar un lugar paralelo al trabajo agrícola. “La vida musical fuerte terminó ahí”, admite sin rodeos. “Me enfoqué en el campo como mi alternativa principal”.
Se mantuvo activo en la producción agrícola, en especial con el cultivo de níspero, mientras retomaba, de manera más esporádica, su actividad artística en eventos sociales. “Aunque no dejé la música, seguí en ambos oficios: producción de níspero y eventos sociales, aunque ya no al mismo ritmo de antes”.
Adaptación, permanencia y nuevas rutas: la música como necesidad
Superada la crisis inmediata de la pandemia, Daniel Lagunas Hernández se enfrentó a un panorama musical distinto al que conocía. Los escenarios no se cerraron definitivamente, pero sí se transformaron. Las oportunidades, antes constantes, se volvieron más esporádicas, y la competencia aumentó. Aun así, su vínculo con la música permaneció firme, aunque desde nuevas perspectivas.
—¿Cuál es tu sueño como músico o artista?
—“En su momento fue ser solista”, responde sin titubeos. “Pero la verdad es que ser solista en el ámbito musical clásico es muy exigente. Y, ya a mi edad, no es tan fácil que una orquesta te contrate como solista o para hacer giras por Europa, por ejemplo. Es muy difícil a cierta edad”.
Consciente de los ritmos que impone la escena clásica, Daniel amplió su mirada. “La música clásica exige mucho. Hay varios panoramas: lo clásico, el rock, el pop, la música urbana. Mi perfil siempre fue hacia la música clásica, que exige más dedicación que otras corrientes musicales”.
Ese cambio de perspectiva lo llevó a explorar otro camino dentro de su propia formación: la composición. “Con el tiempo, me di cuenta de que podía ser compositor. Y actualmente compongo, estudio composición musical”, explica. A diferencia de la ejecución, reconoce que esta faceta permite una proyección más amplia en el tiempo. “No es lo mismo que ser solista, claro, pero es una vida más longeva: mientras te sirvan la vista y el oído, puedes seguir”.
Actualmente, su labor musical se diversifica según el espacio y la demanda. “Ahora toco con diferentes agrupaciones, a veces como solista, a veces en conjunto. Toco desde música clásica, rock, jazz, hasta folklore mexicano”. Precisa, además, que dentro de ese repertorio distingue entre dos vertientes importantes: “Sí, exacto. Igual que la música tradicional mexicana que, aunque muchos la confunden con el folklore, son ramas distintas”.
Esa diversificación no responde solamente a una inquietud artística, sino también a una lógica de sostenibilidad. “He ampliado mi espectro musical para poder seguir sobreviviendo como músico”, dice con franqueza.
—¿O sea, para ti, mientras puedas vivir de la música, ya es un logro, no?
—“Más que un logro, es una necesidad. Todo músico tiene que buscar la forma de mantenerse. Un logro sería haber pisado ciertos escenarios”.
Y esos escenarios, de hecho, ya forman parte de su trayectoria. “En mi caso, he estado en el Ponce, en el Teatro Campo, en el Teopanzolco, en la Sala Ollin Yoliztli, en la Sala Nezahualcóyotl, incluso en Bellas Artes”.
La experiencia acumulada no se mide solamente por la calidad de los recintos, sino también por el alcance del público. “He tocado frente a públicos desde 100 o 200 personas hasta 15 mil. Esas son metas que uno se traza y que, en mi caso, he logrado cumplir. No como solista con mi nombre en alto, sino como parte de una orquesta o agrupación. Pero son experiencias que me han gratificado”.
La realidad de la carrera artística, sin embargo, sigue siendo compleja. “La vida musical es dura, muy dura. Pero el objetivo es mantenerse vigente”, afirma. Eventos como la pandemia o incluso fenómenos naturales recientes han alterado ese equilibrio: “Con la pandemia y la erupción del Popo, eso se volvió más complicado. Aun así, estoy retomando el camino”.
Replantear el camino: una decisión desde la experiencia
Las orquestas en las que participaba antes de 2020 no retomaron su actividad como antes. Algunos proyectos se desintegraron por completo y otros realizaron nuevas convocatorias para cubrir plazas. “Hicieron nuevas audiciones. Y los lugares que antes teníamos asegurados, pues los ocuparon nuevas generaciones”, explica. “Así es esta vida laboral: hay que volver a competir”.
Esa realidad lo llevó a hacer un ajuste importante en su rumbo profesional. “Tuve que decir: ‘¿Sabes qué, Olin? Ya no puedo seguir’”, recuerda sobre su salida del Conservatorio Ollin Yoliztli. La decisión no fue sencilla, pero era inevitable. “Hablé con mi maestro y le dije que no tenía el presupuesto suficiente para continuar en el conservatorio”. Aun así, no abandonó su formación por completo. “Afortunadamente, él me siguió dando clases particulares y al mismo tiempo estudiaba en el Centro Morelense de las Artes”.
La lógica detrás de su nueva estrategia fue clara: mantenerse activo sin romper su vínculo con la música. “El problema fue económico: no tenía los ingresos para continuar en la Ciudad de México. Aun así, seguí tocando en eventos y también en la calle, que es una forma de darte a conocer. No es de migrante, al contrario: la gente te ubica y empieza a seguirte, a consumirte”.
Con el paso del tiempo, encontró una nueva estabilidad en presentaciones más pequeñas pero constantes. “Sí, en algunos restaurantes ya me contratan. Ayer, por ejemplo, tuve un evento privado”. Explica que ahora las contrataciones son más directas y específicas. “Ya nos llaman directamente, nos dicen: ‘Necesito una, dos, tres horas de música’, y listo”.
Ese esquema de trabajo también le ha permitido mantener una red de colaboración con otras agrupaciones. “Como trabajo con varios grupos, me invitan para diferentes estilos”. Este modelo —flexible, autogestionado y basado en contactos profesionales— le permite sostenerse sin depender exclusivamente de una sola institución o proyecto. No fue una decisión espontánea, sino resultado de una trayectoria que ha combinado escenarios grandes, formación formal y trabajo en el campo.
“Todo músico tiene que buscar la forma de mantenerse”, insiste. Lo dice sin nostalgia, pero con claridad: el replanteamiento no fue renuncia, sino una forma de adaptación consciente y sostenida.
Buscar un sello propio
Después de años de formación y presentaciones en escenarios formales, Daniel Lagunas ha encontrado una línea clara en su quehacer musical: la búsqueda de autenticidad. Aunque domina distintos géneros —desde la música clásica hasta el jazz, pasando por el rock, el pop o el folklore mexicano—, hay uno que lo moviliza de forma particular. “Lo que más me llena es la música gitana. Me ilusiona mucho tocarla, improvisar, componer en ese estilo”, explica. No se trata solo de una preferencia estética, sino de una afinidad con la libertad creativa que ofrece este tipo de música.
Actualmente mantiene una presencia activa tanto en eventos privados como en espacios públicos. Tocar en la calle sigue siendo parte de su estrategia, pero con otro enfoque. “Sí, exactamente. Lo hago más como un hobby. Y la idea es repartir tarjetas. No es tanto por lo que me den —sea un peso o mil—, sino para darme a conocer”. Esa visibilidad directa con el público ha funcionado como una plataforma espontánea de difusión de su trabajo.
En cuanto a las contrataciones formales, ha encontrado un equilibrio. “Actualmente cobro dos mil 500 por hora. Obviamente hay paquetes y, entre más horas contraten, el precio baja un poco para que sea más accesible para sus eventos”, detalla. En cada presentación, la intención no es solo ejecutar piezas con destreza técnica, sino generar una conexión con el público. “Puedes oír una misma pieza veinte veces, pero cada quien debe imprimirle su estilo, su emoción, algo que marque ese momento y te haga decir: ‘Esto tiene un detalle diferente’”.
Ese enfoque lo ha llevado a definir un estilo propio. “Quizá haya violinistas mejores que yo, pero tengo un sello propio”, afirma. Al preguntarle cuál es ese sello, lo resume sin rodeos: “Cuando improviso, incluyo ciertos matices: a veces alegres, a veces oscuros. Me gusta mucho improvisar sobre melodías como Bésame mucho, pero darles un giro, que de pronto suenen medio gitanas”.
Para Daniel, la música tiene una función directa sobre el estado emocional de las personas. Ha vivido esa experiencia muchas veces mientras toca. “Muchas personas me han dicho: ‘Gracias, me alegraste el momento; venía de algo muy fuerte y me cambiaste el día’”. Sin embargo, también reconoce que no todos los públicos reaccionan igual. “Esa misma melodía puede hacer que alguien más se levante y se vaya. ¿No le gustó? Así es”.
Consciente de esa diversidad emocional, ha aprendido a aceptar que el impacto de la música varía según cada individuo. “La humanidad está siempre en distintos estados de ánimo. Como suelo decir: el amor es complicado, porque entre el odio y el amor hay un hilo muy delgado. Lo que a una persona le puede sonar romántico, a otra le parece dramático. Depende de cómo vengas tú: tu día, tu estado de ánimo, tu forma de ver la vida”.
Desde esa perspectiva, la música no solo es ejecución técnica ni entretenimiento: es lenguaje, comunicación y, en muchos casos, una forma de permanencia. Para Daniel Lagunas, ese es el centro de su vocación: tocar, escuchar, conectar, y seguir caminando.
Anécdotas y experiencias en el camino musical
A lo largo de su trayectoria, Daniel Lagunas ha vivido situaciones muy variadas que han marcado su experiencia como músico. Cuando se le pregunta por alguna anécdota que haya quedado grabada, responde con naturalidad: “Uy, muchas… Podría pasarme toda la tarde contándotelas”.
Entre las más inusuales, recuerda: “Una vez me contrataron para tocar en un table dance”. La respuesta, lejos de sorprender, refleja su enfoque profesional y su capacidad de adaptación ante cualquier contexto.
Otra situación que recuerda con claridad sucedió durante una presentación en la calle, cuando fue contratado para un evento que resultó ser un velorio. “Me pidieron tocar Las Mañanitas porque era el cumpleaños del difunto. Yo tocando y todos llorando… no sabía si debía parar o seguir. Fue muy dramático”. Este episodio, en particular, lo conmovió profundamente, poniendo a prueba su sensibilidad y profesionalismo en un momento delicado.
Su experiencia no se limita a esos casos: “También he tocado en funerarias, como Galloso. Algunos eventos son especialmente duros, como tocar para niños fallecidos”. La música, para Daniel, muchas veces acompaña emociones complejas, y él ha aprendido a respetar cada contexto. “O vas a una fiesta, todo parece ir bien, y de pronto alguien dice: ‘¡Que se case de una vez!’, y ahí estás, con lágrimas y música… pero tú sigues tocando. ¿Qué más haces?”
En el ámbito profesional, Daniel ha tenido la oportunidad de participar en agrupaciones para eventos con artistas reconocidos. “He tocado como parte de orquestas armadas para ciertos eventos. No es que pertenezcas a una orquesta fija, pero se forman para presentaciones con artistas como Manzanares, entre otros. Algunos muy conocidos, otros no tanto, pero con gran nivel. Como Pais, que no es famoso, pero es excelente músico”. Actualmente colabora con un grupo llamado Guasmole, y menciona que ha trabajado con alrededor de seis o siete artistas reconocidos, lo que refleja su versatilidad y reconocimiento en diferentes círculos musicales.
Cuando se le pregunta por experiencias fuera de lo común, Daniel señala que no ha tenido encuentros paranormales, pero sí situaciones curiosas. “Una vez me contrataron para tocarle a la Santa Muerte. Pues hay que ser profesional”, dice con sencillez. También recuerda momentos incómodos en algunos eventos privados: “Me han llamado para situaciones incómodas… como aquella vez que toqué para una pareja. Todo bien hasta que empezaron a besarse, luego se desnudaron… y yo seguía tocando. Me pagaron muy bien, pero sí fue incómodo. Y no, no soy voyeurista”. (Ríe)
Estas experiencias reflejan no solo la amplitud del trabajo musical de Daniel, sino también su actitud profesional ante circunstancias diversas, complejas y, a veces, inesperadas.
Entre higos y melodías: cerrar el círculo
En paralelo a su actividad musical, Daniel ha consolidado un nuevo espacio de trabajo en el campo. La experiencia acumulada desde la infancia, junto con la necesidad de diversificar sus ingresos tras la pandemia, lo llevaron a impulsar la venta directa de productos agrícolas, especialmente el higo, uno de los frutos con mayor potencial en la región.
“Tenemos un puesto con productos del campo. Creo que han tenido buena aceptación. Ahí mismo tocamos música y atendemos”, explica. La propuesta no es solamente comercial; también se ha convertido en un punto de encuentro entre su formación artística y su arraigo rural. El espacio es compartido con un amigo, y entre ambos han ido construyendo una oferta que combina sabor, creatividad y tradición.
Aunque al principio no era un conocedor del fruto, hoy se considera casi un promotor natural: “Al principio ni los conocía bien, pero ahora soy casi un embajador de los higos”. Y no se refiere solo a su venta en fresco. En su discurso aparece un catálogo inusual: “En México solo se conocen en dulce, pero hay harina de higo, vino, cerveza, mole… una infinidad de formas de prepararlos”.
La visión va más allá del puesto. Daniel y su equipo han comenzado a trabajar con productos procesados, abriendo la puerta a una pequeña agroindustria regional. “Ya estamos trabajando en agroindustria. Tenemos higos deshidratados, reducciones con tequila o vino tinto, y otros productos que vendemos en el puesto, frente a lo que es el Soy Sano”.
Dependiendo del tiempo disponible, procuran estar presentes todos los días. El precio, como en cualquier mercado agrícola, varía según la temporada. “Ahorita está a 80 pesos el kilo. Ha subido porque hay poco. En la Central de Abasto de México está entre 150 y 200 pesos. Nosotros normalmente lo damos en 70 si compras dos kilos, pero sí, ahora está más caro”.
Con esta actividad complementaria, Daniel ha encontrado una forma estable de equilibrar sus pasiones. Su rutina diaria se reparte entre el escenario y la cosecha, entre el ensayo y la venta directa. Así ha cerrado un ciclo: aquel niño que aprendió a trabajar la tierra mientras practicaba escalas en el violín, hoy combina ambas facetas con la naturalidad de quien nunca dejó de hacer lo que le corresponde.
Su historia no está marcada por grandes momentos de ruptura, sino por decisiones sostenidas a lo largo del tiempo. Una práctica musical disciplinada, una relación íntima con el entorno rural y una capacidad de adaptación constante le han permitido mantenerse vigente. Y aunque él mismo reconoce que “quizá haya violinistas mejores que yo”, sabe que su sello está en lo que transmite: una forma única de interpretar, de conectar, de hacer de la música y el campo una misma obra.

