Selfie Day: El museo frente al espejo

Cristo Contel*

El Día de la Selfie en los Museos no celebra al museo. Celebra su rendición. Es la institucionalización de una derrota presentada como apertura, una capitulación envuelta en lenguaje amable: participación, cercanía, comunidad. En realidad, es la aceptación de que el museo ha decidido competir en el terreno donde peor le va: el de la atención instantánea.

La escena es conocida y casi grotesca. Cuerpos colocados estratégicamente frente a obras que ya no se miran. Rostros que tapan cuadros. Sonrisas que sustituyen preguntas. La obra no interpela; acompaña. El museo deja de ser un espacio de fricción para convertirse en un decorado cultural premium, una locación legítima para la autopromoción.

Durante décadas, el museo aspiró a ser un lugar donde el tiempo se desaceleraba. Hoy celebra el instante. Donde antes había contemplación, ahora hay performance. Donde había silencio incómodo, ahora hay confirmación visual de existencia. No se viene a ver arte, se viene a probar presencia.

El argumento de la democratización es la coartada perfecta. Se nos dice que la selfie rompe jerarquías, que acerca al público, que elimina el miedo. Pero eliminar el miedo también puede significar eliminar la exigencia. Un museo que no pide nada a cambio no está abriendo puertas: está vaciando contenido.

El arte, cuando se vuelve espectáculo, pierde su capacidad crítica. Hoy asistimos a una fase posterior: el arte como fondo. No propaganda, no escándalo, sino algo peor: irrelevancia elegante. La obra sigue ahí, pero neutralizada, absorbida por una economía visual donde todo vale lo mismo y nada importa demasiado.

El Día de la Selfie es un éxito medible y un fracaso conceptual. Produce cifras, no pensamiento. Produce circulación, no experiencia. El museo se vuelve legible para el algoritmo y opaco para la mente. En nombre de la visibilidad, se sacrifica la complejidad. En nombre de la inclusión, se diluye el conflicto.

Prohibir la selfie sería un gesto torpe, pero celebrarla sin crítica es aún peor. Es asumir que el museo ya no puede proponer resistencia, que su único rol es acompañar la lógica dominante y ofrecer escenarios bien iluminados para la repetición del yo.

Un museo que no incomoda no educa. Un museo que no exige atención profunda no transforma. Y un museo que mide su éxito por la cantidad de rostros frente a las obras ha renunciado, voluntariamente, a su función más incómoda: desplazar al visitante del centro.

El Día de la Selfie en los Museos debería ser, si acaso, un día de advertencia. La señal de que algo se está perdiendo en el camino. Porque cuando el museo se convierte en espejo, deja de ser herramienta crítica y pasa a ser lo más peligroso de todo: un espacio cultural perfectamente alineado con la superficialidad de su tiempo.

Y cuando eso ocurre, el museo no está en crisis. Está cómodo. Y no hay nada más letal para una institución cultural que sentirse cómoda consigo misma.

Cristo Contel Director del MMAC y Artista.

Imagen Cortesía del autor

La Jornada Morelos