Proyecto cultural de nación

Vicente Arredondo Ramírez *

Durante seis sexenios presidenciales (1982-2018) se instrumentó en México un cambio en la manera de concebir el papel del gobierno en la promoción del bienestar colectivo. Para hacerlo realidad, se modificó nuestro marco constitucional y legal, se aplicaron determinadas políticas públicas, y se divulgó ampliamente una narrativa sobre cómo debería expresarse la conducta individual, en un mundo globalizado.

La premisa central de dicho cambio era que el mercado (la empresa privada nacional e internacional) era quien realmente sabía cómo generar la riqueza nacional y la prosperidad personal, vía el derrame de dicha riqueza a toda la población (teoría del goteo); para tal efecto, el gobierno sólo debería ocuparse en crear las condiciones para ello. Ese fue el discurso oficial y reiterado durante 36 años, en los cuales en efecto se produjeron grandes cambios, como la concentración de la riqueza en pocas manos, el desmantelamiento de los mecanismos nacionales de autosuficiencia socio/económica, y el crecimiento de la inequidad social. En pocas palabras, el principal resultado de esa etapa fue el mostrar la falsedad de la premisa central que operó en ese período, llamado coloquialmente “período neoliberal”.

Está por conocerse aún cuánto penetró en la mente de la mayoría de los mexicanos la visión del mundo y de las cosas que acompañó, y lo sigue haciendo, el modelo neoliberal. Este modelo privilegia el interés personal, sobre el interés colectivo; promueve la visión de que el éxito depende sólo del esfuerzo individual, por lo que todos los demás son competidores a los que hay que ganar, o bien, tontos ignorantes a los que hay que engañar; defiende la idea de que las cosas materiales, incluido el dinero y todo lo que se puede adquirir con él, es el motivo principal de vida; privilegia los modelos de vida Estados Unidos y de Europa, sobre los nacionales; sus indicadores de conducta son básicamente pragmáticos que buscan resultados cuantificables, sin que importen los valores éticos, ni los daños a la naturaleza, y ni la destrucción del tejido social que provoca la corrupción en todos los niveles y ámbitos de la vida.

Modificar este patrón de vida no es fácil, ni rápido, sobre todo en las clases medias afluentes, conservadoras por naturaleza. Estamos hablando de cambios culturales de hondo calado, que no se logran por decreto. Los cambios culturales trastocan valores, creencias, normas y comportamientos asimilados por una sociedad. El gobierno de la “cuarta transformación” proclama que las votaciones del 2018, refrendadas en su intención en el 2024, son prueba suficiente de que la mayoría de los mexicanos, o más bien, de los votantes, fueron inmunes a los valores neoliberales, y conservan valores propios de larga data.

Lo que sin duda puede corroborarse es que el México actual se piensa, se vive y se siente de muy distintas maneras. Baste con ver los minicortos y otros contenidos difundidos en las plataformas sociales, para corroborarlo. ¿Qué hacer entonces para que, dentro de esa diversidad, se puedan encontrar los elementos que vinculen a la mayoría de los mexicanos en un proceso de cambio cultural intencionado?

Los cambios culturales o transformaciones sociales son el resultado de factores internos y externos a la sociedad. El tema es cómo inducir los cambios desde el seno de una sociedad de por sí plural, y cómo administrar los cambios que se importan y se imponen desde otros entornos culturales. Desde luego descartamos formas extremas fallidas, como la llamada “Gran Revolución Cultural Proletaria”, lidereada por Mao Zedong en China, de 1966 a 1976, que pretendió a sangre y fuego erradicar el pensamiento burgués capitalista, modificando viejas ideas, costumbres y hábitos; así como tampoco creemos en la bondad y lo irreversible de un proceso gradual de aculturación.

¿Cómo proceder en un México que se construyó influenciado, en una primera época, por ideas importadas de Europa, y en un segundo momento, por las ideas de la civilización estadounidenses, bélica por origen y destino, individualista y amante de la comodidad? ¿Cómo objetivar y valorar con justeza la cultura subyacente y resiliente de los pueblos originarios, que ha sobrevivido a lo largo de la historia del México colonial e independiente?

¿Qué idea de transformación puede inspirar y motivar a un conjunto de mexicanos, con poder, dinero y hartos complejos, que aun viviendo en el país que los vio nacer, piensan y anhelan como “gringos”, a pesar de que esa civilización ya está en franca decadencia?

¿Cómo administrar y orientar una transformación cultural en México, teniendo en cuenta los obvios cambios que nos imponen la revolución tecnológica del internet con sus mil facetas, los arteros intentos de manipulación de la vida, y las fantasías de la inteligencia artificial? ¿Cómo modificar la idea de que el progreso científico no necesariamente es benéfico para la humanidad, y de que tener más no significa vivir mejor? ¿Cómo encontrar la sabiduría para distinguir entre necesidades humanas reales y necesidades sentidas, y vivir de acuerdo a esa distinción? ¿Cómo realmente aprender a oír a la naturaleza y a utilizarla sin destruirla? ¿Cómo disfrutar, compartir y defender la diversidad cultural, sin renunciar a la propia, y rechazando cualquier intento hegemónico de sometimiento e imposición de una cultura sobre otra?

Pareciera que estas preguntas ya llegan a destiempo, y que es imposible construir una identidad nacional compartida entre los diversos grupos de mexicanos; sin embargo, habría que intentarlo. Las condiciones para ello son muchas, pero por lo pronto, los defensores de la “cuarta transformación” deberían explicitar y divulgar aún más sus supuestos y puntos de partida, mientras que los opositores a esta narrativa deberían operar más “en modo proposición”, que en “modo oposición”. Necesitamos un proyecto cultural de nación, no de gobierno, y menos de oposición.

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Proyecto de Nación

Imagen cortesía del autor

La Jornada Morelos