En lo que va del 2025, 133 incendios forestales provocaron en Morelos daños a casi 8 mil 500 hectáreas de bosque, la mayoría de ellas en Tepoztlán, Huitzilac y Tlalnepantla. Con la llegada de las lluvias el riesgo de fuegos prácticamente desapareció e inició una de las temporadas mejor intencionadas, la de reforestaciones.

Y aunque todos quienes participan en la siembra de arbolitos en los bosques para recuperar áreas verdes o reponer la floresta afectada por los incendios lo hacen con las mejores intenciones, lo cierto es que la mayoría de las veces resultan esfuerzos inútiles o hasta dañinos con el suelo y el medio ambiente.

La Comisión Nacional Forestal (Conafor) tiene una suerte de protocolo para la reforestación de las áreas afectadas por los incendios forestales con el que se busca restaurar la cubierta vegetal y el ecosistema dañado. El programa incluye una rehabilitación inmediata que supone el retiro de troncos ramas y otros desechos de cauces y depósitos de agua, el cierre de caminos abiertos para la lucha contra el fuego, la reparación de infraestructuras dañadas, y el restablecimiento de cercas y accesos para proteger la zona afectada; lo que debe hacerse de forma inmediata posterior a apagar el fuego.

Después, dentro de los programas nacionales de reforestación se trata de recuperar la vegetación para evitar la erosión del suelo por lluvias o vientos, acciones de conservación de suelos y control de la erosión.

Luego se eligen las especies siempre dando prioridad a las nativas de la región y adaptadas a las condiciones del lugar para favorecer el equilibrio natural y facilitar la regeneración. Se realizan también estudios del terreno para evaluar las condiciones físicas, químicas y biológicas del suelo para determinar su la zona requiere reforestación intensa o moderada o solamente tratamientos auxiliares que favorezcan la recuperación natural. Se trata de planes detallados que incluyen formas de proteger la nueva vegetación de las plagas, enfermedades, incendios o actividades humanas dañinas.

O sea, no es de ocurrencias ni basta la buena voluntad. De hecho, en general, los procesos de reforestación ven sobrevivir al diez por ciento de los especímenes sembrados.

El investigador en sustentabilidad y director general de la Comisión Estatal de Biodiversidad (Coesbio), Fernando Jaramillo Monroy, nos explicó que el problema radica en cómo se hace la reforestación, se requiere un plan de reforestación o restauración sólido. No basta, dice “más ir a plantar las plantitas y te olvidas del del asunto. Tienes que darle seguimiento, monitoreo para que para que se pueda, garantizar la mayor sobrevivencia de plantas. Si los haces a lo loco, como se ha hecho muchas veces en muchos lados, llevas un chorro de gente, se pone a plantar arbolitos y los olvidas ahí, a la mayor parte de los arbolitos naturalmente se los va a cargar el tren”.

De hecho, expone que muchas veces las reforestaciones pueden ser un riesgo para más incendios, y recuerda que en sitios como la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y hacia el norte del estado, se siembran muchos ejemplares “un arbolito detrás de otro”, lo que les impide desarrollarse, los obliga a competir por la luz, y los convierte en “una caja de cerillos para un incendio, pues están pegaditos unos arbolitos, a la hora que se quema se mueren todos ahí o no se desarrollan”.

Reforestación o restauración natural de los bosques

Hay dos acercamientos básicos a la reparación de los bosques afectados por incendios forestales, el siempre más vistoso y que sirve a muchos políticos para tomarse fotos, es la reforestación. Pero aún cuando esté lo mejor planeada posible, parece no superar a su alternativa, la preferida por los especialistas en caso de que no haya una pérdida total del bosque, la restauración natural; dejar que el ecosistema se recupere por sí mismo.

Jaramillo Monroy cree en esa restauración, “es lo más viable, lo más pertinente en caso en determinados casos. Por ejemplo, si hubo un incendio por decir, o un área que se deterioró, pero sigue habiendo árboles adultos, hay semillas en el suelo, etcétera. Lo mejor, más barato, y más pertinente es dejar que la naturaleza se restaure. Porque ahí están las especies nativas, mismas que pueden regenerarse y normalmente se regeneran. En muchos de los incendios, casi la mayor parte de los incendios no matan a todo el arbolado ni a todos los arbustos y pastos, etcétera, hierbas”.

De hecho, Conafor, en su reporte de incendios forestales en Áreas Naturales Protegidas establece que los 113 incendios que dañaron las casi 8 mil 500 hectáreas de bosque en Morelos provocaron afectaciones moderadas o la mayoría mínimas. En efecto, a pesar de lo impactante del fuego y la duración de hasta diez días en algunos casos, el bosque sigue vivo en las regiones dañadas.

Fernando Jaramillo Monroy añade que hay incendios en que la quema no da muerte a los bancos de semillas, “si queda este potencial, y lo puedes ver en muchas de las áreas siniestradas de incendios, si las vas visitas ahorita, ya que hubo bastantes lluvias, hay muchos arbolitos. Por ejemplo, en un bosque de oyamel parece hasta salen como pasto. Solitos se regeneran”.

Pero aún la restauración natural requiere de protección para evitar que la acción humana y otros riesgos como el ganado y nuevos incendios intervengan con un proceso que la Conafor sugiere de mantenimiento y evaluación continua durante tres o cinco años al menos.

Hay casos excepcionales, explica el director de Coesbio, “donde hubo incendios de copa o de subsuelo, es decir, se quemó la capa viva del suelo, donde están todas las semillas, lombrices, todos los organismos” y que tienen una extensión muy grande donde no se puede echar mano del recurso natural del bosque, entonces debe planearse una reforestación,

Así que “la mayor parte de los gastos que se hacen de reforestación es son no pertinentes” para la regeneración de los bosques, explica, y funcionan más buen como “una terapia humana de ir a rescatar el territorio y plantar arbolitos”. Una terapia que puede costarle mucho al bosque en caso de que se introduzcan especies invasoras y “en lugar de restarrar, la están deteriorando”.

Por ello, explica, es una cuestión a la que deben asistir los expertos y para ello hay instituciones académicas y gubernamentales que deben velar porque las restauraciones de los bosques se hagan bien planificadas, “donde efectivamente se requiere y donde no, pues ni para que gastarle. O gastarle, pero menos en permitir que la naturaleza se restaure solita”.

Fernando Jaramillo recuerda que, si bien la mayor parte de los incendios forestales son provocados, otros son parte del ciclo de funcionamiento del ecosistema y se presentaban cada cinco o diez años. “Ya como empezamos a invadir e intervenir los humanos, cambió esta dinámica, pero los propios bosques del mundo viven y han venido sobreviviendo… entonces también se debe considerar. Por eso esa lógica de muchos de los tratados y de los estudios que han hecho sobre restauración, de que lo más pertinente es dejar que se restaure e incidir básicamente en que eso se logre”.

En este sentido, reconoce la veda para los cambios de uso de sueño en terrenos siniestrados por incendios forestales como útil para permitir la restauración; pero también es importante reforzar la vigilancia para garantizar que efectivamente se cumpla esa disposición. “Lo más importante no es solo que está en la ley, sino hacerla valer”, asegura.

Advierte que hay invasiones a áreas protegidas que se deben atender, “es un tema pendiente… los nuevos asentamientos que están invadiendo áreas del Tepozteco del corredor Chichinautzin, de Sierra Montenegro, del Texcal. Son invasiones recientes, ya consta el decreto o los decretos que se tiene que buscar una solución de fondo a eso. Porque finalmente están en áreas, no solo por la parte forestal, en áreas estratégicas para recarga de los acuíferos, este y que está afectando a la población en general. Entonces sí es un tema, pues muy importante que se tiene que atender lo más pronto posible”, concluyó.

Daniel Martínez Castellanos