Justicia y libertad una tensión qué: ¿se resuelve por una elección?

Braulio Hornedo Rocha

Desde sus orígenes, la filosofía ha girado en torno a la búsqueda de los principios rectores de la vida plena y la organización justa de la polis. Pocos textos han influido tanto en esta empresa como La República de Platón, una obra que es simultáneamente ontología, epistemología y teoría política. En este libro, Platón indaga sobre la justicia a través de la construcción hipotética de una ciudad ideal, en la cual cada parte cumple su función específica en armonía con el todo. Pero junto a esta indagación sobre la justicia, emerge —casi como una sombra — una interrogante más sutil, aunque no menos crucial: ¿cuál es el lugar de la libertad en esta ciudad justa? ¿Pueden justicia y libertad coexistir sin entrar en conflicto?

En este artículo me propongo explorar la compleja relación entre justicia y libertad. Mi tesis es que Platón, al construir su ciudad justa sobre el principio de especialización y jerarquía, termina subordinando la libertad individual a un ideal de armonía racional, en el cual la libertad solo es legítima si se somete a la razón democrática.

I. La justicia como armonía

En La República, Platón despliega su teoría de la justicia tanto a nivel del individuo como de la polis. La justicia, nos dice, no es simplemente cumplir contratos o decir la verdad, sino que es una disposición del alma y de la ciudad en la cual cada parte cumple su función sin interferir en las funciones de las otras. En la ciudad, esto significa que los productores proveen bienes materiales, los soldados defienden y los gobernantes lo hacen conforme al conocimiento del Bien.

Este modelo nos invita a pensar la justicia no como un estado de equilibrio entre libertades individuales —como podría hacernos pensar el liberalismo moderno— sino como una arquitectura moral y política donde el bien común está por encima del deseo individual. La justicia, para Platón, no se descubre en la voluntad, sino en la razón.

2. La libertad como problema

Platón es consciente del atractivo de la libertad, entendida como la posibilidad de que cada individuo haga lo que desee. Esta concepción, que se aproxima al modelo democrático de su tiempo —particularmente el de Atenas—. Es criticada en los diálogos por Sócrates, quien describe cómo la democracia degenera en una sociedad donde “los esclavos son tan libres como los amos, donde ya no hay respeto por la autoridad ni jerarquía entre padres e hijos, entre maestros y discípulos”. Esta “libertad desmedida” dice Sócrates, lleva inevitablemente al caos, y de allí, a la tiranía, cuando alguien —un hombre fuerte, un demagogo— promete orden a una masa cansada del desorden.

3. Libertad limitada en nombre de la justicia

A medida que Platón detalla su ciudad justa, se hace evidente que la libertad de elección individual es severamente limitada. No solo hay una rígida división del trabajo, sino que los soldados no poseen propiedad privada, ni familia nuclear, ni acceso a la riqueza. Los matrimonios son regulados por el Estado, la educación es controlada desde la infancia, y las opiniones populares son descartadas en favor del saber filosófico. En otras palabras, la libertad de actuar según el deseo o la costumbre es sustituida por un régimen de sabiduría coercitiva. El argumento de Platón es que esta limitación no es una injusticia, sino su opuesto: es el precio necesario para el florecimiento del alma y de la comunidad. Pero aquí se abre una pregunta: si la justicia exige subordinación a un orden racional, ¿qué sucede con la pluralidad, con la espontaneidad, con el derecho al error?

4. ¿Puede haber justicia sin libertad?

Desde una perspectiva filosófica posterior —por ejemplo, desde el kantismo o el liberalismo político—, podríamos objetar que sin libertad no hay moralidad auténtica. Kant, insistirá en que la autonomía es la raíz de la dignidad humana: sólo un ser libre puede ser responsable y, por tanto, moral. De modo similar, el liberalismo contemporáneo sostendrá que una sociedad justa debe proteger la libertad de conciencia y de expresión como valores fundamentales.

Sin embargo, Platón podría replicar que la libertad sin verdad es una ilusión. Un alma dominada por deseos irracionales no es libre, sino esclava. Su ideal no es la libertad como multiplicidad de opciones, sino como un discernimiento entre el bien y el mal. El problema claro está, es que este ideal puede justificar el autoritarismo en nombre del Bien común.

Conclusión

La tensión entre justicia y libertad en La República no se resuelve. Platón nos obliga a preguntarnos si queremos ser libres para elegir el mal, o si preferimos vivir en una comunidad donde el bien nos sea enseñado —y, llegado el caso, impuesto—. La ciudad justa de Platón es un ideal regulativo más que un proyecto realizable; pero como todo ideal, ilumina tanto las aspiraciones como nuestros límites.

La filosofía política moderna, en su respeto por las libertades individuales, se ha distanciado de Platón. Pero las preguntas siguen vigentes: ¿es la libertad un valor absoluto o un medio hacia la justicia? ¿Puede una sociedad ser justa si tolera la ignorancia, la miseria o la inmoralidad en nombre de la libertad? ¿Mi libertad me da derecho a suprimir la libertad de los otros?

Braulio Hornedo Rocha