

El Museo Universitario de Arte Indígena Contemporáneo (MUAIC) de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) se convirtió en un espacio de evocación, resistencia, memoria y sueños compartidos con la inauguración de la exposición “Alusiones Oníricas” del artista Alejandro Aranda, una antología visual que recorre casi cinco décadas de producción, con obras realizadas mediante diversas técnicas como el dibujo, la pintura y, especialmente, el grabado.
Durante la ceremonia, el Mtro. Wilfrido Ávila García, director del MUAIC, recordó la perseverancia y el largo trayecto que implicó concretar esta muestra: “Lo anduve correteando personalmente más o menos como diez años para que pudiera exponer”, expresó con emoción. Con ello dejó entrever la importancia que esta exhibición tiene tanto para el recinto como para la historia del arte contemporáneo en Morelos y México.
Una retrospectiva viva y cambiante
La lectura del texto de sala, elaborado por Raymundo Ernst, Ph.D., de la Universidad de Salamanca (España), fue interpretada por Susana Ballesteros Carpintero, y ofreció una mirada profunda sobre el carácter de la obra. “Una búsqueda constante, marcada también por ciertas constantes que resisten el paso del tiempo”, apunta Ernst, quien se niega a simplificar la obra de Aranda con una lectura cronológica o estilística.
En su reflexión, destaca cómo el artista ha forjado una “relación indisoluble entre forma y contenido, entre materia y espacio”. Las imágenes, lejos de ser solo contenedores estéticos, cobran densidad en su ejecución, atravesadas por los ritmos internos del tiempo, la política, la naturaleza y el inconsciente.
Un artista comprometido: lo íntimo y lo político

Alejandro Aranda es un creador comprometido con los movimientos sociales y la crítica ambiental, sin que ello reste profundidad poética a su trabajo. En entrevista para La Jornada Morelos, el autor compartió detalles sobre una de las piezas centrales de la muestra, “La huella del hombre”, realizada en tinta china. Aunque su técnica sugiere el grabado, Aranda explica que el trazo nació en otro contexto:
“La huella del hombre se inicia como una idea en los años setenta. En esa época estaba la Guerra Fría entre Rusia y Estados Unidos. Después de un tiempo, la dejé madurar, y ya en los ochenta, dije: bueno, ya es tiempo de hacer la obra”.
Esta obra es, en palabras del artista, una síntesis de preocupaciones geopolíticas, ecológicas y existenciales.
“Incluí precisamente el riesgo de una tercera guerra mundial… me preocupaba realmente en esa época como joven, porque pensaba: ¿por qué llegar a estos momentos tan friccionados, donde ponen a la humanidad en estrés?”
Pero la crítica no se agota en el plano internacional. Alejandro Aranda incorpora en su obra cuestiones locales:
“En nuestro contexto en México, hay otras cuestiones que tomo en cuenta como la contaminación ambiental de las fábricas y la sobrepoblación. Estamos en riesgo, hay esa inseguridad… los recursos naturales a veces ya no son suficientes o no van a serlo por la explotación”.
La pieza también articula una profunda reflexión sobre el ciclo vital:
“Este símbolo representa un óvulo… representa la fertilización, el nacimiento de un nuevo ser… Pero también esta evolución tiene un final: fallecemos de alguna forma y nos convertimos otra vez en la materia elemental que es volver a la tierra”.
Esta conexión entre biología, política y espiritualidad atraviesa buena parte del corpus expuesto en el MUAIC.
El poder de la imagen: entre la metáfora y la memoria
El psicólogo Enrique Álvarez, invitado especial a la inauguración, ofreció una lectura psicoanalítica de la muestra, diferenciando el concepto de “alusión” del de “sueño” propiamente dicho: “Aludir es una forma de decirle al otro: ‘aquí te muestro esto, pero no te lo presento’. Descúbrelo”.
En su intervención, también aludió a la dimensión utópica de la obra y al modo en que Aranda “se encuera ante el muro”, mostrando vulnerabilidad y ruptura con el personaje social que muchos conocieron como activista gráfico. Lo que vemos en esta exposición no es al Alejandro Aranda de los carteles del 68, sino a uno más introspectivo, transido de símbolos, rostros, miedos y silencios.
El propio artista lo confirma:
“Esta exposición es una antología de casi cinco décadas. Les traje pedacitos de mis vivencias y mis sentires plasmados en pinturas, grabados y dibujos”.
En su discurso, el autor evocó también sus influencias, marcadas por una idea del surrealismo que se aleja del modelo europeo y se inscribe en lo telúrico mexicano.
“México sueña despierto… Mi obra no está exenta de esta influencia. Soy parte de ella. Trato de fusionar lo lírico con lo cotidiano, a través de los sueños, la fantasía y la reflexión. Los mexicanos tenemos esta herencia ancestral, somos surrealistas por naturaleza”.
En uno de los momentos más líricos de su intervención, Aranda citó un fragmento poético de su autoría:
“En el umbral entre el sueño y la vigilia, los árboles se convierten en custodios de las almas errantes… se abren como bocas que susurran secretos al viento”.
La memoria que se expone
“Alusiones Oníricas” permanece abierta al público en el MUAIC, un espacio que Alejandro Aranda reconoce como importante en su trayectoria. Recordó, con gratitud, el impulso recibido hace una década por Carmen Rodríguez, quien le ofreció por primera vez este espacio para exponer. Conmovido, expresó: “Carmen, te estoy cumpliendo”.
La exposición no solo revela un trayecto artístico, sino también un ejercicio de honestidad emocional y social. Como apuntó Raymundo Ernst en su texto: “Frente al trabajo de Alejandro Aranda hay una especie de irradiación sugestiva hacia quien lo contempla, y por lo mismo, nos sitúa como testigos activos de la belleza del pensar”.
El público queda, entonces, no solo como espectador, sino como cómplice de una obra que no teme al compromiso ni a la introspección, que hurga en las heridas colectivas y que al mismo tiempo se permite soñar.

«La huella del hombre», pintura de Alejandro Aranda realizada con tinta china es una de las piezas más importantes en la muestra. Foto: Malu Medina

La exposición de Aranda en el MUAIC de la UAEM es un rápido recorrido por cinco décadas de plástica. Foto: Malu Medina

