El problema no es la lluvia, el problema es no estar preparados

Juan C Valencia Vargas*

Las primeras lluvias de la temporada ya llegaron, y con ellas, el caos. En lugar de ser recibidas como una bendición esperada tras semanas de calor extremo, las precipitaciones intensas han puesto en evidencia, una vez más, las enormes vulnerabilidades de nuestras ciudades. Calles convertidas en ríos, alcantarillas colapsadas, autos varados, viviendas inundadas y cortes eléctricos son ya parte del paisaje recurrente cada junio, como si cada año no hubiéramos aprendido nada del anterior.

La llegada de las lluvias no debería sorprendernos. El pronóstico emitido por el Servicio Meteorológico Nacional advertía desde abril que este 2025 sería una temporada con ciclones intensos y precipitaciones por encima del promedio en varias regiones del país. Aun así, pocas ciudades han hecho las tareas mínimas: limpieza de drenajes, mantenimiento preventivo, desazolves, campañas informativas o inversiones en infraestructura verde. La consecuencia es la misma de siempre: los escurrimientos buscan su cauce natural, y cuando encuentran concreto en vez de suelo, inundan nuestras vidas.

En varias zonas urbanas del país, esta situación se agrava por la falta de planeación territorial. Se han permitido desarrollos habitacionales en zonas bajas o de escurrimiento, se han entubado ríos sin contemplar su capacidad hidráulica, y se han autorizado fraccionamientos sobre cuerpos de agua temporales. Lo que fue alguna vez una barranca viva hoy es un pasillo de concreto, y lo que fue un cauce es ahora una vialidad sin drenaje pluvial. No es la lluvia la que causa el desastre: es nuestra falta de respeto al ciclo natural del agua.

Lo más grave es que estos eventos, lejos de ser excepcionales, se están volviendo más frecuentes e intensos por los efectos del cambio climático. Las lluvias son más cortas, pero más violentas; los periodos secos, más largos y más calurosos. Ante esta nueva realidad, seguir improvisando es absurdo. No podemos seguir ignorando la fuerza del agua en nuestra forma de urbanizar.

El Programa Nacional Hídrico 2024–2030 reconoce que las inundaciones urbanas no son simples desastres naturales, sino consecuencias de una planificación deficiente y una infraestructura obsoleta. Por ello, propone medidas para aumentar la resiliencia hídrica, incluyendo sistemas de captación de agua de lluvia, reservorios y prácticas agrícolas sostenibles. Estas acciones buscan no solo mitigar los efectos de las lluvias intensas, sino también aprovecharlas como una fuente valiosa de recarga hídrica y abastecimiento.

Complementariamente, el Acuerdo Nacional por el Derecho Humano al Agua y la Sustentabilidad establece un compromiso multisectorial para garantizar el acceso equitativo y sustentable al agua. Entre sus principales acciones se encuentran la inversión en infraestructura hídrica y la promoción de prácticas sostenibles en agricultura e industria. Estas medidas buscan no solo prevenir anegaciones por lluvias, sino también asegurar que el agua sea gestionada de manera eficiente y equitativa, reconociendo su carácter de bien público y derecho humano.

Necesitamos un nuevo pacto urbano con el agua: que las ciudades se adapten a los ciclos naturales y no al revés. Que se construya infraestructura pluvial antes del desastre. Que se invierta en sistemas de captación, en suelo permeable, en restaurar barrancas y no en seguirlas entubando. Que las lluvias no sean sinónimo de desastre, sino de recarga, limpieza y vida. Porque la lluvia no es el problema. El problema es no estar preparados.

*Profesor, consultor y gerente general de AQUATOR

Juan Carlos Valencia Vargas