Gonzalo Lira Galván 

La figura de Stellan Skarsgård aparece en la pantalla como recordatorio de una rara tradición: la del actor que trabaja con el tiempo, no contra él. El de Stellan no es un rostro que busque la adoración instantánea ni la celebridad viral; es, más bien, una presencia que se sedimenta. Skarsgård no se impone, porque se infiltra. Su carrera, que abarca más de cinco décadas, es una lección sobre la paciencia en un oficio que hoy parece premiar más la velocidad que la consistencia. Una señal de los tiempos que vivimos a la que no se ciñe el actor nacido en la ciudad sueca de Västra Götaland. 

A Stellan lo conocen generaciones enteras. Entre el público más joven se le reconoce por sus incursiones en el universo cinematográfico de Marvel, así como por sus papeles en sagas de alto perfil, como Star Wars o Duna, pero reducirlo a ese mapa sería perderse la vista de un frondoso bosque por detenerse a mirar un par de árboles luminosos. Porque Skarsgård viene de otra escuela, la del cine nórdico que se toma en serio el silencio, la pausa y la incomodidad.  

“La actuación es una de las profesiones en las que mejoras conforme te haces más viejo”, cuenta el veterano actor, nominado a su primer premio Oscar por la película Valor Sentimental. “El tiempo no solo te ayuda a acumular experiencia, sino también a cambiar tu visión de la humanidad. Con los años entiendes que los demás también tienen otras visiones y puntos de vista. Hace veinte años tenía una mirada más binaria del mundo. Era un poco más intolerante que ahora. He cambiado como persona, y por eso he cambiado como actor”, explica.   

Formado bajo la influencia de directores como Ingmar Bergman, el actor aprendió que el drama no necesita subrayarse: basta con permitir que se filtre por las grietas. Esa cualidad lo ha convertido en un intérprete dúctil, capaz de habitar tanto la solemnidad como el absurdo sin que el tránsito se note. 

Su mirada es una mezcla de ironía y cansancio que pocas veces se ve en la pantalla contemporánea. No es la ironía cínica del actor que se sabe dentro del chiste, sino una más antigua, casi melancólica: la de quien ha visto pasar varias modas y entiende que todas terminan por agotarse. Esa textura emocional es la que lo hace particularmente interesante en proyectos que buscan escapar del piloto automático narrativo. Skarsgård no necesita discursos grandilocuentes para sostener una escena; le basta un gesto mínimo, una pausa demasiado larga, una frase dicha con la entonación equivocada. 

Es en ese registro donde su trabajo en Valor Sentimental adquiere un peso particular. La película, que se mueve en esa zona ambigua entre el drama íntimo y la reflexión sobre la memoria, encuentra en él un eje silencioso. Skarsgård interpreta a un hombre que carga con un pasado que no termina de nombrarse, un personaje construido más por lo que calla que por lo que revela. En tiempos donde el guion suele explicarlo todo, su actuación apuesta por la elipsis: deja espacios para que el espectador complete lo que falta. No hay concesiones fáciles ni momentos diseñados para el aplauso inmediato. Hay, en cambio, una honestidad incómoda. 

“Todos somos la suma de los instantes pasados. La gente me pregunta si hay alguna película de la que me arrepienta y aunque he hecho películas severamente malas, no me arrepiento. Porque no sería lo que soy sin ellas”, explica con convicción.  

Valor Sentimental no es una película que busque la lágrima fácil. Se inscribe en una tradición europea que entiende la emoción como algo que se cocina a fuego lento. La cámara observa más de lo que juzga, y Skarsgård responde con una interpretación contenida, casi ascética. En una de las escenas más logradas, su personaje escucha una confesión que podría haber sido detonante de un estallido melodramático; sin embargo, el actor elige el camino contrario. Permanece quieto, apenas deja que el rostro se le endurezca. Esa economía expresiva dice más que cualquier monólogo. 

En la película, que le valió una nominación al Oscar en la categoría de mejor actor de reparto, Skarsgård interpreta a un director de cine desarrollando una película más en su carrera. Para ello, su personaje debe hacer las paces con sus hijas, con las cuales ha tomado una distancia tanto física como emocional que ha agrietado la cercanía familiar que en manos de un director menos experimentado que Joachim Trier, se retrataría con sentimentalismo. En la vida real, Stellan es el patriarca de una familia de actores, pero su visión de la paternidad no está contaminada por los vicios del Hollywood que hoy lo celebra. 

“No romántico la idea de ser padre. He fallado como padre al menos en ocho ocasiones”, bromea el actor. “Pero también creo que en esa paternidad errante he encontrado un poco de éxito. Porque como padre es imposible ser perfecto. Por más libros sobre paternidad que leas, es imposible conseguirlo. Esa idea es una tontería. Es imposible. Cada hijo tiene exigencias distintas. Yo tengo ocho y cada uno es diferente. Lo importante es lograr que nunca te critiquen. La fórmula para mí radica en lograr que todos alcancen la pubertad a una edad temprana, cerca de los tres años, así no tengo que esperar a que cumplan quince y me odien. Es mejor acelerar el proceso y por lo tanto, su madurez. Ser un padre admirado es fácil pero dura poco. Ser padre se trata de muchas cosas más”, continúa entre risas.  

Lo que a veces parece un dejo de frialdad, en Skarsgård es lo contrario. Por eso una película como Valor Sentimental se sostiene en esa tensión que existe  entre lo que se muestra y lo que se retiene. Skarsgård entiende que la emoción cinematográfica no siempre está en el desborde, sino en la resistencia. Y en un panorama audiovisual dominado por la saturación —de imágenes, de estímulos, de explicaciones— su trabajo recuerda que el cine también puede ser un arte de la sugerencia. Que todavía hay lugar para la ambigüedad. 

Quizá por eso su presencia resulta tan valiosa hoy. En medio de la lógica algorítmica que mide el éxito en visualizaciones y tendencias, Skarsgård representa una ética distinta: la del actor que privilegia el proceso sobre el impacto inmediato. No necesita reinventarse cada temporada ni convertirse en marca personal. Su continuidad radica en algo más difícil de medir: la credibilidad. Cada aparición suya, por breve que sea, lleva consigo una historia acumulada, una biografía artística que se filtra en cada plano. 

“Este personaje es muy complejo y requería de un entendimiento desde esa complejidad. Porque él no sabe que es un mal padre. Él no considera que sea una persona manipuladora”, explica. “Él va a hacer su película sin saber que está ante su proyecto más personal. Para él la película se trata de sus propios traumas y nada más. No tiene idea de lo mucho que esto tiene que ver con sus hijas o cómo podría afectarlas. Rechaza por completo la idea de que a lo largo de su vida, sus acciones han afectado a terceras personas. Eso lo hace sumamente ingenuo. Al final es un personaje que aprende sobre las consecuencias de toda una vida de errores. Pero aprende muy poco realmente”, concluye. 

Hay actores que envejecen mal porque se aferran a la imagen que los hizo famosos. Skarsgård, en cambio, parece haber entendido que el tiempo puede ser un aliado. Sus personajes recientes —incluido el de Valor Sentimental— se nutren precisamente de esa madurez. No intenta borrar las huellas de los años; las incorpora. Las arrugas, la voz más grave, la lentitud calculada: todo suma a una presencia que no necesita adornos. Y esto no es poca cosa en una industria obsesionada con la juventud. Su apuesta por la densidad resulta subversiva. 

Stellan Skarsgård encarna una forma de entender el cine que se resiste a desaparecer. Una forma que privilegia la observación sobre el espectáculo, la ambigüedad sobre la certeza y Valor Sentimental confirma que aún hay espacio para ese tipo de propuestas y que, cuando encuentran al intérprete adecuado, pueden resonar con una fuerza inesperada. Ese es su mayor mérito: recordarnos que el verdadero valor sentimental del cine no está en la nostalgia prefabricada, sino en la experiencia compartida de mirar atentamente. Y en ese acto, silencioso pero persistente, Skarsgård sigue siendo uno de sus mejores cómplices. 

El actor sueco, Stellan Skarsgård junto a Renate Reinsve en el cartel de la película Sentimental Value, premiada en Cannes. Foto: Cortesía / IMDB
Fotograma de Valor Sentimental. Foto: arquine.com 
El actor, en la presentación de Valor Sentimental en Morelia, el año pasado. Foto: moreliafilmfest.com 
La Jornada Morelos