
Gonzalo Lira Galván
Hay películas que no buscan entretenimiento, sino memoria. La Voz de Hind Rajab es una de esas obras que, incomodando al espectador, no pretende convencer a nadie, no adorna la tragedia ni se escuda en metáforas. Su apuesta es más simple y, por lo mismo, más devastadora: escuchar. Escuchar la voz de una niña atrapada en medio de un genocidio que, para muchos, no pasa de ser un titular más en la pantalla.
Hind Rajab, una menor palestina, quedó atrapada dentro de un automóvil tras un ataque en Gaza. Durante horas, su única herramienta fue un teléfono. Del otro lado, una voz adulta intentaba sostenerla con palabras mientras el mundo, ocupado en sus propios ruidos, apenas prestaba atención. La cinta recupera esas grabaciones, pero no se limita al archivo: las convierte en un acto de presencia. No estamos frente a un documental que explica; estamos ante uno que acompaña.
El mérito de la película está en su negativa a la grandilocuencia. No hay narradores omniscientes ni reconstrucciones espectaculares. El director —consciente de que el exceso puede diluir la verdad— opta por la austeridad. Planos largos, silencios incómodos, y la insistencia en el sonido: respiraciones, interferencias, pausas que pesan más que cualquier discurso. Esa economía formal no es pobreza estética; es una decisión política. En un mundo saturado de imágenes, elegir la contención es una forma de resistencia.
La película se ubica, sin rodeos, del lado de la víctima. Y eso, en el contexto actual, resulta casi subversivo. La neutralidad o la indiferencia, nos recuerda la cinta, suelen ser el refugio de quienes nunca han tenido que llamar por teléfono para pedir ayuda mientras el miedo se filtra por cada rendija.
Más allá de su tema, La Voz de Hind Rajab dialoga con una tradición de cine testimonial que entiende el registro como responsabilidad. No se trata de competir con las noticias ni de ofrecer primicias. Se trata de impedir que el olvido gane por default. Cada vez que la voz de Hind reaparece en la película, el espectador se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con lo que sabemos?

“Ser palestina y haber conocido esta historia de antemano juega un papel importante”, explica la actriz Saja Kilani, que interpreta a la mujer del otro lado del teléfono atendiendo a Hind Rajab. “Queríamos honrar la historia porque entendemos lo que significa. Es muy importante saber que nos está representando en todas las pantallas del mundo. Por eso era importante mostrarme vulnerable y real. Es una película que se lo merece”.
El impacto emocional es inevitable, pero la película evita caer en el chantaje sentimental. No subraya el dolor con música estridente ni manipula el montaje para forzar lágrimas. La crudeza está en la propia materia del relato. Escuchar a una niña describir el miedo sin intermediarios basta para desmontar cualquier blindaje ideológico que pretenda justificar la brutalidad que envuelve un exterminio como el que el Estado de Israel insiste en ejercer sobre el pueblo palestino. En ese sentido, el filme logra algo que ningún discurso político consigue: humanizar sin simplificar.
“Cuando trabajas tan cerca de aquello que pasa también fuera de la pantalla es difícil ver esto como un ejercicio dramático. Esta historia existe dentro y fuera de la ficción, por eso es importante vivir en un mundo en el que el cine te permita iniciar conversaciones”, comenta Saja. “Durante años el cine evitaba tocar estos temas. Ahora nos ha permitido amplificar nuestras voces por encima del ruido de las noticias, donde seguimos siendo silenciadas”, continúa la también poeta y activista.
En México, donde la violencia cotidiana ha anestesiado la sensibilidad pública, la experiencia de ver esta película adquiere otra capa. No porque las realidades sean equivalentes, sino porque la distancia geográfica ya no alcanza para blindarnos. Las voces que llegan desde Gaza resuenan en un país acostumbrado a contar ausencias. Y ahí radica la potencia incómoda del filme: nos obliga a reconocer que la tragedia ajena no es un espectáculo, sino un espejo torcido.
Habrá quienes cuestionen la pertinencia de exhibir tanto dolor. Es una discusión válida, pero incompleta. El problema no es mostrar la violencia, sino normalizarla. Y la película, lejos de normalizar, complejiza. Nos arranca del lugar cómodo del espectador informado y nos coloca en la orilla de una experiencia límite: escuchar a alguien que sabe que quizá no saldrá con vida y, aun así, sigue hablando.
“Escuchar a la verdadera Hind no me permitía desvincularme de la persona que hay detrás su voz. Me recordaba la importancia de hablar sobre ella, porque cuando mencionas o escuchas a alguien, existe”, comentó la actriz.
Desde el punto de vista cinematográfico, la obra no busca unanimidad. Su valor está en otra parte: en su capacidad de interrumpir. Interrumpir la rutina mediática, la indiferencia cultivada, la narrativa que convierte las guerras en mapas y un genocidio en estadística. La película no nos deja refugiarnos en abstracciones porque nos obliga a recordar que, detrás de cada cifra, hay una voz que tiembla.
“Recuerdo que platiqué con Rana, la mujer que interpreto, y me sorprendí con su valentía. Es una mujer muy fuerte porque su trabajo no le permite ser vulnerable”, explica Saja. “Me entristece pensar que, al día de hoy, mientras la película le da la vuelta al mundo y estamos teniendo esta conversación, ella sigue atendiendo llamadas como la de la película. Sin embargo, ahora sabemos que existe la grabación de esas voces como un testimonio de lo que ocurre en Palestina. Y eso ningún discurso lo puede borrar”, concluye.
Al final, La Voz de Hind Rajab no se agota en su metraje. Persiste como una pregunta abierta que el espectador se lleva a casa. ¿Qué significa escuchar en tiempos de saturación? ¿Qué implica cargar con una historia que no podemos resolver? Tal vez la respuesta esté en la propia película: escuchar ya es un acto político. En una era que premia el ruido, prestar atención se ha vuelto una forma de resistencia.
La voz de Hind, frágil y persistente, se instala en el espectador como un recordatorio incómodo de que la historia no siempre se escribe con discursos, sino con llamadas que nadie debería tener que hacer.



