
El campo de Morelos: entre la urgencia y la esperanza
Margarita Galeana Torres, secretaria de Desarrollo Agropecuario, reconoce con crudeza el estado del campo en Morelos: envejecido, olvidado y plagado de rezagos; pero al mismo tiempo, afirma que por primera vez en años se construye un proyecto integral que podría devolverle su potencial productivo y comercial.
En la entrevista con Daniel Martínez que publicamos un poco más adelante, la funcionaria reconoce que no solo hay problemas en el campo morelense pues encabeza una de las secretarías más golpeadas por la desconfianza ciudadana. Los escándalos de corrupción heredados de administraciones anteriores pesan como losas, y han minado no solo los recursos sino la credibilidad institucional. No evade el tema, pero es prudente: colabora con las investigaciones en curso y apuesta, como primer acto de ruptura, por la transparencia. “Estamos dejando todo transparente para poder hacer una entrega directa a los productores sin intermediarios”, afirma. La palabra “directo” es clave: se trata de eliminar el clientelismo como regla, de cortar con la vieja lógica de simulaciones y favoritismos.
Así es que no la tiene fácil: durante décadas, el campo de Morelos ha sido tratado como un paciente crónico: atendido solo en momentos críticos, con paliativos y sin un tratamiento de fondo. Margarita Galeana Torres no escatima realismo ni evita las heridas abiertas. Y sin embargo, desde esa misma crudeza brota un rayo de esperanza: la posibilidad de reactivar el sector agropecuario como una palanca de desarrollo económico, con un proyecto articulado, técnicamente respaldado y éticamente orientado con lo que -esto lo decimos nosotros- podría comenzar a revertir el descrédito de su dependencia.
El diagnóstico estructural más contundente de la secretaria es, quizás, el menos visible: el campo se está quedando sin quienes lo trabajen. El envejecimiento del campesinado, la migración de los jóvenes y el desinterés de las nuevas generaciones por una actividad que ya no parece rentable ni digna, dibujan un panorama alarmante. “El campo se nos va haciendo ya viejo”, dice con franqueza. La solución no es romántica sino pragmática: hacer del campo un negocio viable, digno y moderno. Solo así, afirma, podrá lograrse un necesario relevo generacional.
Trabajo infantil: herida social que México no puede seguir ignorando

Mientras que el campo se hace viejo, a las filas del trabajo se unen año con año miles de niños morelenses con la esperanza de colaborar con la economía familiar. Pero el trabajo infantil es un fenómeno mucho más complejo que el de la precariedad laboral y escasas oportunidades económicas de los padres, apunta a un problema estructural que afecta a toda la comunidad y limita las expectativas de desarrollo de todos.
Cada 12 de junio, desde 2002, el mundo conmemora el Día Internacional contra el Trabajo Infantilpara visibilizar una problemática que, en países como México, permanece oculta entre la indiferencia institucional y la normalización social.
Hoy, más de 3 millones 700 mil niñas, niños y adolescentes mexicanos están obligados a trabajar. Esta cifra es superior a toda la población de países como Uruguay. En Morelos, 44 mil menores de entre 5 y 17 años se ven forzados a intercambiar su infancia por una moneda o por comida. No se trata de estadísticas, sino de vidas truncadas, derechos violentados y futuros hipotecados.
El trabajo infantil está en el centro de uno de los más perniciosos círculos vicios que puede haber en una sociedad pues es impulsado por la pobreza que -de acuerdo a la UNICEF- es perpetuada por el propio trabajo infantil; este fenómeno reproduce ciclos de desigualdad, impide el acceso a la educación, deteriora la salud, deforma la moral, limita el capital humano futuro y sobrecarga los sistemas de protección social.
Y, por si fuera poco, las últimas cifras revelan una alarmante feminización del trabajo infantil: entre 2019 y 2022, el número de niñas y adolescentes trabajadoras en México aumentó un 16.8%, superando el crecimiento observado en los varones.
Cada niño trabajador representa una promesa rota, un derecho negado, una esperanza arrinconada. La historia nos lo ha recordado desde la revolución industrial. También lo gritan los campos de caña, las minas, las casas donde las niñas limpian en silencio, y las esquinas donde los niños venden dulces cuando deberían estar en la escuela o jugando.
Erradicar el trabajo infantil no es un acto de caridad, sino de justicia social. Significa cambiar el paradigma que acepta que los más pequeños paguen el precio de los errores estructurales de los adultos. Requiere voluntad política, inversión pública, sistemas de protección social sólidos, políticas de empleo dignas para los padres, y una ciudadanía comprometida.

