El clima que se pierde y la voluntad que no nos alcanza

Durante décadas, Morelos fue sinónimo de equilibrio natural, de una convivencia casi armónica entre montañas, barrancas, selvas secas y ciudades que presumían un clima privilegiado. Hoy, esa imagen se resquebraja. El calentamiento global ya no es una advertencia lejana ni un concepto de iniciados: se manifiesta en olas de calor más intensas, en incendios recurrentes, en enfermedades transmitidas por vectores, en la presión creciente sobre el agua y en la fragilidad de la producción agrícola. Como lo documenta Antimio Cruz en “Morelos titubea frente al calentamiento global”, la llamada “eterna primavera” comienza a diluirse bajo el peso del cemento, el asfalto y la pérdida acelerada de ecosistemas que durante siglos funcionaron como amortiguadores climáticos.

Estudios de la UAEM muestran diferencias de hasta cinco grados centígrados entre zonas urbanizadas y áreas boscosas cercanas; el Plan Estatal de Desarrollo reconoce impactos severos en protección civil, salud, migración y agricultura; y organismos internacionales confirman que el planeta vive una racha histórica de temperaturas récord. El problema, entonces, no es la falta de información, sino la distancia entre el conocimiento y la acción. Ese vacío —recurrente en la historia ambiental de Morelos— explica por qué las respuestas institucionales suelen ser erráticas, fragmentadas o, en ocasiones, francamente contradictorias.

Un ejemplo emblemático es el impuesto estatal a las emisiones de gases de efecto invernadero. Concebido como una herramienta pionera para incentivar la reducción de contaminantes y financiar acciones de mitigación y adaptación, nació con una lógica de largo plazo y con aceptación inicial del sector productivo. Sin embargo, como expone Cruz, su rápida mutilación presupuestal —avalada por el Congreso local— envía una señal preocupante: frente a la presión política o económica, la agenda climática sigue siendo prescindible. Reducir en 75 por ciento una medida de este tipo no solo debilita la política ambiental, sino que pone en entredicho el compromiso de Morelos con la meta de reducir emisiones antes de 2030.

A esta inconsistencia se suma otra paradoja: mientras crece la conciencia social sobre el cuidado de la naturaleza, el deterioro ecológico no se detiene. Daniel Martínez Castellanos lo plantea con claridad en “El deterioro ecológico sería peor sin educación ambiental”: la educación ambiental ha logrado avances importantes en conocimiento, sensibilidad y participación comunitaria, especialmente entre jóvenes y en regiones como la Sierra de Huautla. No obstante, esos logros chocan contra la falta de políticas integrales, la debilidad institucional y la persistencia de intereses económicos que permiten la deforestación, el cambio ilegal de uso de suelo y la contaminación del aire y el agua.

Moralizar conductas individuales y responsabilizar a comunidades vs. capitalismo “fósil”

Cargarle a la educación la responsabilidad del colapso ambiental sería injusto y simplista. La brecha entre saber y transformar no se cierra únicamente en el aula; requiere marcos jurídicos firmes, gobiernos coherentes y autoridades locales que asuman su papel en la protección de los bienes comunes. La educación ambiental puede sembrar conciencia, pero sin respaldo institucional esa semilla difícilmente florece.

El problema, además, rebasa con mucho las fronteras estatales, como advierte Josemanuel Luna Nemecio en “La guerra por el clima: geopolítica, imperialismo y soberanía nacional”, la crisis climática se ha convertido también en un campo de disputa global. Bajo el discurso de la sostenibilidad, las grandes potencias y corporaciones buscan reconfigurar jerarquías, imponer transiciones energéticas desiguales y trasladar los costos ambientales a los países periféricos. La exigencia de reducir emisiones no siempre viene acompañada de un cuestionamiento real al modelo de hiperconsumo ni al control corporativo de la energía, la tecnología y el conocimiento científico.

Esta lectura es clave para entender por qué las soluciones no avanzan al ritmo que exige la emergencia climática. Mientras se moraliza el comportamiento individual y se responsabiliza a las comunidades por su “huella ambiental”, se mantienen intactas las estructuras que sostienen el metabolismo fósil del capitalismo contemporáneo. La transición energética, si no se piensa desde la soberanía, la justicia social y la democratización del conocimiento, corre el riesgo de convertirse en una nueva forma de dependencia.

En Morelos aún hay esperanza

En ese contexto, Morelos es un microcosmos de la crisis global. Aquí confluyen los efectos locales del calentamiento planetario, las debilidades de la política pública, los límites de la educación ambiental y las tensiones de un modelo de desarrollo que durante años privilegió la expansión inmobiliaria sobre la conservación de los ecosistemas. La historia del estado —desde la venta masiva de tierras ejidales hasta la pérdida de áreas naturales protegidas— explica buena parte de la vulnerabilidad actual frente a sequías, incendios y olas de calor.

Pero, a pesar de todo persiste una oportunidad. Los ecosistemas que aún sobreviven, las áreas naturales que aún existen, el conocimiento académico local y la experiencia comunitaria pueden ser la base de una respuesta más coherente. Se requiere una política climática sostenida, con instrumentos fiscales transparentes, planeación territorial responsable, fortalecimiento de capacidades municipales y una transición energética pensada desde lo público y lo colectivo.

El cambio climático nos afecta a todas las regiones y a todas las naciones. Ya no hay margen para la negación ni para el titubeo. No se trata de caer en el catastrofismo, sino de reconocer que hemos fallado en tareas que estaban —y en parte siguen estando— en nuestras manos: frenar la deforestación, reducir la contaminación, proteger el agua y transformar la forma en que producimos y consumimos energía. Si no somos capaces de corregir el rumbo, el reto ya no será evitar el desastre, sino adaptarnos a condiciones cada vez más adversas que pondrán en jaque la seguridad alimentaria, la disponibilidad de agua y la supervivencia de especies enteras.

Morelos, con su historia climática excepcional y su fragilidad actual, tiene frente a sí una decisión ineludible: seguir administrando la crisis con medidas a medias, o asumir con seriedad la defensa de la tierra, el clima y el futuro común. La ciencia la educación han sembrado conciencia, pero la realidad ya golpea la puerta. Falta, todavía, estar a la altura del desafío.

La Jornada Morelos