Julio sin plásticos: el futuro no perdona

En un planeta donde cada minuto se tiran millones de toneladas de basura, el mes de julio representa una bocanada de conciencia ambiental: más de 190 países lo dedican a reflexionar sobre los plásticos de un solo uso y sus devastadoras consecuencias para los ecosistemas y la salud humana. Esta campaña global, conocida como Julio sin plásticos, no es un gesto simbólico, sino una respuesta urgente a una crisis medioambiental que amenaza la viabilidad misma de la vida en la Tierra.

Morelos no ha permanecido al margen de esta iniciativa, de hecho, fue pionero. Hace exactamente seis años, el 3 de julio de 2019, el Congreso estatal aprobó, por unanimidad, una avanzada ley que prohibía la distribución de plásticos de un solo uso: bolsas, popotes, vasos, empaques. Aquella norma fue un acto de voluntad política y social, impulsada por el colectivo de organizaciones ambientales “¿Plástico? No, gracias”, que integraron voces como las de Eleonora Inzunza, Flora Guerrero Goff y Larisa de Orbe González. Su trabajo, articulado con legisladores, demostró que es posible avanzar hacia un modelo más sustentable.

No obstante que la Ley Estatal de Residuos Sólidos permanece vigente, es prácticamente letra muerta: el reglamento fue aprobado a tiempo, pero los municipios no han modificado sus Leyes de Ingresos para cobrar multas. El nuevo Plan Estatal de Desarrollo 2025-2030 no menciona ni una sola vez la palabra “plástico”. La voluntad política parece haber desaparecido, pero el problema persiste y se agudiza.

Los plásticos, por su diseño, están hechos para durar lo mínimo en manos humanas pero lo máximo en la naturaleza. Una bolsa plástica entregada hoy se degradará en 500 años, si acaso. Estudios avalados por la ONU han demostrado que los microplásticos —partículas inferiores a cinco milímetros— ya están presentes en los ríos, en el mar, en los peces y aves… y en los seres humanos. Se calcula que dos tercios de todos los plásticos desechados en el mundo son de un solo uso. Y de ellos, menos del 10 por ciento es reciclado.

En vez de insistir en una vida cómoda pero irresponsable, es momento de imaginar una nueva relación con el consumo. Ya no se trata sólo de gestionar la basura, sino de dejar de generarla. Como advierte la abogada ambientalista Larisa de Orbe, en el reportaje de Antimio cruz que publicamos en este número: el modelo actual de residuos en México fomenta el consumo, pues considera a los desechos como mercancía valorizable. Esta lógica debe cambiar. Urge una política nacional y estatal que priorice la prevención, no el reciclaje como fin último.

La batalla contra el plástico no es estética ni ideológica, es una lucha por la salud pública, la protección de la biodiversidad y el futuro de las siguientes generaciones. Por eso, julio no debe ser sólo un mes para reflexionar, sino un punto de partida para acciones que cambien la forma en que vivimos durante todo el año. Morelos puede —y debe— retomar el liderazgo que alguna vez tuvo. Hacerlo no es una concesión a un grupo de ambientalistas: es un acto de justicia con la Tierra, con nuestros ríos, con las barrancas, con los niños que hoy nacen rodeados de plástico que seguirá existiendo y que conocerán sus nietos.

De cómo unos recortes de tela cambiaron la historia

Cada 5 de julio se celebra el Día Mundial del Bikini. Y sí, a simple vista parece una fecha trivial —un homenaje a una diminuta prenda de baño— pero si uno se zambulle apenas un poco bajo la superficie, descubre que el bikini es mucho más que moda, más que sol y vacaciones: es historia, es cultura, es política… y también es cuerpo, es identidad y es libertad.

El bikini moderno nació en 1946, en la Francia de la posguerra, cuando el ingeniero Louis Réard —que había heredado la tienda de lencería de su madre— notó algo que todos habían visto: que las mujeres en la playa se remangaban sus trajes para broncearse mejor. Y entonces decidió cortar por lo sano… literalmente. Así, con apenas 194 centímetros cuadrados de tela, diseñó el primer “bañador de dos piezas” de la era moderna. Lo llamó bikini, en alusión (un tanto macabra) al atolón del Pacífico donde Estados Unidos hacía pruebas nucleares, -es decir, y perdón por el spoiler: el “bi” de bikini, no es un prefijo de duplicidad- porque Réard afirmaba que, “como la bomba, esto también hará explosión”. Y vaya que lo hizo, aunque para lograr su debut tuvo que pagarle a una nudista para que se atreviera a usarlo en público, como recuerda Daniel Martínez en la nota que aparece más adelante.

Poco a poco la prenda logró abrirse paso y ganar su lugar como postulado de identidad, porque el bikini no es solo un traje de baño, es una declaración, una revolución y un gesto de autonomía que decía “yo decido qué mostrar y qué cubrir”. Fue la catarsis a siglos de moral religiosa que cubría a las mujeres del cuello a los tobillos. Una pequeña rebelión en dos piezas contra los dictados de cómo debía lucir, actuar o vestirse una mujer, aunque, por otro lado, también fue criticado por algunos sectores como un artilugio para cosificar a las mujeres.

Y es ahí donde la moda se encuentra con la cultura. Porque, aunque muchas veces se le ve como un asunto frívolo, la moda es también reflejo del espíritu de cada época. Cambian las costuras, pero también cambian las ideas. Y el bikini, ese pedacito de tela, ha sido testigo y protagonista de esos cambios en nuestra historia reciente.

Celebremos el Día Mundial del Bikini. Vayamos a la alberca, al río o a la playa. Pero también pensemos. Porque entre los estampados de flores y los tirantes con lentejuelas, hay historia, hay lucha, hay identidad. El bikini no es sólo moda: es una pieza icónica en la evolución de nuestra sociedad. Una que nos recuerda que lo que llevamos puesto también puede decir mucho de lo que pensamos, creemos y defendemos.

Y mientras el sol siga brillando, y las ideas sigan transformándose, este pequeño traje seguirá siendo, sin duda, uno de los grandes protagonistas, por lo menos, de la historia del siglo XX y del XXI.

La Jornada Morelos